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Investigación-docencia-divulgación o el bueno, el feo y el malo en la universidad

Casi todos queremos que nuestros hijos sean universitarios, que estudien una carrera al menos y posean un título universitario como mínimo, ¿no es cierto? Sin embargo, cuando hablo con personas ajenas a la universidad me doy cuenta del desconocimiento tan profundo que hay de la mayor institución académica del país. Que si los profesores universitarios tenemos tres meses de vacaciones, que si no estamos dando clase entonces a qué nos dedicamos, que qué es eso de que investigamos fuera de las aulas, que cómo es posible que solo impartamos unas pocas horas de clase a la semana, que en qué empleamos el resto del tiempo y otras lindezas por el estilo.

Y lo cierto es que tengo que admitir que no les falta razón y es por nuestra culpa, que no sabemos transmitir a la sociedad nuestro trabajo, nuestra labor diaria. Y parte de este quehacer en el día a día tiene que ver con la docencia pero también con la investigación. Ahora bien, no todo el mundo lo hace como debiera y son quizás estos zánganos acomodados los que imprimen la imagen de desidia, de incompetencia a todos los demás que cumplen, incluso sobradamente, con su labor.

Pero no se equivoquen, hoy no estoy aquí para dar leña a los zánganos, ni mucho menos, ya habrá otra ocasión mejor. Más bien, en lo que viene a continuación, pretendo poner sobre el tapete algunos temas que me preocupan desde hace tiempo. Mi intención, más que dar respuestas, va a consistir en plantear preguntas que me gustaría que ustedes respondieran en los comentarios (si les apetece) o que les sirvan para mantener debates en el bar, en casa o en la cafetería de la facultad o el despacho del catedrático de turno.

Verán, en la universidad española existen varias figuras de profesor, es decir, distintas categorías: profesores ayudantes, ayudantes doctores, profesores titulares, catedráticos. También existen diferentes dedicaciones: a tiempo parcial, a tiempo completo. Por ejemplo, un profesor titular a tiempo completo y dedicación exclusiva (como yo) debe impartir un tope de 24 créditos anuales, es decir, unas 240 horas de clase, esto es, unas 8 horas semanales en promedio. ¿Parece poco, verdad? Y, claro, el camarero, el dependiente de la frutería, el minero o el camionero de turno se preguntan, y con razón, cómo es posible currar 8 horas a la semana y cobrar el pastizal que su imaginación cree que nos paga el Ministerio. Si yo fuera cajero del supermercado también me haría la misma pregunta. Ahora bien, ¿solamente trabajamos 8 horas a la semana los profesores universitarios? Piensen un poco: ¿el frutero llega a casa, tras su jornada laboral, y diseña, prepara y proyecta su trabajo del día siguiente, o se olvida de él mientras se toma una cañita bien fría en el pub de costumbre y hasta mañana muy buenas? ¿El resto del tiempo que no despacha a la señora o al jubilado que compra todos los días cuarto y mitad de calabacines, qué hace? Los profesores no solamente impartimos nuestras 8 horas de clase semanales. También hay que prepararlas y eso lleva tiempo si uno es un PROFESOR, no un profesor, que también los hay. Hay que currarse el material, diseñar cuidadosamente la lección, pensar preguntas que proponer a los estudiantes, diseñar ejercicios adecuados, experimentos, revisar y actualizar la bibliografía pertinente, pergeñar exámenes, corregirlos, volcar las notas en programas de software completamente inútiles diseñados por personas que no han debido de necesitarlos jamás, atender las reclamaciones de los estudiantes, cumplir con las horas de tutorías. ¿Y eso es todo? Pues no, luego viene la investigación, la tutela de trabajos fin de grado, la dirección de tesis doctorales. Y las publicaciones, las putas publicaciones, a las que me referiré más detenidamente en breve. Pero es que no termina aquí la cosa, como profesores universitarios debemos comunicarnos continuamente con otros profesores, charlar, reunirnos, intercambiar opiniones, asistir a comisiones permanentes, consejos de departamento, comisiones de docencia de las facultades. Todo ese tiempo no computa y, claro, la sociedad en lo que no ve y puede palpar difícilmente cree, salvo que sea en espiritismo o chorradas semejantes.


