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Una comparación entre dos naves interestelares a casi la velocidad de la luz


Desde que el ser humano es esa criatura vil y malvada que todos conocemos, el sueño de viajar hasta las estrellas, allende la Vía Láctea, en busca de otros mundos, a poder ser, fácilmente intoxicables y susceptibles de ser corrompidos por la inquina y la saña de nuestra civilización aún no ha podido realizarse. La razón es evidente: las enormes distancias que nos separan, de miles e incluso millones de años luz, hacen por el momento inviable el proyecto.

Sin embargo, la física teórica y la ciencia ficción permiten que estos sueños queden un poco más cerca. Cientos de novelas, relatos y artículos han fantaseado con la posibilidad de la existencia de naves y dispositivos capaces de permitir desplazarse por el espacio intergaláctico a velocidades increíbles, incluso superiores a la de la luz.

Lo más habitual cuando alguien abre un libro elemental de física y se adentra en el capítulo dedicado a la relatividad especial es que las naves u otros objetos que se tratan recorran el cosmos a velocidades cercanas a la de la luz, esa barrera infranqueable de nuestro universo. También es usual que dicha velocidad de desplazamiento se suponga constante durante todo el trayecto. La cuestión de acelerar la nave suele dejarse para textos "más avanzados".

¿Qué sucedería, pues, si tuviésemos la alocada idea de comparar, por ejemplo, las prestaciones de dos naves espaciales diferentes: una que siguiera un movimiento uniforme (esto es, con velocidad constante) y la otra que incrementase su velocidad continuamente de forma que mantuviera, pongamos por caso, una aceleración constante e igual a 10 m/s2 (el mismo valor que posee la aceleración a la que estamos sometidos en la Tierra debido a la gravedad)? ¿Cuál de las dos sería más eficiente? ¿Cuál nos llevaría más lejos? ¿Qué tiempo emplearían? ¿Cuánto combustible se requeriría para impulsarlas?

A estas preguntas han tratado de dar respuesta un grupo de investigadores del departamento de física y astronomía en la universidad de Leicester. Y las conclusiones a las que han llegado son las siguientes.


Evidentemente, es bien sabido que cuando un cuerpo (por ejemplo, una nave espacial) se desplaza a velocidades comparables a la de la luz en el vacío, el tiempo transcurre de forma diferente a bordo del mismo que en el exterior (supongamos que es la Tierra el lugar desde el que parte la hipotética nave). Los relojes situados en el interior de la nave avanzan más despacio que los situados en nuestro planeta. Si se emplean las conocidas transformaciones de Lorentz (que permiten relacionar las distancias y los tiempos medidos en los dos sistemas, el de la nave y el de la Tierra) se concluye sin demasiada dificultad que para el caso en que la nave se desplace a velocidad constante ambos tiempos (el marcado por un reloj a bordo y el marcado por otro reloj en tierra) son directamente proporcionales, dependiendo de la relación entre la velocidad del vehículo espacial y la velocidad de la luz, a través del célebre factor gamma de Lorentz. En cambio, la expresión que relaciona esos mismos lapsos de tiempo cuando la nave se desplaza con movimiento uniformemente acelerado es algo más compleja y no resulta lineal en absoluto, sino más bien una función con forma de seno hiperbólico (podéis consultar la fuente original, al final del post, para más detalles).

Si se ponen números concretos en las anteriores ecuaciones, se puede demostrar que para una nave espacial que se alejase de la Tierra a una velocidad constante e igual al 99% de la velocidad de la luz, el tiempo transcurrido hasta ser alcanzada por la nave que parte del reposo y acelera constantemente ascendería hasta nada menos que 30 años (medidos en tiempo terrestre), es decir, unos 4 años en tiempo de la nave.


