Mostrando entradas con la etiqueta divagaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta divagaciones. Mostrar todas las entradas

Por qué es imprescindible promover vocaciones científicas y tecnológicas

NOTA: Lo que estás a punto de leer requiere valor y tragaderas. Puede que te entusiasme, aunque lo más seguro es que tu cabreo vaya en aumento progresivamente a medida que avances en el texto. Todo es responsabilidad tuya. Conste que te he advertido.





Hace unas semanas, deambulando por Twitter, llegó a mi conocimiento un artículo titulado “¿Hay que promover vocaciones científico-tecnológicas?”, firmado por mi buen amigo Juan Ignacio Pérez. Lo cierto es que me llamaron poderosamente la atención algunas de las ideas y conclusiones a las que llegaba su autor. En varias ocasiones, a lo largo de estos años, he intentado discutir con él por Twitter cuestiones de todo ámbito y le he visto también intentarlo con otros, pero siempre he creído que no le gustaba porque resulta obvio que no es un formato muy adecuado ni que se preste a la discusión pausada y reflexiva y siempre he optado por callarme y dejarlo pasar. No obstante, en este caso y en este tema concreto, no he sido capaz de olvidarlo sin más y, por tanto, he decidido hacerlo a través de un post en mi blog. Espero sinceramente que el señor Pérez no se muestre ofendido, nunca ha sido mi intención la ofensa sino más bien todo lo contrario, esto es, expresar mis propias ideas y opiniones de forma razonada, civilizada y desde el gran cariño que le tengo. Para ello, me ha resultado más cómodo y fácil explicar las cosas citando textualmente (en color rojo) antes párrafos del artículo arriba aludido. Así pues, aunque resulte un tanto paradójico comenzaré por la conclusión general, expuesta al final del citado artículo, y que no es otra que la siguiente:

“No se trata tanto de promover unos estudios de atractivo limitado, sino de generar una cultura que valore el conocimiento en general y el conocimiento científico-tecnológico, en particular.“

Los estudios de atractivo limitado a los que hace mención son los tradicionalmente conocidos como “de ciencias”, esto es, las carreras de física, química, biología, matemáticas o las ingenierías. En términos generales, puedo llegar a estar de acuerdo con ello. Sin embargo, los párrafos que precedían a este, me resultaron un tanto desconcertantes. Para explicarme, procederé a citar textualmente algunos de ellos y los iré comentando. Excuso decir que todo cuanto refiero a continuación es exclusivamente opinión personal. No tengo certeza absoluta de cuanto me dispongo a decir, pero creo que la poca historia que conozco y la intuición de futuro que creo poseer me llevan a concluir que el título que le he puesto a este artículo es el correcto y adecuado. Juzgad por vosotros mismos, al fin y al cabo opinar suele ser bueno si se hace como es debido.

Bien, sigo con la siguiente afirmación del señor Pérez:

“Dudo, sin embargo, que iniciativas de esa naturaleza sean convenientes; también dudo de que tengan éxito; y es más, me parece que pueden tener efectos contrarios a los deseados.”

Insisto, las iniciativas a las que se refiere su autor son aquellas que tienen que ver con promover los estudios de carreras “de ciencias”. Por supuesto, no se me ocurre discutir el hecho de que promocionar ciertas cosas tenga el efecto contrario al perseguido, la gente es bastante necia, eso lo tengo clarísimo. Sin embargo, creo firmemente que no por ello se puede dejar de hacer. Porque entonces tendremos también que dejar de promover otras cosas que presentan claros beneficios para la sociedad en general y cada individuo en particular. Y estoy pensando, por ejemplo, en las campañas de la DGT para intentar paliar esa sangría que son las muertes por accidente de tráfico o estoy pensando en las campañas contra los fumadores, de las que tanto beneficio hemos sacado aquellos que no deseamos comernos el humo de otros. ¿Han generado más accidentes de tráfico las campañas de la DGT y más fumadores las campañas antitabaco? Siendo así, incluso, ¿debemos dejar de hacerlas?

Continúo, un poco más adelante, el señor Pérez afirma:

“No sabemos qué nos deparará el futuro ni qué tipos de trabajos serán necesarios dentro de unos años.”

Cierto, no se puede conocer el futuro, al menos como nos lo venden los adivinos y otros chiripitifláuticos del mundo de la farándula casposa. Las leyes de la física (sí, de la física, una de esas ciencias de interés limitado) no lo permiten. No obstante, y por eso os decía más arriba que mis limitados conocimientos de historia y mi probablemente equivocada intuición me dicen que sí podemos acercarnos a predecir con mayor o menor acierto lo que nos deparará el futuro. Expongo algunas cosas que con gran porcentaje de acierto, ocurrirán casi seguro (algunas más se pueden encontrar aquí): el final del Sol, el calentamiento global, el surgimiento de la inteligencia artificial, el impacto de un asteroide o cometa contra nuestro planeta, el agotamiento de algunas fuentes de energía. ¿Qué es lo que nos permite asegurar, con más o menos confianza, todo lo anterior? Pues la ciencia, precisamente. La misma ciencia que nos ha permitido vivir más y mejor, tener una sociedad más justa y democrática, haber alcanzado otros mundos, vislumbrar siquiera el origen de la vida y del universo donde habitamos. ¿Tengo que seguir?