Entonces, la pregunta es: ¿realmente, la universidad nos paga por enseñar, por investigar o por tocar la bandurria? ¿Nuestra responsabilidad como profesores universitarios termina con las horas de clase? ¿Se puede vivir en la universidad sin investigar? Insisto en que no pretendo dar respuesta a todas las preguntas que voy planteando. Por supuesto, tengo mis opiniones y puedo ir dejando pinceladas de las mismas, a buen seguro tremendamente sesgadas, parciales y equivocadas, pero son las mías. Como decía Groucho Marx, si no les gustan puedo darles otras.

Sigo. Conozco profesores universitarios que llevan años sin investigar y, por supuesto, sin publicar ningún resultado de investigación, que viven exclusivamente de su docencia. Si se da por supuesto que la universidad nos paga por enseñar e investigar, ambas cosas simultáneamente, ¿por qué esta gente sigue cobrando? ¿No tendría que habilitar la universidad un sistema de control y tomar cartas en el asunto? Por otro lado, soy consciente de que hay personas que piensan que si no publicas en revistas científicas es que algo estás haciendo mal cuando investigas, pero vuelvo a preguntar: ¿nos paga la universidad por investigar, realmente, o se trata de una suposición sin fundamento y en realidad nuestro sueldo se justifica exclusivamente con nuestra labor de enseñantes? Salvo un pequeño matiz al que aludiré enseguida, el sueldo que cobra un profesor universitario que investiga y otro que hace años que no lo hace es prácticamente el mismo. Luego, si la investigación sigue derroteros distintos a la docencia y se puede vivir de un sueldo universitario sin necesidad de investigar, ¿no es igualmente aceptable que un profesor universitario también investigue y opte por no querer publicar sus resultados de investigación, por ejemplo? ¿No se puede estar en desacuerdo con el sistema? ¿No puede haber personas que no comulguen con las formas de proceder de las revistas científicas, tema que daría por sí solo para otra entrada? ¿Verdad que ese razonamiento, a muchos de ustedes les parece absurdo y sin sentido? ¿Qué dice este chalado? ¿Qué es eso de investigar y no publicar? ¿Ha perdido el juicio? Si no quiere publicar lo que investiga, que lo deje y se vaya a otra parte. Bien, vale, puede que tengan razón. Ahora bien, les diré una cosa que a mí me da mucho que pensar. Resulta que ciertas universidades de este país han decidido de un tiempo a esta parte (un tiempo que, casualmente, coincide con el comienzo de la crisis que llevamos años padeciendo) incrementar las horas de dedicación docente de aquellos de sus profesores que no "cumplan" debidamente con la investigación, esto es, no alcancen un número mínimo de publicaciones en revistas científicas de impacto relevante. Me detendré un momento en esto.

Otra de las cosas que la sociedad no suele conocer es el sistema de reconocimiento de méritos de los profesores universitarios. No se preocupen, les cuento, tampoco es tan complicado. Nuestra nómina consta de varios apartados: sueldo base (porca miseria) y diversos complementos. De entre estos me interesan en concreto dos, a saber, los famosos quinquenios y los no menos célebres sexenios.