A partir de consideraciones de conservación de la energía y del momento lineal se determina directamente la relación entre la masa de combustible requerido en cada caso y las duraciones de los viajes, así como las distancias recorridas. Así, por un lado, la nave con velocidad uniforme habrá recorrido algo más de 197 años luz en 28 años de tiempo de los astronautas (para entonces, en la Tierra, habrán transcurrido 199 años y sus familias habrán muerto hace tiempo). El gasto energético ascendería hasta los 13 kilogramos de combustible por cada kilogramo de la nave vacía. Por otro lado, la nave que acelera constantemente habrá recorrido en tan sólo 15 años (casi la mitad que la primera tripulación) una distancia de dos millones de años luz (algo menos de la distancia que nos separa de la vecina galaxia de Andrómeda), mientras la Tierra ha visto pasar generaciones y generaciones, tantas como caben en dos millones de años. En cuanto al combustible, no menos de 4.100 toneladas por kilogramo de nave vacía harían falta para propulsar semejante ingenio aeroespacial.

Ahora podéis cada uno sacar vuestras propias conclusiones...



Fuente original:
Space Travel Using Relativity M. Grant, A. Edgington, N. Rowe-Gurney and J. Sandhu. Journal of Special Topics, Vol. 10, No. 1, 2011.



¿Podrían vivir solamente cuatro años los replicantes de "Blade Runner"?

Los Angeles
Noviembre 2019


A principios del siglo XXI, la Tyrell Corporation
desarrolló un nuevo tipo de robot llamado Nexus,
un ser virtualmente idéntico al hombre
y conocido como Replicante.

Los Replicantes Nexus-6 eran superiores
en fuerza y agilidad y, al menos iguales en
inteligencia, a los ingenieros de genética
que los crearon.

En el espacio exterior, los Replicantes fueron usados
como trabajadores esclavos en la arriesgada exploración
y colonización de otros planetas.

Después de la sangrienta rebelión de un equipo de combate
de Nexus-6 en una colonia sideral, los Replicantes fueron
declarados proscritos en la Tierra bajo pena de muerte.

Brigadas de policías especiales, con el nombre de Unidades
de Blade Runners, tenían órdenes de tirar a matar
al ver a cualquier Replicante invasor.

A esto no se le llamó ejecución,
se le llamó retiro.




Con este sugerente texto informativo empieza la película Blade Runner (1982), dirigida por Ridley Scott y basada (aunque bastante libremente), como muchos de vosotros ya sabréis, en la novela de 1968 Do androids dream of electric sheep? (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, en español) escrita por uno de los autores más grandes que ha dado la literatura de ciencia ficción: Philip K. Dick. El protagonista principal es Rick Deckard (encarnado por Harrison Ford), un agente Blade Runner retirado que es “inducido” a volver a la actividad de “retirar” a un grupo de replicantes que están fuera de control.

No voy a contaros nada más del argumento (por cierto, os recomiendo fervientemente que leáis la novela y compareis con la película porque merece la pena) y simplemente voy a pasar a comentar la escena que me interesa. En ella se produce el enfrentamiento entre el cabecilla de los replicantes rebeldes, Roy Batty, (interpretado por Rutger Hauer) y Rick Deckard. En un momento de gran tensión y emoción, el primero pronuncia las siguientes frases (en versión original):

I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion.” 

La traducción a la lengua de nuestra madre patria se aproxima bastante a lo siguiente:

He visto cosas que vosotros no podríais creer. Naves de ataque en llamas más allá de Orión.

Bien, el post de esta semana saldrá de estas dos frases. Parece mentira que de una cosa tan simple se pueda largar un rollo como el que me dispongo a escribir para deleitaros una vez más, mis queridos y sufridos lectores en la lengua del insigne Quevedo.

Lo primero que llama poderosamente mi atención es la traducción de “off the shoulder of Orion” por “más allá de Orión”. Aunque son cosas parecidas, no son exactamente lo mismo, pues la traducción literal sería “más allá del hombro de Orión”. ¿Y qué es esto del hombro de Orión? Pues estad atentos, que os lo contaré en un pispás.