Existen en el mercado editorial no pocos textos escritos por gente muy capaz, que predicen cómo y cuáles serán algunos de los trabajos del futuro (para muestra, un botón, pero hay más). No pocos de ellos guardan una relación muy estrecha con la ciencia. ¿Quién soy yo para llevarles la contraria? Más aún, cuando haya que diseñar estrategias enfocadas a la posible solución del cambio climático, o las encaminadas a desviar o interceptar un asteroide en curso de colisión con la Tierra, o tengamos que buscar una forma de generar energía limpia, barata y que no se agote, por poner solamente tres ejemplos, ¿acudiremos a los abogados, a los graduados en historia, a los poetas, a los periodistas, a los artistas, cocineros, a los sociólogos? ¿O lloraremos y nos lamentaremos por no tener muchos científicos e ingenieros? ¿Quiénes serán los encargados de salvar y recuperar la civilización? ¡Ojo! No pretendo afirmar que no sean necesarias en un mundo de seres humanos actividades exclusivamente humanas como la literatura, el arte o la historia. Pero será la ciencia la que ponga solución o, al menos, lo intente en las terribles situaciones anteriores y en muchas otras. Y para llegar a esta conclusión no es necesario ser una pitonisa.

“No acabo de ver por qué las autoridades deben favorecer unos conocimientos en detrimento de otros (siempre que se favorece algo, se hace en detrimento de lo que no es ese algo) ni siquiera aunque se piense que los que se favorecen son más necesarios que los otros.”

Este párrafo no sé muy bien cómo interpretarlo. O sea, que cuando favorecemos una cosa estamos desfavoreciendo todo lo que no sea esa misma cosa. Y todo a pesar de que pensemos que esa cosa que se favorece es más necesaria que todo lo demás. Buf, parece un trabalenguas. Sin embargo, me viene inmediatamente a la cabeza el feminismo (y ahora es cuando me llueven las hostias como si fuera esto el Diluvio Universal). En conclusión, que si favorecemos a las mujeres estamos perjudicando a todo lo que no son mujeres (entre ello los hombres, los niños, los coches, las hortalizas, las piedras, el chocolate y muchas cosas más). Favorecer el feminismo va en detrimento de todo cuanto no es feminismo aunque se piense que el feminismo es más necesario que el no feminismo. Esto está feo, ¿no? No lo sé, no lo tengo muy claro. Igual sí favorecer los lugares libres de humos va en contra de los fumadores pero ¿qué cojones? Que se jodan. Quizá favorecer a los que conducen bien y con precaución y responsabilidad perjudique a los macarras y los cabrones que van haciendo rally por las carreteras, jugándose tanto su vida como la de otros, pero ¿qué cojones? Que se jodan. No sé si me explico… ¿Por qué no vamos a favorecer los conocimientos científicos? ¿Estamos con ello perjudicando o animando a que la gente no tenga conocimientos no científicos? ¿Estamos perjudicando a las personas que quieran cursar unos estudios “de letras”? Sinceramente, yo creo que no. Y aunque así fuera, me reafirmo en lo que dije un poco más arriba, esto es, ASTEROIDE. 

“Nunca deberíamos dejar de reivindicar el interés del conocimiento por sí mismo, al menos a la hora de ensalzar su valor.”

Completamente de acuerdo, pero lo uno no quita lo otro. Favorecer, promover, promocionar las ciencias ¿no es reivindicar el interés del conocimiento? Nada más que decir. Circulen.

“Es muy posible que el simple hecho de que se formule de forma tan explícita la necesidad e importancia de promover unas determinadas vocaciones sea suficiente para que los supuestos interesados recelen de su atractivo real. Esa forma de abordar el asunto puede ser, de hecho, disuasoria.”

“Si vuelvo la vista atrás y miro a quien era yo hace cuarenta años, si algún adulto o autoridad me hubiese animado a estudiar ciencias, o hubiese oído en la radio que era muy importante promover vocaciones científicas, lo más probable es que hubiese optado por estudiar historia o algo similar.”

Acabáramos, la educación y todo el sistema educativo han volado por los aires. Si por promover algo lo que vamos a conseguir es todo lo contrario, entonces dejemos de educar a nuestros hijos y de enseñar a nuestros estudiantes porque solamente conseguiremos rechazo y que hagan todo lo opuesto a lo que les estamos pidiendo. Sin duda, recelarán del atractivo real de la educación, el conocimiento y la cultura. Nada que no sepamos todos los profesores y padres del mundo, es decir, que nuestros hijos y alumnos siempre tenderán a desobedecer. Está bien, puedo vivir con ello y seguiré intentándolo de todas formas. Porque pienso que es lo correcto y que es por su bien, aunque puedo equivocarme, por supuesto, que en esto de la pedagogía hay tantas opiniones y tesis como pedagogos.

El segundo párrafo aún me solivianta más, si cabe. Propongo entonces lo siguiente: para fomentar las vocaciones científicas, recomendemos sibilinamente las vocaciones de ciencias sociales, arte, y demás. O hagamos lo que hacen nuestras ínclitas cadenas de televisión con programas como MasterChef, donde se promueven las vocaciones culinarias o con programas como Mujeres y Hombres y Viceversa o Gran Hermano, donde se promueve… bueno, no sé qué es lo que se promueve, pero lo que sí sé es que muchos chavales quieren ir a esos programas y ganarse así un buen empleo. No me parece a mí que promover esos programas sea disuasorio para muchos chavales de hoy. Por cierto, si animamos a que la gente no fume, no consuma alcohol y a que conduzca con prudencia y responsabilidad, ¿los estaremos disuadiendo de que lo hagan? Puede que sea muy progre o moderno ir contra el consenso o llevar la contraria por costumbre, pero yo pienso que lo anterior a lo único que puede conducir es a caer en el negacionismo de muchas cosas (cambio climático, evolución de las especies, y más).