Los primeros también se conocen como tramos docentes y los segundos como tramos de investigación. Los primeros se otorgan por el simple hecho de llevar 5 años impartiendo docencia en la universidad (aunque también se suelen reconocer desempeños de otras labores como haber sido becarios del ministerio u otras que ahora no vienen a cuento). Se otorgan de forma automática, por antigüedad y por esta sencilla razón se puede vivir confortablemente a base de acumular años y años de docencia. Da lo mismo si eres un buen docente que uno negado, torpe u holgazán. Les aseguro que de estas tres últimas categorías los hay. La buena calidad docente no se da por supuesta, como he escuchado a alguno decir por ahí. Como cualquier otro trabajo, con tiempo y dedicación se mejora y mucho, y los hay que ni lo uno ni lo otro. Les pongo mi propio ejemplo: el pasado mes de diciembre cumplí 25 años como empleado de la universidad. Tengo, por tanto, cinco quinquenios reconocidos y por cada uno de ellos cobro un dinero que se suma a mi sueldo. Cualquier otro profesor universitario con los mismos años de dedicación tendrá reconocido el mismo número de tramos docentes que yo. No importa que él sea un patán y yo un profesional de los pies a la cabeza o viceversa. Cobraremos lo mismo.

En cuanto a los segundos, la cosa es algo más compleja. Los sexenios o tramos de investigación se otorgan por producción investigadora y no lo hace la universidad sino un organismo independiente, la ANECA. Para solicitar un sexenio, el solicitante debe acreditar un mínimo de cinco publicaciones en revistas científicas con un prestigio suficiente a lo largo de un período de seis años. Tras la elaboración de una tediosa documentación, el solicitante envía su curriculum vitae junto con las cinco aportaciones de mayor relevancia a la ANECA. Allí, una comisión evaluará y decidirá sobre la calidad del material remitido. Si la valoración es positiva se reconoce el tramo, que repercutirá en un nuevo "aumento" de sueldo. ¿Han notado ustedes alguna asimetría entre este proceder y el del párrafo anterior? ¿No? Pues no se vayan todavía, aún hay más (como decía Super-ratón).

Como les decía un poco más arriba, los quinquenios se reconocen automáticamente a todo el personal de la universidad (otros funcionarios también gozan de estos privilegios pero no interesan aquí). No importa tampoco a qué universidad pertenezcas, a qué departamento ni a qué área de conocimiento. TODOS los profesores funcionarios tienen concedido un quinquenio cada vez que acumulan cinco años impartiendo docencia en una universidad. En cambio, los sexenios se otorgan única y exclusivamente a los "buenos" investigadores, a los que publican sus resultados en las revistas bien consideradas, con factores de impacto elevados en el JCR. ¿Ser un buen investigador implica ser un buen docente? ¿Y viceversa? ¿Qué asignaturas deben impartir los profesores noveles? ¿Y los veteranos? Si para tener reconocido un quinquenio solamente tenemos que dejar pasar los años y los cursos académicos, ¿no será lógico que nos dediquemos a investigar y hacer méritos y dejemos un tanto de lado la docencia? No sé, pregunto.

Y ahora es cuando las asimetrías se hacen aún más evidentes y escandalosas. Resulta que en diferentes áreas de conocimiento los requisitos son muy distintos. No es igual de fácil o difícil obtener una evaluación positiva en Química que en Física, en Matemáticas, en Ingeniería o en Ciencias de la Educación. A unos se les exige simplemente que sus publicaciones estén en el JCR, para otros en cambio, además de estar en el JCR, deben estar situadas en los primeros puestos del ránking. Tengo compañeros de departamento que han obtenido sexenios en el área de Ingeniería porque su curriculum investigador no alcanzaba para obtenerlos en Física. Pero al final cobran lo mismo que otros que los tienen concedidos en Física con mucha más dificultad y que no hubiesen podido de ninguna manera haberlos solicitado por Ingeniería (ejemplo: ¿se imaginan a alguien que ha investigado toda su vida en la teoría de cuerdas cósmicas solicitando un sexenio por Ingeniería o Ciencias de la Educación?).