Orión es una constelación de estrellas que se puede ver desde la Tierra en unas latitudes comprendidas entre los 85º norte y los 75º sur. Representa a Orión, hijo de Poseidón, dios del mar, las tormentas y los terremotos. Era tan orgulloso y prepotente que despertó la ira del resto de las deidades del Olimpo (estos eran unos tipos que enseguida se ofendían por todo lo que hacían los mortales y estaban siempre pergeñando venganzas a cada cual más original), que con la intención de darle un escarmiento enviaron un escorpión en su busca (representado por la constelación de Escorpio, justo al lado contrario de Orión en el cielo). A El Cazador, como también se conoce a Orión se le suele representar como un guerrero cubierto con un vellocino y armado con un arco y un cinturón con una espada (las tres estrellas centrales alineadas simulan este cinturón). Sobre el pie izquierdo se encuentra Rigel, la estrella más brillante de la constelación. Sobre los hombros (tiene dos) están Betelgeuse, en el derecho y Bellatrix en el izquierdo. Aunque a simple vista parecen cercanas todas las estrellas que forman la constelación de Orión, en realidad se encuentran a distintas distancias de la Tierra, siendo debida su proximidad aparente al efecto visual de estar proyectadas sobre el cielo nocturno. Así, por ejemplo, Rigel se encuentra a más de 700 años luz de nosotros, mientras que Betelgeuse dista unos 600 años luz y Bellatrix solamente unos 250.

Después de esta información, me surge la duda de cuál será el hombro de Orión al que se refiere el replicante Roy Batty, pues la diferencia en distancias es considerable y 350 años luz no son moco de pavo, pues un año luz es la distancia que recorre la luz en un año a la increíble velocidad de 299.792,458 km/s.



La segunda cuestión que despierta mi irrefrenable instinto científico (esa bestia devoradora que llevo dentro, armada de ecuaciones y leyes físicas) es el asunto de la limitada vida de los replicantes. En la película se afirma que, a modo de póliza de seguro para los humanos, los androides solamente disponen de una breve vida de 4 años. ¿Cómo es posible que nuestro replicante haya viajado, en menos de 4 años, más allá de Orión (de su hombro, cinturón, pie, cabeza o cualquier otra parte de su mítica anatomía) y haya regresado a la Tierra para contarlo y, además, tenido tiempo para rodar una película? Detengámonos por un momento en este asunto.

Cuenta la Historia que allá por la fecha estelar 1905, un señor llamado Albert Einstein que trabajaba como empleado en la oficina de patentes de Berna, en Suiza, daba a conocer al mundo terrícola una teoría que rompía con las creencias que habían imperado en el campo de la Física desde la época de sir Isaac Newton. Este modelo físico-matemático se denominó Teoría especial de la Relatividad. Está basada en dos postulados que afirman lo siguiente:

1. Todos los sistemas inerciales son equivalentes con respecto a todas las leyes de la Física.
2. La velocidad de la luz en el espacio libre posee siempre un valor constante.

Un sistema inercial, en física, es aquel en el que se cumple la ley de la inercia de la mecánica newtoniana, es decir, en él un cuerpo sobre el que no actúa fuerza neta alguna se encontrará en reposo o se moverá con un movimiento rectilíneo a velocidad constante. Según esto, el reposo y el movimiento rectilíneo uniforme (velocidad constante) son equivalentes, ya que siempre se podrá encontrar un sistema respecto al cual el cuerpo no se mueva, si es que se mueve con movimiento rectilíneo uniforme respecto a otro sistema. Os pongo un ejemplo. Imaginad que permanecéis en pie junto a un amigo sobre una escalera mecánica de las que hay en las estaciones o en los centros comerciales. Respecto a vuestro amigo estáis en reposo, pero con respecto a un observador que se encuentre en la parte de arriba esperándoos, os moveréis con velocidad constante en línea recta.



La Teoría especial de la Relatividad, cuando se lleva hasta sus últimas consecuencias (demasiado largo y complejo para hacerlo aquí), predice efectos tan chocantes como la dilatación del tiempo y la contracción de longitudes (contracción de Lorentz-FitzGerald). Os lo cuento un poco más en detalle. Volvamos a los sistemas de referencia inerciales por un momento. Si una persona se encontrase en una nave espacial moviéndose a velocidad constante con respecto a otra persona que se quedase en la Tierra (la nave es el primer sistema de referencia inercial y el terrícola es el segundo) y ambas quisiesen determinar la longitud de la nave obtendrían valores diferentes. Pongamos que la nave mide 50 m para la persona que viaja a bordo de la misma. Si se desplaza a 36.000 km/h, el observador terrestre medirá una longitud de 49,99999997225 metros. Esto os podrá parecer una auténtica chorrada (en realidad, lo es) pero ocurre que, a medida que la velocidad del cohete aumenta, este efecto va teniendo su importancia. Por ejemplo, si la nave se alejase de la Tierra a una velocidad de 150.000 km/s (la mitad de la velocidad de la luz en el espacio vacío) la nueva longitud sería de 43,3 metros. A 270.000 km/s (el 90 % de la velocidad de la luz) sería de 21,8 metros. Finalmente, si fuese posible alcanzar la velocidad de la luz, la longitud de la nave sería nula. Y aún peor, porque si se pudiese superar aquella, la nave tendría una longitud negativa. De ahí que este hecho se interprete como una prueba de que la velocidad de la luz en el vacío es el límite superior de las velocidades que puede alcanzar un objeto.