“en realidad sí creo que quienes opten por esos estudios tendrán más oportunidades en sus vidas […] me parece importante que haya más mujeres en esos sectores profesionales.”

En estas aseveraciones también estoy de acuerdo, aunque me da la sensación de que se contradicen con otras anteriores. Si no fuese así, ¿cómo lo vamos a conseguir? ¿Sin promoción? ¿Cómo haremos para que haya más mujeres en esos sectores profesionales? ¿Fomentando el hecho de que “el conocimiento es atractivo per se”? En un mundo ideal puedo coincidir, eso sería lo deseable, que sin fomentar ni promover nada todo el mundo hiciese lo correcto. No obstante, vivimos en el mundo real y si queremos que el machismo y el dominio de los hombres no sea tal en las profesiones científicas y tecnológicas, lo que debemos hacer es lo que ya muchos y muchas están haciendo (incluido el propio Juan Ignacio Pérez) y que no es otra cosa que adoptar la discriminación positiva. ¿Acaso no se intenta ya por todos los medios tener igual número de ponentes masculinos y femeninos en los eventos que se organizan por toda la geografía nacional? ¿Y no vivimos mejor así? Pues eso…

“Es fundamental eliminar ese carácter genial que se atribuye a las gentes de ciencia.”

“Por razones similares debe eliminarse la connotación sacerdotal de la vocación científica. Los científicos no vivimos para la ciencia, simplemente la practicamos o nos dedicamos a tareas relacionadas.”

Vale, los científicos no somos genios, pero sí que somos gente capaz de entender las cosas “de letras” y también las “de ciencias”. Los que no son científicos ya me entran más dudas sobre que sean capaces de entender la ciencia o su lenguaje y sus métodos. En cambio, si comprendes la física, la química, la biología o las matemáticas, puedes comprender cualquier otra cosa. La ciencia prepara para los problemas complejos, forma la mente y potencia el talento. Y esto puede doler a quien ya sabéis, pero es la realidad, guste o no. Vale, cuantificar lo anterior puede resultar muy difícil o imposible, pero está claro que superar unos estudios de ciencias requiere un esfuerzo mucho mayor que unos estudios de letras. Y si no, que hagan la prueba los estudiantes de carreras “de letras”. Por lo general, estos odian la ciencia y suelen mostrarse hostiles hacia ella; en cambio, los estudiantes de ciencias o los profesionales de la ciencia y la tecnología gustan de leer y estudiar cosas “de letras”. Son más cultos, si se quiere expresar así.


No, por supuesto que los científicos no vivimos por la ciencia pero está claro que esta requiere más esfuerzo y constancia que otras actividades profesionales. A propósito de esto, me viene a la cabeza la conversación que tuve hace un par de semanas con una compañera de la universidad. Me comentaba que el aparcamiento de una facultad de letras que está al lado de la nuestra siempre está prácticamente vacío por las tardes. No entendí muy bien lo que me quería decir…

“no todo el mundo está dotado para ello”

Obvio, ya lo dije antes. De acuerdo, la gente “de ciencias” suele ser especialmente dotada, en general, cosa que no ocurre con muchas de las personas “de letras”. Por supuesto, siempre hay excepciones. Parece que el señor Pérez y yo estamos de acuerdo en esto. Y no solamente nosotros, probad a leer el libro de Carlos Elías “La razón estrangulada” y veréis que mis opiniones son juegos de niños inocentes y cándidos en comparación.

“Es imperativo que la gente de todas las edades y ámbitos sociales se familiarice con el hecho científico.”

Vale, volvemos otra vez al punto de partida. ¿Cómo se hace esto? Sí, sí, ya lo sé: reivindicando el interés del conocimiento por sí mismo. Pero os recuerdo que esto también lo he dicho ya, esto sería en un mundo ideal, no en el que vivimos. ¿Para qué organizamos entonces y asistimos a eventos de divulgación científica si no es para contribuir a que la gente se familiarice con el hecho científico? Claro que esto también se consigue, en parte, en los colegios e institutos de nuestro país, pero los eventos de divulgación son muy importantes en esta labor. Y en este momento, tengo que romper una lanza en favor de los que como yo mismo nos dedicamos a la divulgación científica blanda (más conocida como popularización). Si el objetivo es que gente de todas las edades y ámbitos sociales se familiarice con el hecho científico, eso no se logra con divulgación dura ni con charlas-espectáculo en las que se recita poesía o se cantan con letras más o menos ingeniosas y brillantes, cosas que únicamente somos capaces de comprender los muy fans o los profesionales de la ciencia o su divulgación. Se hace bajando al barro y yendo a lo básico, a lo curioso, al sentido de maravilla de las personas, a su capacidad para sorprenderse, para soñar. Si esto no es así, siempre correremos ese riesgo del que el señor Pérez nos advierte: que la gente desconecte y salga disuadida de dedicarse o, al menos, querer comprender menos el mundo en que viven. No será por promover, promocionar o fomentar, sino por hacer todo eso pero hacerlo mal. Se divulga por y para los demás, no para lucirse uno personalmente. Y cada vez veo más de esto último en el mundo de la divulgación científica. Lamentablemente.