Pero lo peor aún está por llegar. ¿Recuerdan lo que les decía más arriba sobre la forma de proceder de algunas universidades españolas desde el comienzo de la crisis? Pues resulta que mi universidad está entre estas. ¿Y cuál es esa forma de proceder? Muy sencillo: "castigar" a los profesores que no tienen sexenios con más horas de docencia. Así, en lugar de impartir los 24 créditos tradicionales, deben impartir 32, es decir, se les grava con un 33 % más de horas de clases. En cambio, a los que sí cumplen con sus "obligaciones" investigadoras y tienen reconocidos al menos tres sexenios se les reduce su dedicación docente a 16 créditos, es decir, un 33 % menos. Dicho así, parece que ni se gana ni se pierde, pues la docencia que ganan unos la pierden los otros. No se engañen, esto sería cierto si el número de profesores con sexenios coincidiese con el número de ellos sin sexenios. Nada más lejos de la realidad. Como la adjudicación de sexenios no es automática como la de los quinquenios, siempre hay un desequilibrio. Dicho en términos más simples y para que me entiendan: la imposición de 320 horas de clase a unos y de 160 a otros solamente encubre unos miserables RECORTES, como los que llevamos sufriendo desde hace años. Obligando a unos a dar más clases y premiando a otros con menos tan sólo se consigue crear diferencias absurdas y disimular la miserable ausencia de oferta de plazas para nuevos profesores que rejuvenezcan las cada vez más envejecidas plantillas.

Tampoco se atiende a razones a la hora de conceder o no los sexenios, lo único que importa es si el solicitante posee los méritos requeridos o no. ¿Tienes publicaciones de mérito? Apto. ¿No las tienes? A dar más clases y así te lo piensas mejor antes de volver a llamar a nuestra puerta. Eso sí, con 80 horas más de clases (y recuerden, por tanto, otras muchas más de preparación de material, burocracia, etc.) ya te puedes ir olvidando de hacer investigación al mismo tiempo y poder subsanar la situación en un lapso de tiempo razonable.

No conozco todas las universidades españolas, pero sí algunas que son muy distintas a la mía. He impartido conferencias de divulgación en universidades como las de Córdoba, Sevilla, León, País Vasco, Granada, Burgos, Alicante, Murcia, etc. He hablado con muchos colegas de estas universidades. Algunos estaban tan agobiados como yo y tenían muchas clases, en cambio otros apenas si llegaban a la mitad de mis horas docentes. Cobraban lo mismo o más que yo porque, evidentemente, cuando impartes 120 horas de clase en lugar de 240 posees mucho más tiempo para dedicarte a tu labor investigadora, tienes la oportunidad de producir más publicaciones y es más fácil que puedas acceder a sexenios en el período que te corresponde. Más aún, algunos de esos profesores que conocí con 120 horas de clase anuales las impartían en cursos elevados, donde el número de alumnos que tenían a su cargo era muy reducido. ¿Creen ustedes que es lo mismo dar clase a 30 alumnos en el cuarto curso de un grado o en un máster que a 110 de un primer curso, como hago yo mismo o no pocos de mis compañeros, por ejemplo? Y seguro que tengo colegas con grupos más numerosos, no me cabe la menor duda. ¿Creen ustedes razonable que a un profesor que solamente imparte 120 horas de clase anuales se le conceda también un quinquenio o tramo docente de forma automática igual que a otro profesor que ha impartido 360 horas en el mismo período (por cierto, esto hace en los cinco años que dura el quinquenio un total de horas de 600 para el primero y 1800 para el segundo)? Mientras el primero imparte la tercera parte de horas docentes sigue pudiendo investigar, publicar y optar al sexenio de investigación correspondiente mientras que el segundo lo tiene en arameo. Entiendo que algunos de ustedes, o la mayoría o quizá todos no compartan mis cuitas, y les resulte todo de lo más razonable o irracional, no lo sé. Pero plantearlo no hace ningún mal porque lo que sí sé a ciencia cierta es que habrá no pocas personas que no tengan ni idea de muchas de las cosas que he escrito aquí y van a alucinar pepinillos después de leerlas. Algunas de estas personas me subirán a los altares y otras, en cambio, se acordarán de toda mi familia, con antepasados incluidos. Al menos habré logrado que piensen, reflexionen y se cabreen. Objetivo cumplido.