Algo similar ocurre con el tiempo medido por los dos observadores anteriores. Un reloj a bordo de la nave avanzaría más despacio a medida que la velocidad de la misma aumentase en relación a un reloj idéntico situado en la Tierra. Con los mismos valores de la velocidad que he utilizado en el párrafo anterior se obtienen retrasos en el reloj de la nave (para un año en el reloj de la Tierra) de 0,0175 segundos; 48,98 días y 159,11 días, respectivamente. A la velocidad de la luz, el reloj del astronauta no avanzaría en absoluto y para velocidades superiores el tiempo se haría imaginario (esto es un tipo de número tan raro que le da por hacerse negativo cuando se multiplica por sí mismo). Otra prueba de que la velocidad de la luz es insuperable.



Bien, no os voy a achicharrar el cerebro con más parafernalia teórica y voy directamente al asunto de nuestros protagonistas de Blade Runner. La única forma de explicar que el replicante Roy Batty haya conseguido regresar con vida de la lejana constelación de Orión (pongamos que fue enviado a 250 años luz nada más salir de fábrica y que cuando regresa está a punto de cumplir sus cuatro años de vida) es que hayan transcurrido 4 años en su reloj viajando a bordo de su nave espacial (dos años en su viaje de ida y otros dos años en su viaje de vuelta). Pero esto trae inmediatamente como consecuencia que su velocidad de crucero espacial haya tenido que ser de 299.990,3998 km/s, es decir, casi un 99,9967999 % de la velocidad de la luz en el vacío. Esto parece solucionar el problema, ya que una tecnología tan avanzada como para construir androides cuasi humanos (en la película sólo se les puede distinguir mediante el test de Voight-Kampff) puede haberse permitido el lujo de diseñar naves capaces de desplazarse a velocidades semejantes (yo no me lo creo, pero, en fin, sé que alguno de vosotros sí lo pensaríais). La pega que queda, sin embargo, es la siguiente: ¿cuánto tiempo ha pasado mientras tanto en la Tierra? Si hacéis la cuenta, deben de haber transcurrido 499,9839995 años. Como la acción de la película está situada en el año 2019, esto significa que Roy Batty debió de partir hacia Orión más o menos en el año de nuestro Señor de 1519. Por esa época, moría un tal Leonardo da Vinci (no se le conoce diseño alguno de nave espacial de alta velocidad), Magallanes comenzaba su vuelta alrededor del mundo y Hernán Cortés pisaba por primera vez (pobres indígenas) Tenochtitlán, la capital del imperio azteca. ¿Quién demonios se dedicaba en secreto a construir replicantes en aquellos tiempos?




Presenciando el final del universo desde una nave estatocolectora de Bussard


En el futuro, Suecia se ha convertido en la principal potencia política y económica del planeta. Los viajes interestelares se han hecho realidad, aunque la velocidad de la luz en el vacío no se ha superado, tal y como afirman las leyes de la relatividad de Einstein.

Una misión formada por 50 personas (25 hombres y 25 mujeres) es enviada a bordo de la nave estelar Leonora Christine para colonizar un nuevo planeta, situado a 32 años luz de la Tierra. La nave es de tipo ramjet de Bussard, sobre el que volveré más adelante.

La Leonora Christine acelera continuamente y se va acercando cada vez más a la velocidad de la luz, aunque sin alcanzarla. Tal y como predicen las transformaciones de Lorentz, el tiempo a bordo de la nave transcurre de forma mucho más lenta que en el exterior. Así, para cuando la misión alcanzara su destino, para los miembros de la tripulación únicamente habrían transcurrido 5 años, en lugar de los 32 que habrán pasado en la Tierra.