Casi estoy terminando. Si has llegado hasta aquí, intrépido lector, te mereces todo lo bueno que te pase. No quiero irme sin proponer yo mismo mi pequeña, mi diminuta e insignificante contribución a la hora de alcanzar lo que predico y que no es otra cosa que la de fomentar las vocaciones científicas y tecnológicas. Porque pienso, acertada o equivocadamente, que si hay más personas que se dedican a la ciencia, nuestro mundo será mejor y podremos resolver no pocos problemas que nos acechan y que el futuro próximo nos deparará con toda seguridad, como ya dije hace unos cuantos párrafos.

Quiero finalizar, pues, comentando otra idea que aparece a lo largo del libro “La razón estrangulada” de Carlos Elías y con la que comulgo al cien por cien. Para Carlos, la culpa de que la ciencia esté en declive y cada vez menos chavales elijan dedicarse a las profesiones relacionadas con ella se encuentra en los medios de comunicación, en la prensa escrita, en la televisión y el cine. Es aquí donde se ofrece continuamente una imagen completamente distorsionada de lo que es el mundo de la ciencia y de los científicos, contribuyendo a crear estereotipos que perjudican, cuando no ridiculizan tanto a una como a los otros. Por otro lado, están los políticos y los gobernantes, los encargados de tomar las decisiones importantes, tanto en materia social como científica. Y, desgraciadamente, aquí viene el gran problema en opinión de Carlos Elías, pues esos gobernantes y políticos, generalmente, son economistas, abogados, licenciados en historia o filosofía. Muy pocos tienen estudios o preparación científica y cuando la tienen parecen haberla olvidado hace años. Esta gente que, como decía anteriormente, suele estar predispuesta en contra de la ciencia, es la que decide por todos nosotros y en no pocas ocasiones se equivoca de pleno, con unas consecuencias desastrosas que hipotecan el futuro de mucha gente durante años. Ellos son los encargados de tomar las medidas dedicadas a paliar y/o solucionar el cambio climático (escuchando o ignorando a los expertos científicos), a decidir si invertir en energía nuclear, a desviar unos fondos u otros al estudio del origen de la vida o el universo, a aprobar unas leyes que establezcan las materias a estudiar en el Bachillerato, etc., etc., etc. Si no, ¿cómo me explicáis que en los Bachilleratos “de letras” no se cursen materias como la física, la química, la biología o las matemáticas, mientras que en los “de ciencias” haya que cursar obligatoriamente filosofía, literatura o historia? Porque los que gobiernan, los que deciden, los que mandan son “de letras”. No por obvio resulta menos cierto y doloroso.

Así pues, ¿hay que promover las vocaciones científicas y tecnológicas? Si aún no te ha quedado claro, puedo darte otra docena de razones, pero con las que he expuesto hasta ahora, creo que es más que suficiente. No solamente hay que promoverlas, sino que lo considero imprescindible.  Hasta que logremos poder hacerlo en igualdad de condiciones en los medios de masas como la televisión, donde yo creo que está la clave de todo este asunto. Si se creasen programas espectáculo como MasterChef (recuerdo, siendo chaval, un programa concurso en TV en el que se fomentaban vocaciones musicales, con chavales concursando con unos conocimientos impresionantes) pero para chavales que se dedicasen a hacer trabajos científicos, a buscar y fomentar el talento científico, jóvenes inventores, con ideas brillantes y aptitudes para el trabajo científico y tecnológico, rodeando a esos chavales de grandes figuras científicas (¿habéis visto los brincos que dan los concursantes de MasterChef cuando les llevan a Martín Berasategui o a los hermanos Roca?), si creásemos ídolos con los que se identificasen nuestros hijos y estudiantes, ¿no se lograría el objetivo de vivir en un mundo mejor, más racional, más justo y responsable? Es mi opinión, claro.

¿Qué puede hacer la física forense por la enseñanza y la divulgación?


Esta mañana estaba yo sentada en mi despacho de la universidad, buscando y hojeando material que me pudiera servir en mis clases para el próximo curso, cuando me topé con un documento inesperado que llevaba tiempo almacenado en el disco duro de mi ordenador. Su título, La física forense en el aula, lo decía todo: breve, conciso y motivante. Justamente lo que andaba buscando. ¿Qué habría allí?

Ni corta ni perezosa, lo imprimí y comencé a echarles un vistazo a las primeras páginas. Su autor, Ernesto N. Martínez, había elaborado un documento detallado sobre cómo afrontar el estudio de casos reales de accidentes de tráfico desde un punto de vista científico, en concreto, desde la perspectiva de un físico.

A medida que iba pasando las páginas, y reconozco que no fueron muchas, tan sólo las catorce primeras, me iba dando cuenta de que el señor Martínez y yo éramos almas gemelas, al menos en lo que concierne a la forma de ver y entender ciertos aspectos de la comunicación pública y la enseñanza de una disciplina científica como es la física. Así pues, decidí escribir el artículo que comienza en el siguiente párrafo, en el que comparto punto por punto y letra por letra las opiniones de su autor original. Tan sólo me he limitado a resumir lo que más me ha llamado la atención y a adornar levemente con mis propias palabras, experiencia y opiniones, algunos de los párrafos que pueden ustedes encontrar en el texto original del autor que les enlazo más arriba.