Estos últimos días he discutido con no pocas personas temas como estos y hay opiniones para todos los colores, como no podía ser de otra manera. Los que tienen sexenios y les reducen a 160 horas estaban la mar de felices (aunque no todos tengo que decir, algunos incluso mostraron su total desacuerdo con la forma injusta de proceder de mi universidad). Otros tenían opiniones más de señores feudales y justificaban los "castigos" con ese poderío suyo: << si no investigan y producen que se j*** y den más clases, que los que publicamos somos los que merecemos el privilegio de padecer menos el sufrimiento de aguantar a estudiantes y horas de docencia más que molestas, que la universidad debe ser un centro de excelencia investigadora solamente, las clases solo están aquí para darme de comer >>. Reconozco que a estos castrones les tengo un poco de manía.

Y luego viene el tercer miembro del trinomio: la divulgación. Aquí la cosa ya se pone del todo surrealista. Los hay que se ríen de la divulgación, los hay que consideran que la divulgación no pinta nada en la universidad, incluso los hay que no saben ni lo que es la divulgación. ¿Se valora la divulgación en la universidad? No, ni por casualidad. Divulgar es un acto completamente altruísta, ni existen quinquenios ni sexenios ni polienios de divulgación, ni nada que se le parezca. Divulgar es una opción sin contrapartidas, un acto de amor al arte. Que no se te ocurra dedicarte durante un tiempo de tu vida universitaria/académica a la divulgación porque todo lo que hagas no te reportará beneficio alguno salvo en tu orgullo personal exclusivamente. Las revistas donde se publica divulgación no suelen aparecer en el JCR y las poquísimas que lo hacen poseen un factor de impacto que no te sirve más que para que tus colegas se rían en tu cara. Los libros divulgativos que llegues a publicar tampoco albergan mérito alguno para tu universidad ni para la ANECA. Son un chollo para tu editorial, nada más, porque a ti como autor no te corresponde más de un 10 % del precio de venta al público del libro. Ah, y al final del camino te está esperando la ínclita AEAT para asestarte la estocada definitiva, no vaya a ser que un profesor universitario se haga millonario.

Entiendo que la sociedad nos pida cuentas sobre en qué nos gastamos el dinero público de nuestros proyectos de investigación, faltaría más. Yo también contribuyo con mis impuestos y quiero saber en qué se emplea ese dinero y qué hacen los investigadores con él. Por todo ello, insisto, creo que la investigación en la universidad es necesaria e imprescindible. Ahora bien, ¿llegan los resultados de la investigación a la sociedad? ¿Cómo se hace para que el dependiente de la frutería o el camarero del bar de enfrente puedan llegar a comprender lo que hemos publicado en una revista científica después de dos o tres años de duro trabajo diario en nuestros laboratorios? ¿Van a leer ellos las revistas, unos artículos generalmente infumables hasta para los propios especialistas? ¿No es más adecuada la divulgación para esto? Yo creo que cualquier mente no demasiado brillante sabrá las respuestas a estas cuestiones. Pero, claro, si la misión de llevar los resultados de investigación a la sociedad es de la divulgación y los divulgadores, y la investigación se reconoce en la universidad mediante el mérito de los tramos de investigación (sexenios), ¿por qué no se reconocen y se crean unos tramos de divulgación? ¿No puede considerarse la divulgación como una clase de gestión? Pues la gestión también está reconocida entre los méritos universitarios. Vale, vale, ya me callo...

Así es cómo la universidad echa mierda sobre sus propios profesores


Me gusta criticar a la universidad, lo reconozco. Pero es que también me gusta criticar todo, absolutamente todo, porque creo que con la crítica se pueden llegar a cambiar las cosas. Reconozco que si la crítica es constructiva, tanto mejor, aunque en ocasiones no ser destructivo resulta complicado. Digo esto porque siempre que critico a la universidad o al sistema universitario, la enseñanza o incluso a los alumnos que no merecen estar donde están, me saltan a la yugular no pocos ofendidos que se esconden tras su necedad para ocultar las vergüenzas que saco a la luz. Así que, aquí estoy una vez más, dispuesto a buscarles las cosquillas. No os cortéis, queridos...