Repentinamente, algo inesperado sucede y el sistema de propulsión de la nave estelar sufre un problema serio, impidiendo el frenado de la misma. El contratiempo resulta inevitable, sin solución. No podrán detenerse al llegar al nuevo planeta, ya que la Leonora permanecerá acelerando para siempre.


Estos párrafos describen muy someramente el argumento de una novela titulada Tau cero, escrita por Poul Anderson, uno de los más célebres y conocidos autores de ciencia ficción. Precisamente, el título de la obra proviene de un factor numérico denominado “tau” que aparece en las transformaciones de Lorentz de la relatividad especial, pues a medida que la velocidad de un cuerpo se acerca a la de la luz en el vacío, dicho parámetro tiende a cero.

La terrible consecuencia de la avería que sufre la Leonora Christine no es otra que la paulatinamente mayor dilatación del tiempo en el interior de la nave con respecto al resto del universo. Así, lo que son horas o minutos para la tripulación pueden llegar a ser miles o incluso millones de años para el resto del universo. Lógicamente, Anderson arrastra al lector al único final coherente con las premisas de partida: los protagonistas presenciarán en el transcurso de sus vidas a bordo de la nave nada menos que el final del universo, un Big Crunch, seguido de un nuevo y posterior Big Bang. El final feliz está garantizado. La idea ya la había explotado el mismo Poul Anderson en su relato de 1961 “Viaje a la eternidad”, donde los protagonistas, atrapados en una máquina del tiempo que no puede retroceder al pasado, siguen viaje hacia el futuro profundo para asistir al Big Crunch, el cual, una vez pasado, trae consigo otro Big Bang que les permite, finalmente, retornar al mismo instante de su partida.


Hasta aquí, más o menos, la ficción. A partir de ahora, la realidad de la ciencia subyacente o las posibilidades reales de las ideas puestas en juego por Poul Anderson en su novela. Les decía a ustedes un poco más arriba que volvería sobre la cuestión de los ramjets de Bussard. Pues bien, ha llegado el momento.

Robert W. Bussard (1928, 2007) fue la primera persona en publicar un artículo técnico (lo que los científicos profesionales denominamos “paper”) acerca de la posibilidad real de diseñar y construir un “ramjet”, es decir, una nave estelar que no superase la velocidad de la luz pero que, al mismo tiempo pudiese llegar a su destino en el transcurso de una vida humana. En 1960, como les decía, ideó un motor de fusión nuclear que sería alimentado por protones capturados directamente del medio interestelar por el que viajase la nave. Mediante el empleo de una especie de colector en forma de embudo y constituido por una serie de campos electromagnéticos dispuesto en la proa de la nave, los protones atrapados serían conducidos al interior del reactor de fusión, donde se produciría el proceso propiamente dicho. Los productos liberados serían expulsados a grandes velocidades por las toberas dispuestas en la popa, proporcionando con ello el empuje necesario (a semejanza de lo que ocurre con los gases en un cohete convencional de combustible químico).

La ventaja que presenta el ingenio propuesto por Bussard resulta, en principio, evidente: la nave no necesita llevar a bordo el combustible, con la consiguiente economía, tanto pecuniaria como de peso (ambos factores, decisivos), al ser éste tomado del propio medio interestelar.


En su artículo original, el doctor Bussard halló que un ramjet que fuese 100 % eficiente y no presentase pérdidas de ningún tipo (ni de masa ni debido a la radiación térmica emitida) sería capaz, en principio, de alcanzar una velocidad cercana a la de la luz en tan sólo un año y manteniendo una aceleración equivalente a la que experimentamos en la superficie de nuestro planeta (unos 9,8 m/s2) para total comodidad de la tripulación. El prototipo de Bussard pesaba 1000 toneladas métricas, su embudo colector debía poseer una área efectiva de 10.000 km2, y se desplazaría por el espacio interestelar cuya densidad de protones no descendiese por debajo de mil millones por metro cúbico.