Entre otras cosas, el señor Martínez señalaba en su documento que es muy habitual encontrarse en los juzgados con jueces, abogados y jurados que poco o nada saben o entienden de física a la hora de decidir sobre la inocencia o culpabilidad de los acusados, incluso cuando esta ciencia les podría ayudar enormemente en su toma de decisiones. Obviamente, una de las razones que contribuyen a esto no es otra que la que tiene que ver con la tristemente célebre hipótesis de “las dos culturas” (ciencias y letras) de C. P. Snow. Es decir, que los abogados no acuden habitualmente a solicitar la ayuda de los físicos u otros expertos porque hace mucho que han perdido contacto con las materias científicas como son la física, la química o la biología, nada menos que desde la enseñanza secundaria obligatoria. Para ellos, un físico no hace ninguna falta porque la casuística criminal a la que se enfrentan a diario no involucra ni armas termonucleares ni superconductores de alta temperatura o partículas como el bosón de Higgs, a menos que éste sea capaz de generar agujeros negros asesinos en el LHC. Tal es la imagen que tienen de los físicos y que es mantenida, asimismo, por un alto porcentaje de la población.


Se puede caer en el error de acusar a los “profesionales de las leyes” de no emplear el método y las técnicas científicas en sus casos, pero quizá cambien de opinión si antes reflexionan sobre la siguiente cuestión: ¿cuántos de ustedes (yo también me incluyo), incluso los científicos profesionales, hacen uso de su ciencia en su vida diaria? ¿Tienen alguna excusa para ello?

Pero lo que me resultó más interesante fue el capítulo siguiente: la justificación del empleo de la física forense en el aula. En efecto, en aquellas cinco páginas se encontraba condensada toda mi experiencia de años con mis estudiantes universitarios. El profesor Martínez y yo pensábamos igual hasta un punto realmente sorprendente.

Según él (y ahora sé que según yo, también) la física forense poseía un enorme interés pedagógico y podía constituir un ejemplo perfectamente válido a la hora de transmitir la cultura y el pensamiento científico a las personas no versadas y, sobre todo, a los estudiantes de todos los niveles, desde el medio hasta el superior.

Los cuatro puntos claves que marcan la estrecha relación entre la física forense y la investigación científica (y que, dicho sea de paso, resultan igualmente válidos para cualquier otra rama de la ciencia) se pueden enunciar así:

Las soluciones de los problemas que se plantean en un caso judicial no aparecen en los libros, ni tampoco las posee el profesor. Si nos dirigimos al final del libro de texto en busca de la respuesta correcta, no la hallaremos, simplemente porque “la solución correcta” no existe. Existen mejores y peores respuestas y siempre hay que tener los ojos y la mente despiertos para distinguir entre ellas. Es indispensable saber que la física no es un compendio de recetas rígidas que dicta el profesor o el experto, ni un conjunto de reglas de un juego al que únicamente juega éste. Todos los estudiantes pueden y deben jugar, aportar sus ideas, su lógica, su inteligencia, su entusiasmo, pero nunca acudiendo a la falacia de autoridad. Los argumentos no son buenos o malos dependiendo de quien los esgrima. A lo largo de la historia, varios ejemplos de esta falacia han causado no poco estancamiento en el avance de la ciencia, incluso de siglos (Aristóteles es un claro ejemplo). Las preguntas que realmente pueden resultar interesantes de responder por los estudiantes son aquellas que ellos mismos formulen, no las que les propongan los libros. Así pues, el profesor debe fomentar en sus alumnos no tan sólo la búsqueda de soluciones a los problemas planteados, sino la elaboración por parte de éstos de nuevas y originales preguntas que despierten el interés, tanto personal como colectivo.


1.- Hay una necesidad ineludible de elaborar modelos, ya que para obtener las respuestas buscadas a las cuestiones planteadas, a menudo se hace inevitable llevar a cabo largas y complejas cadenas de razonamientos concatenados. El modelo es la imagen gráfica que usamos para describir de una forma manejable todo el conjunto. El modelo plantea nuevas preguntas y permite realizar predicciones que, en caso de cumplirse y corroborarse en la práctica, sirven de refuerzo del propio modelo; por contra, en caso de no cumplirse, hacen que el modelo sea abandonado en adopción de uno mejor.

2.- Desafortunadamente, en los colegios, institutos y facultades, se enseña ciencia sin hablar de modelos y solamente se muestran sus resultados. A este respecto, sería tremendamente interesante impartir la docencia de la física, la química, la biología, la geología, etc. desde una perspectiva histórica, señalando los problemas a los que se tuvieron que enfrentar los científicos de cada época y cómo fueron capaces de resolverlos a medida que adoptaban y desechaban modelos hasta hacer encajar todas las piezas del rompecabezas inicial. Sin el contexto que proporcionan los modelos, los problemas que se resuelven en el aula y/o durante el examen no pasan de ser meros ejercicios rutinarios, sin ningún sentido, más que el de proporcionar una manera absurda (y muchas veces injusta) de otorgar una calificación al estudiante y, al mismo tiempo, anestesiar a la sociedad que nos paga.