¿Y qué os traigo en esta ocasión? Pues algo que ya se me ocurrió hace unos cuantos meses, cuando mi querida universidad no tuvo otra ocurrencia que solicitarme a mí, en particular, y a unos cuantos compañeros de fatigas docentes, un informe por escrito en el que debíamos dar explicaciones sobre los motivos por los que la tasa de rendimiento (la relación entre el número de aprobados y el número de matriculados) de algunas de las asignaturas que impartíamos no llegaba al 50 %. Asimismo, se nos pedía que sugiriésemos algunas medidas a poner en marcha con el fin de revertir la situación.

Bien, hasta aquí todo parece bastante normal, incluso razonable. Sí, estoy de acuerdo en que los profesores debemos rendir cuentas sobre nuestra labor en la enseñanza universitaria. Pero hasta cierto punto, es decir, ha de hacerse bien, no de cualquier manera. Y así parece ser que lo hace la universidad, al menos la mía. Aunque por algunas cosas que he oído de otros colegas de universidades diferentes, debe de ser cierto el refrán ese que dice que "en todos partes cuecen habas".

Voy a explicarme. Yo imparto dos asignaturas en la universidad: "Mecánica y Termodinámica" de primer curso para ingenieros y "Física" de primer curso para biólogos. Me centraré en la primera de ellas porque en la segunda mi tasa de rendimiento llega al 70 % y, por tanto, en esta asignatura soy muy bueno para mi universidad y me quiere mucho y me aprecia y no me pide que redacte ningún informe. Debe de pensar que soy una especie de Doctor Jekyll con los biólogos y un malvado Mr. Hyde con los ingenieros. ¡Muajajajajaja!

Veréis, el caso en que en la asignatura de "Mecánica y Termodinámica" los estudiantes pueden matricularse de la especialidad que más gusten, a elegir entre cuatro: Geomática y Topografía, Recursos Mineros y Energéticos, Forestal y del Medio Natural y Civil. Todas las especialidades, las cuatro, acuden juntas a clase, es decir, los tres profesores que impartimos la asignatura tenemos en clase a los alumnos perfectamente mezclados, no agitados, de las cuatro especialidades, sin hacer distinciones de ningún tipo, pues la "Mecánica y Termodinámica" es común y obligatoria para todas ellas. Así que todos, sin excepción, se examinan con los mismos contenidos y son evaluados con idénticas pruebas que incluyen la asistencia a clase (sic), tests intermedios (sí, en una asignatura cuya extensión temporal apenas supera los tres meses, se les hacen tests a los estudiantes cada dos temas. Peor que en el cole), prácticas de laboratorio y un examen final cuyo peso no supera el 40 % de la nota del curso. Pues bien, cuando llega final de curso y ponemos las notas, como buenos profes que somos, resulta que yo, tonto de mí, pierdo un minuto en contar el número total de aprobados y lo divido por el número total de matriculados (en las cuatro especialidades) y obtengo un número precioso: 59 %. ¿Qué diablos me está diciendo mi universidad, que no llego al 50 %?

Ajá, es que se me está escapando un pequeño detalle en el que los grandes sabios de la universidad han reparado y yo, tonto de mí, no. Leo de nuevo la carta que me remite el vicerrectorado correspondiente y caigo en la cuenta: se me solicita informe únicamente de una especialidad: "Geomática y Topografía". En las otras tres no hay problema, se supera ampliamente el 50 % en cada una de ellas. Ahora ya no soy Mr. Hyde para los ingenieros, ahora soy Dr. Jekyll para biólogos, ingenieros civiles, ingenieros de minas e ingenieros forestales. Solamente soy Mr. Hyde para los ingenieros topógrafos. Porque les tengo manía, les odio, son mezquinos e ignorantes... ¡Muajajajaja! ¡Muajajajajaja! ¡Muajajajajajajajajajajajaja!