Desafortunadamente, las suposiciones de Bussard resultaron, posteriormente, demasiado optimistas. Los protones (es decir, partículas con carga eléctrica) que requería su diseño no suelen encontrarse en esta forma en el espacio interestelar. Más bien, lo habitual suele ser hallar átomos de hidrógeno neutros (un protón en el núcleo y un electrón en la corteza, dicho de forma extremadamente simple) por lo que se hace imprescindible ionizarlos (despojarlos de su electrón), si es que se quiere que el embudo electromagnético sea efectivo (una alternativa válida podría consistir en hacer incidir sobre los átomos de hidrógeno un haz de luz láser ultravioleta situado en la proa de la nave). Además, tan sólo 3 años después del “paper” de Bussard, el mismo Carl Sagan señaló que la densidad media de hidrógeno interestelar podría no superar la milésima parte del que se encontraría en una nebulosa con densa formación de estrellas. Así pues, un valor mucho más realista para la cantidad de hidrógeno disponible rondaría los 100.000 átomos por metro cúbico.


Otra dificultad tenía que ver con la misma reacción de fusión. De hecho, las estrellas generan su tremenda energía gracias al empleo de este método. La fusión de cuatro protones para dar lugar a un núcleo de helio, tal y como sugería Bussard, es relativamente difícil de conseguir, siendo habitual en las estrellas como el Sol o menores (a esta reacción se la conoce como cadena protón-protón). Ni siquiera en los reactores modernos de fusión se plantea la fusión directa de protones como medio de generar la deseada fusión nuclear comercial, sino que se suele acudir a la reacción entre los dos isótopos pesados del hidrógeno (el deuterio y el tritio). En cambio, las estrellas con mayor masa que nuestro sol suelen hacer uso del denominado ciclo CNO (de carbono, nitrógeno, oxígeno), en el que inicialmente un núcleo del isótopo 12 del carbono se fusiona con un protón para dar lugar, finalmente, a un núcleo de helio, actuando el carbono como catalizador de la reacción, es decir, una especie de elemento acelerador y facilitador de la reacción y que se recupera durante una de las fases intermedias, pudiendo volver a fusionarse con un nuevo protón que esté presente en el reactor o en la estrella. Sea cual sea el método empleado, lo cierto es que la máxima energía que se obtiene nunca supera el 1 % de la de los elementos de partida. En este sentido, se ha llegado a sugerir el uso de reacciones materia-antimateria, las cuales son 100 % eficientes, siempre que se disponga de cada una de ellas en igual cantidad. Lamentablemente, la densidad de antimateria presente en el espacio interestelar es considerablemente menor que la de materia ordinaria, hecho que presenta tanto ventajas como inconvenientes: entre las primeras, que el ramjet no sufriría serios daños debidos a la interacción de la propia estructura con los positrones; entre los segundos, que en caso de iguales proporciones materia/antimateria únicamente se generarían como productos fotones de radiación gamma muy energéticos, los cuales, por carecer de carga eléctrica, resultan imposibles de dirigir mediante el empleo de campos eléctricos y/o magnéticos, saliendo despedidos en todas direcciones y, por tanto, no generando impulso alguno a la nave.


Incluso aunque la nave estatocolectora (que así suele denominarse) emplease la reacción de fusión entre el deuterio y el tritio, habría que tener en cuenta que estos dos isótopos del hidrógeno no son demasiado abundantes, especialmente el primero (uno por cada 6500-6700 de hidrógeno normal). Es más, la fusión del deuterio presenta otro inconveniente muy serio, y es que genera neutrones durante el proceso. Al igual que la radiación gamma que les comentaba hace un rato, los neutrones también carecen de carga eléctrica y salen despedidos con grandes energías que les hacen prácticamente imposible de detener o redirigir. Los neutrones podrían, así, llegar a penetrar el fuselaje de la nave y ser absorbidos por los tejidos humanos, induciendo mutaciones cancerígenas en las células. Habría que plantearse la disyuntiva entre dejar morir achicharrada a la tripulación o blindar la nave con el consiguiente incremento, quizá irrealizable, de peso.