3.- Una vez concluidos los procesos de responder a las preguntas planteadas, así como la elaboración de modelos, el siguiente paso natural debería consistir en enumerar, organizar y contar las conclusiones a las que nos han conducido. En el caso de la física forense, hay que ser capaz de hacer entender al juez, los abogados y, en su caso, al jurado, de lo que estamos hablando. Y todo ello sin olvidar que nos dirigimos a personas que, como ya sabemos, no mantienen contacto con la ciencia desde que eran unos adolescentes. Así pues, debemos acudir a nuestras mejores capacidades pedagógicas y divulgadoras para convencer a todos ellos de que lo que afirmamos resulta lógico, razonable y fundamentado hasta el punto en que puedan hacer suyos nuestros argumentos. Será señal de que los entienden y comparten, de que hemos triunfado en nuestro deber y compromiso.

Habitualmente, nuestros colegas, investigadores brillantes y abnegados ellos, que ven la divulgación y la transmisión del conocimiento científico a la sociedad como una labor absolutamente ingrata, desagradable, innecesaria e inútil, suelen mofarse de los que hemos optado por esta vía y desdeñar nuestras opiniones, normalmente con un gesto de condescendencia, apartando la mirada y soltando alguna que otra gracieta más o menos ingeniosa, según su más o menos inspirado sentido del humor. Y ahí, normalmente, termina la conversación sobre divulgación, para reanudarse sobre la importancia de la investigación “pura y dura”, que es la auténticamente buena, importante y a la que se deben en cuerpo y alma.

El caso es que la mejor forma de que, tanto los científicos (les guste más o menos, o incluso nada en absoluto) como los estudiantes, elaboren sus conclusiones consiste en algo tan sencillo como saber escribirlas. No me refiero a que sepan “transcribir” lo que han leído en el libro de texto, sino más bien a que cuenten, relaten con sus propias palabras aquello que realmente han experimentado, conocido y aprendido, lo que a partir de ese momento pasará a formar parte de su bagaje intelectual, de su conocimiento, de su sabiduría. A escribir se aprende escribiendo y a medida que se escribe más cuenta se da uno que aún le falta mucho por aprender a escribir. Nadie está enseñando a nuestros jóvenes, nuestros hijos, a escribir bien, de forma correcta, lo que quizá constituya la habilidad más básica de una persona educada y culta. Todo lo contrario, no hay más que echar un vistazo a los medios de masas que nos bombardean continuamente hoy en día para darse cuenta de que tanto políticos como periodistas y hasta profesores estamos haciendo todo lo contrario a lo lógicamente recomendable, es decir, les estamos enseñando a hablar mucho y pensar poco, sin decir absolutamente nada, a creerse a pies juntillas cuanto les decimos, a defender sus argumentos, casi siempre vacíos de contenido a voces y a buscar la vida fácil, sin esfuerzo personal, centrada exclusivamente en la consecución de fama y dinero.

4.- Es precisamente el fomento de estas perniciosas formas de vivir el que nos lleva al último de los cuatro puntos claves que les señalaba más arriba. En efecto, la física forense posee una característica muy peculiar que la hace diferente a otras disciplinas científicas, a saber: las conclusiones válidas a las que pretende llegar tienen repercusiones mucho más importantes que van más allá de la mera calificación de un examen y no hay que olvidar que de esas conclusiones puede depender la libertad o incluso la vida de una persona. Es la aceptación de este riesgo lo que muestra el compromiso real y personal con lo que se hace. Considero mi responsabilidad como docente inculcar a todos y cada uno de mis estudiantes esta actitud responsable. Al fin y al cabo, siempre he mantenido que los profesores no estamos únicamente en clase para impartir el temario de nuestra asignatura. Y, desgraciadamente, esto no lo entienden ni todos los estudiantes ni todos los padres.



El analfabeto científico y la divulgación


No sé muy bien cómo empezar a escribir un blog y reconozco que me siento un tanto atemorizada ante la idea de sentarme delante del ordenador y comenzar a superar el mítico síndrome de la página en blanco al que se suelen enfrentar los escritores. Pero de alguna forma hay que hacerlo y allá voy.

Ya hace unos cuantos días que tomé la decisión de dedicar parte de mi tiempo como investigadora en física y profesora en la universidad a sacar tanto la ciencia como la docencia que allí hago y mostrarlas al resto del mundo, de la sociedad que normalmente no está al tanto de nuestro trabajo, de esa labor que llevamos a cabo diariamente los científicos, los investigadores y los profesores. Esta labor es, en ocasiones, ingrata, tediosa, monótona, pero se supera a base de otros momentos enormemente gratificantes, plenos de satisfacción personal y de servicio a la sociedad.

Sin embargo, resulta francamente chocante, por no decir contradictorio, que toda esta inmensa cantidad de trabajo que se lleva a cabo en los institutos de investigación, en los laboratorios, en los despachos de las facultades universitarias, no vea la luz y, en consecuencia, no llegue a los profanos, la gente de a pie, todas aquellas personas que con sus impuestos contribuyen a que este magnífico engranaje funcione de la mejor manera posible, aunque no sea todo lo perfecto que muchos profesionales desearíamos.

Me estoy refiriendo, cómo no, a los resultados de la investigación científica, en todas sus ramas: física, matemáticas, química, biología, geología, medicina, etc. Y no únicamente a los resultados que se publican en las revistas especializadas, las cuales, por supuesto, no llegan a ese ciudadano que trabaja en la tienda de comestibles o en la carnicería, o al dependiente del hipermercado, la secretaria del bufete de abogados o el conductor del autobús urbano. No, me refiero a lo que normalmente se conoce como divulgación, es decir, la transmisión del conocimiento científico especializado al público no especializado o al especializado en otra rama o ramas del saber, pero de manera que sea comprensible por éste.