De repente, me da una ventolera tipo Florentino Pérez y vuelvo a revisar los números una vez más. Y hete aquí que compruebo estupefacto que la tasa de rendimiento en Geomática y Topografía es del 44,44 %. ¡¡Cachis en la mar!! Me he quedado corto en un miserable 5,56 %. Acudo a las listas de matriculados y veo que hay nueve, de los cuales han aprobado cuatro. ¡¡Cojones!! Me ha faltado medio alumno para tener contenta a mi universidad. ¡Porca miseria!

Me paro a reflexionar por un momento y me digo: joder, toda la vida estudiando física y matemáticas, haciendo estadística con los experimentos de mi tesis doctoral, eligiendo las muestras con cuidado para que fuesen representativas y ahora llegan los grandes sabios universitarios, sentados en sus sillones del despacho, y me cuentan que soy un mal profesor porque medio alumno no superó la asignatura. Medio alumno de un total de nueve, nueve matriculados en una especialidad de cuatro que asisten todas juntas a las mismas clases, con los mismos contenidos, con idénticas pruebas de evaluación, sin distinción alguna. Una muestra estadística en la que cada alumno cuenta como un 11,1 % del total. ¿Qué mierda es ésta? Y esto, por no hablar del curso anterior, en el que tan sólo tenía siete alumnos matriculados en esta misma especialidad y cada uno de ellos constituía un 14,29 %. Si es que te catea uno y la has cagao, macho. Eres un profesor putapénico, dedícate a otra cosa, colega.

¿Os lo he explicado clarito? Mira que me he esforzado en usar un lenguaje poco universitario, con adjetivos y sustantivos cultos, verbos pomposos y palabrería fluida. Pero es que yo soy así. Como dice un buen amigo mío, soy un popularizador. Hasta cuando reparto hostias.


Lamentablemente, aquí no acaba este cuento surrealista. Ahora viene lo mejor. Veréis, no contentos con los susodichos informes que harían vomitar a cualquier persona con un mínimo conocimiento de estadística, por no hablar de la sinrazón de distinguir a los alumnos por especialidades, cuando lo cierto es que acuden los pobrecillos todos en manada a las mismas clases (sí, la enseñanza de calidad de hoy en día es tener 100 estudiantes por profesor), lo cierto es que la universidad fue con el cuento a la prensa regional. ¿Y qué hizo? Pues nada menos que publicar un listado de todas las asignaturas de la universidad con una tasa de rendimiento inferior al 50 %. Y pienso yo, sí, vuelvo a pensar: vamos a ver, si en esa lista de la vergüenza han hecho con todas las asignaturas lo mismo que han hecho con la que yo imparto, ¿qué fiabilidad puede tener? ¿Cuántas de esas asignaturas tienen un número de estudiantes matriculados suficientemente grande como para que el cálculo de la tasa de rendimiento no resulte absurdo? Y no os creáis, que más de una conozco con menos de cinco alumnos matriculados.

¿Qué es lo más grave de todo lo que os acabo de exponer? ¿El cabreo de los profesores? ¿El cabreo de los estudiantes? ¿El tiempo que pierden los grandes pensadores de la universidad haciendo cálculos elementales?


No, mis queridos lectores. Nada de eso. Lo peor es lo que pensará la sociedad que nos paga al ver el listado de la vergüenza en la prensa. Porque dirán: "Mira estos cabrones lo que hacen con nuestro dinero, suspender a nuestros hijos y ponerles traba tras traba para poder acceder a un puesto de trabajo digno después de grandes esfuerzos económicos y personales por parte de las familias". Lo que no saben tampoco muchas veces las familias es que sus hijos ni siquiera se presentaron a los exámenes. Pero esto a la estadística no parece importarle lo más mínimo...