A pesar de todas las dificultades puestas claramente de manifiesto en los párrafos anteriores, lo cierto es que la propulsión de una nave estelar estatocolectora aún sigue mereciendo estudios analíticos o simplemente académicos en años recientes. Así, Claude Semay y Bernard Silvestre-Brac analizaron en 2005 y 2008, respectivamente, las soluciones exactas de la ecuación del movimiento de un ramjet de Bussard, tanto para el caso en que éste fuese ideal como para el caso en que se tuviesen en cuenta las pérdidas de masa y por radiación térmica de la nave.

En el primer caso, las ecuaciones demuestran que el enorme ingenio espacial necesita, obviamente, de un impulso inicial antes de comenzar a ser operativo, ya que el colector no empieza a recoger materia interestelar hasta que no se encuentra en movimiento. Según las estimaciones de Semay y Silvestre-Brac sería suficiente con tan sólo una velocidad inicial de unos 10 km/s, lo que podría lograrse con cohetes químicos convencionales o mediante el empleo de una vela solar. De esta forma, el estatoreactor aceleraría, al principio, de forma lineal con la velocidad hasta llegar, más o menos, a alcanzar los 60.000 km/s. A partir de este momento, la aceleración comenzaría a disminuir.

En el segundo de los casos, cuando el ramjet deja de ser ideal y parte de la energía extraída del medio interestelar se pierde en forma de radiación térmica, la velocidad de la nave se ve reducida de forma considerable. Más aún, resulta natural asumir que una fracción del gas interestelar recolectado por el embudo electromagnético se puede perder durante el funcionamiento del motor. En esta situación, mucho más realista, la velocidad máxima se reduce enormemente, dejando de acercarse arbitrariamente a la velocidad de la luz en el vacío, como sucedía en el caso ideal. Esto significa que la dilatación del tiempo a bordo de la nave que tiene lugar a velocidades relativistas ya no puede hacerse suficientemente grande como para permitir el viaje interestelar en un lapso soportable por una vida humana. Incluso cuando los valores de las pérdidas energéticas o de masa llegan a hacerse significativamente grandes, el movimiento del estatocolector deja de ser relativista, es decir, su velocidad cae por debajo del 10 %-15 % de la velocidad de la luz en el vacío.

Tampoco son pocas las modificaciones que se han propuesto desde el ya mítico artículo de Bussard, con el fin de mejorar el diseño o hacerlo más eficiente, aun reconociendo que probablemente nunca se puedan llevar a cabo. Les comentaré brevemente tan sólo tres alternativas:

  • El R.A.I.R. (Ram Augmented Interstellar Rocket)


En este diseño, propuesto inicialmente por A. Bond en 1974, los protones interestelares capturados por el colector no se utilizan como material para la fusión nuclear, sino que son acelerados en un acelerador diseñado a propósito y se utilizan para inducir reacciones de fusión con átomos de carbono y otros que se llevan a bordo, sacando así provecho del ciclo CNO que les explicaba más arriba. El resultado son dos “chorros” o “jets” de partículas (uno de protones y otro de los productos resultantes de la fusión nuclear) que generan propulsión al estatoreactor. Es preciso no olvidar que, aunque se supone que los protones interestelares capturados por el embudo no se fusionan, esto no tiene por qué ser así, ya que pueden reaccionar tanto con núcleos de litio como de boro que estuvieran presentes a bordo. Estas reacciones tienen su interés, ya que carecen de neutrones y, en consecuencia, no presentan los efectos dañinos que les expuse con anterioridad.


Un problema que presentan estas naves de tipo R.A.I.R., incluso cuando no se encuentran en régimen relativista, es decir, a velocidades por debajo del 15 % de la velocidad de la luz en el vacío, consiste en las elevadas temperaturas que se pueden llegar a alcanzar, haciendo indispensable la incorporación de un enorme subsistema radiador o disipador del calor, que podría presentar una superficie con una área de hasta 100.000 metros cuadrados para una temperatura máxima de operación de unos 2000 ºC. Asimismo, las dimensiones del estatocolector rondarían los 4000 km de diámetro, todo un desafío desde el punto de vista de la ingeniería.