Vivimos en una época muy peculiar. A cualquier parte que dirijamos nuestra mirada podremos ver infinidad de objetos, de dispositivos cuyo funcionamiento está relacionado indudablemente con el conocimiento científico avanzado y el desarrollo tecnológico. La gente se pasea por la calle mientras charla animadamente con un amigo al otro lado del mundo gracias a los “smartphones”, consulta un mapa en tres dimensiones que le indica exactamente hacia donde debe dirigirse para encontrar el lugar que está buscando, espera en la parada del autobús o tren y puede saber con exactitud cuánto tiempo falta para que llegue. Al llegar a sus casas, la cosa se pone aún más interesante: encienden la televisión y las imágenes son de una calidad que parecería magia a cualquier espectador de la década de 1960, el ordenador personal puede hacer operaciones a velocidades inimaginables hace tan sólo unos cuantos años, el horno microondas nos prepara el desayuno o nos recalienta la cena en cuestión de segundos, las placas de inducción no te queman las manos si las apoyas en ellas y, sin embargo, pueden hacer hervir el agua en un recipiente metálico antes de que te hayas tomado el zumo de naranja del desayuno; si quieres ir al gimnasio puedes disponer de prendas que siempre están secas y eliminan el sudor de forma enormemente eficiente, calzado ligero y flexible que se adapta a todo tipo de pies; alimentos prácticamente de diseño que nos hacen vivir más y mejor, etc., etc. Y todos estos ejemplos, tan sólo por citar situaciones cotidianas, que todos podemos ver a diario. Si nos vamos a la ciencia de vanguardia, puntera, tenemos instrumentos como el LHC (el gran colisionador de hadrones, en el CERN), las sondas espaciales, los robots que hemos depositado sobre la superficie de otros planetas del sistema solar, los trasplantes de órganos, los avances en enfermedades como el cáncer, el conocimiento del cerebro, y tantas y tantas otras cosas que se podrían enumerar hasta hacer la lista casi infinita. Casi todo lo que nos rodea es ciencia y tecnología.


Desafortunadamente, todo este conocimiento y avance resultan invisibles para la inmensa mayoría de las personas. La sociedad, nuestra sociedad, es una sociedad de analfabetos científicos, de incultos; porque la ciencia es cultura, no nos engañemos. Y quien no conoce la ciencia es tan inculto como quien no conoce la literatura o la historia. Hagan una prueba con alguien que encuentren por la calle, al azar. Párenle, solicítenle un minuto de su atención y pregúntenle lo siguiente: ¿Quién escribió “El Quijote”? O pregúntenle quién descubrió América, o cuál es la capital de Francia. Probablemente esa persona, si no sale corriendo o aparta la mirada con desdén, le responderá correctamente a las tres cuestiones anteriores. Ahora bien, si abusan un poco más de su buena voluntad y paciencia, pregúntenle cuáles son las tres partículas básicas de un átomo, sin irnos a complicaciones innecesarias sobre quarks ni nada por el estilo, con los protones, neutrones y electrones que todos aprendimos en el colegio, siendo pequeños, nos conformamos. Pregúntenle por algún científico famoso que no sea Albert Einstein o Sheldon Cooper. Pregúntenle cuántos planetas hay en nuestro sistema solar, cuántos satélites tiene Mercurio, quién era Darwin o por qué es célebre Stephen Hawking. Se llevarán sorpresas y, seguramente, muy desagradables.

Como afirma Manuel Cereijido en su libro La ciencia como calamidad, el analfabeto científico tiende a pensar que los avances científicos y el desarrollo tecnológico se reducen a dinero, mucho dinero. Si los gobiernos invirtiesen el dinero suficiente, problemas como el cáncer y otras enfermedades mortales desaparecerían como por arte de magia, la contaminación del planeta no existiría y todos viviríamos en un mundo feliz y dichoso. Para el analfabeto científico la ciencia se reduce, simplemente, a ignorancia financiada. El analfabeto científico, obviamente, carece del conocimiento científico y tecnológico mínimo necesario para detectar y entender esa misma carencia, y todo ello a pesar de vivir una época y habitar un mundo en el que ya no quedan cosas importantes por hacer que no dependan de ciencia avanzada y/o tecnología. Finalmente, es este analfabetismo científico el que ha causado durante tanto tiempo que la realidad se haya interpretado apelando a deidades, milagros, magia, misticismo, ocultismo y otras memeces seudocientíficas. Muy pocas personas son capaces de adaptarse a esta realidad, analizarla y comprenderla de forma racional. No pueden prescindir de la superstición ni el oscurantismo.
Todo esto me lleva a una, para mí, inequívoca y evidente conclusión: hay mucho trabajo por hacer en el campo de la transmisión de la ciencia, el pensamiento racional y analítico, crítico, escéptico, a la sociedad. No sé muy bien y tengo dudas acerca de quién o quiénes deben hacer este trabajo, si deben ser los científicos, los periodistas especializados o, simplemente, cualquiera que esté preparado para ello, sea cual sea su “pedigrí”.

Esta mañana, curioseando por Twitter, me topé sin querer con este tema, precisamente. Después de intercambiar unos cuantos “tuits” con gente enormemente célebre en esta red social, decidí escribir sobre el tema. ¿Qué mejor ocasión para estrenar mi blog?