  • El ramjet láser (laser ramjet)


Propuesto en 1977 por D. P. Whitmire y A. J. Jackson IV, el ramjet láser consta de una estación láser alimentada por energía solar y situada próxima al Sol. El haz así producido se transmite a un receptor/convertidor a bordo de la nave, encargado de transformar la energía luminosa en eléctrica que posteriormente alimentará un acelerador lineal de partículas. Los iones capturados por el colector son acelerados en él y emitidos a altas velocidades, generando la consiguiente propulsión.


El factor crítico del diseño estriba en mantener perfectamente alineado el haz a lo largo de tan enormes distancias entre el láser y la nave espacial y a lo largo de intervalos de tiempo tan grandes. Gregory L. Matloff ha estimado que uno de estos ramjets cuyo peso ascendiese a 750 toneladas, equipado con un estatocolector de 2000 km de diámetro y un láser de 50.000 millones de vatios que se encontrase con un medio interestelar de densidad igual a 0,05 protones por centímetro cúbico lograría acelerar desde una velocidad de 900 km/s hasta otra de 2400 km/s en nada menos que 80 años. Se requerirían, así, casi 500 años para alcanzar el sistema de alfa-Centauri.


  • El ramjet autopista (ramjet runway)


Propuesto igualmente, y al mismo tiempo, por los mismos autores del diseño precedente, en esta versión se pretende alcanzar un compromiso con el fin de compensar la no-fusión de los iones interestelares colectados por el embudo mediante la “preparación de una especie de autopista” que se dispondría delante de la proa de la nave y que consistiría en esparcir micro-perdigones o micro-cápsulas cargados eléctricamente, tarea que sería llevada a cabo décadas antes de la misión por otras naves más convencionales y lentas).


Estas micro-cápsulas de combustible deben estar convenientemente colimadas, esto es, no pueden estar dispersas y distribuidas a lo largo y ancho de distancias demasiado grandes, sino lo suficientemente pequeñas como para que los más modestos estatocolectores sean capaces de capturarlas eficazmente y dirigirlas hasta el interior del reactor de fusión.

Hace poco más de una década, en 1999, G. D. Nordley llegó a proponer que dichas cápsulas de combustible fusionable estuviesen basadas en nanotecnología inteligente, es decir, que por sí mismas pudiesen llevar a cabo y mantener la necesaria colimación.

El ramjet autopista es tal que, a medida que aumenta la velocidad de la nave interestelar, mayor se hace su rendimiento en comparación con las otras versiones de ramjet analizadas.

En conclusión, que seguro que lo están deseando, se puede afirmar que a pesar de que el concepto de nave estatocolectora o ramjet de Bussard resulte potencial o idealmente demasiado valioso e interesante como para ser descartado a priori, incluso con todas sus dificultades e inconvenientes, probablemente insalvables, con todo, aún puede servir como un excelente ejercicio de dinámica relativista para estudiantes de cursos avanzados o, cuando menos, como mera especulación, que tampoco viene mal en estos tiempos de pesimismo y crisis económica que vivimos.

Por concluir con un buen sabor de boca, que también se lo merecen todos ustedes, máxime después de haber soportado semejante compendio de cosas inútiles, me gustaría proponerles una cuestión en relación con la novela que me ocupaba al principio del artículo. Les cuento: ¿cómo es posible que una nave espacial que viaja por el universo y que asiste, a consecuencia de su enorme velocidad, al fin del mismo, no es destruida en el propio proceso de Big Crunch? ¿Desde qué privilegiado puesto de observación se puede contemplar el fin del universo? ¿Acaso desde otro universo?



Bibliografía complementaria:

Claude Semay and Bernard Silvestre-Brac The equation of motion of an interstellar Bussard ramjet, Eur. J. Phys. 26 (2005) 75-83.

Claude Semay and Bernard Silvestre-Brac Equation of motion of an interstellar Bussard ramjet with radiation and mass losses, Eur. J. Phys. 29 (2008) 1153-1163.

Miquel Barceló Paradojas: ciencia en la ciencia-ficción, Equipo Sirius, 2000.

Peter Nicholls La ciencia en la ciencia-ficción, Folio, 1991.

Gregory L. Matloff Deep Space Probes: To the Outer Solar System and Beyond, Springer, 2005.




Este artículo participa en la edición XXXIX del Carnaval de la Física, alojado en el blog El zombi de Schrödinger