El caso es que en medio del fragor de la conversación a tres o cuatro bandas que surgió (tengo que decir que algunos de mis tuits fueron absolutamente ignorados, seguramente por ser yo quien soy, es decir, absolutamente nadie en este mundo de las redes sociales y los blogs de divulgación). En cambio, otros sí calaron y merecieron respuesta. Aún no sé por qué, imagino que quedaba ya demasiado feo seguir ignorándome, cuando yo intervenía una y otra vez, insistiendo en llamar la atención. Debe de ser que flotando en leche de fotones no estoy muy atractiva. En fin...

Por allí fueron apareciendo, visto y no visto, como salmones que saltan la cascada río arriba cuando se dirigen a desovar (porque en Twitter todo pasa muy rápido y los tuits tan pronto llegan se van y hay que estar preparado con la red para pescarlos o las fauces dispuestas para cogerlos) ideas muy interesantes: que si hay que eliminar las fórmulas de la divulgación porque dan miedo, que si hay que divulgar o, más bien, popularizar; que a qué nivel hay que hacerlo, dependiendo de la audiencia, y alguna cosa más.

A este respecto, creo que mi experiencia puede aportar algunas reflexiones. Por supuesto, no tengo esperanza alguna de que nadie vaya a leer esto, así que me lo tomo casi como si fuese una página de mi diario personal. Quizá me sirva algún día en alguna clase o charla en algún sitio. A ver por dónde empiezo.

En primer lugar, quiero dejar claro que he asistido a muchas conferencias de divulgación y he leído también no pocos libros, revistas, artículos y blogs de divulgación. Obviamente, me he encontrado de todo, desde lo sublime hasta lo infame (no pondré ejemplos concretos, por lo que pudiese suceder en un hipotético futuro si me hiciese célebre y famosa. Ilusa que es una, jaja). Lo primero que quiero decir es que para mí los términos popularización, divulgación o cualquier otro que se les parezca me resultan irrelevantes, más bien sinónimos. Cierto es que se les suelen atribuir matices: en este sentido, la popularización se tiende a asociar con la divulgación para gente con “nivel” cultural o bagaje académico más bajo, aunque puedo estar equivocada. En cambio, divulgación a secas parece indicar un cierto grado de rigor más alto, incluso puede ir dirigida a especialistas en otras ramas científicas, tecnológicas distintas a las de la materia divulgada. En definitiva, que llamemos como llamemos a la transmisión del conocimiento científico especializado, el que se hace en los centros de investigación, públicos o privados, o en las universidades, parece claro que el factor clave, el decisivo es saber a quién va dirigida esa transmisión de cultura especializada.



Efectivamente, no es lo mismo divulgar (sustituyan ustedes este término por popularizar o similar, si es que así se sienten más cómodos) un tema de física a un físico que a un químico, un biólogo, un matemático o un geólogo (lleven a cabo ustedes todas las combinaciones posibles de estos títulos honoríficos y tan reconocidos en nuestra sociedad). Tampoco es lo mismo hacer llegar un tema de medicina a un filósofo o a un ingeniero de caminos, a un físico o a un químico. Es más, puede resultar enormemente difícil contarle de forma comprensible a un físico electrónico un tema de física de supercuerdas o gravitación cuántica (o viceversa).  Y eso que son dos físicos los que interactúan entre sí. Así pues, ¿de qué estamos hablando? ¿Cómo hay que hacer para divulgar, popularizar o lo que sea? ¿Quitamos las fórmulas y las ecuaciones matemáticas y ya está? ¿Despojamos al lenguaje, hablado o escrito, de la jerga característica de cada especialidad científica? No es tan fácil.


Para mí resulta obvio que la divulgación presenta niveles. Si me estoy dirigiendo a un físico (y perdón por mi fijación, pero es que yo soy física y tiendo a desviarme hacia mi especialidad) podré escribir ecuaciones y utilizar un lenguaje técnico porque él me comprenderá, aunque le esté hablando de un tema en el que él no sea especialista. Evidentemente, habrá cosas que me tendré que callar o maquillar, reduciendo el nivel de complejidad o el rigor, pero al final tendremos la posibilidad de entendernos haciendo uso de una jerga común, comprensible para ambos y que podría ser absolutamente abstrusa para un químico, por ejemplo. Esto también es divulgación.

Ahora bien, si nuestro interlocutor es, pongamos por caso, alguien sin estudios superiores o, digamos, procedente de una rama del saber muy alejada, en principio, de la física, el asunto adquiere tintes muy distintos y se requiere una buena carga pedagógica y didáctica si se quiere alcanzar el objetivo con éxito. Ahora la jerga técnica habrá que aparcarla, las ecuaciones pueden generar hasta repulsión o pánico, por no decir cosas peores, y la transmisión del conocimiento suele resultar traumática para el divulgador (en este caso, probablemente, se entienda mejor el concepto popularizador). ¿Cómo enfrentarse a esta sensación de trauma, de no ser entendido, de provocar rechazo o aversión a la ciencia?


Dicho de otra manera, ¿por qué hay divulgadores buenos, divulgadores mediocres y divulgadores nefastos? ¿El buen divulgador nace o se hace? ¿Son todos necesarios? Veamos, trataré de arrojar un poquito de luz sobre estas cuestiones. Soy plenamente consciente de que lo que voy a decir ahora no son más que opiniones absolutamente personales, por descontado discutibles e incluso rechazables, por absurdas. Pero las diré de todas formas.

Les decía unos párrafos más arriba que he asistido a muchas conferencias y he tenido la inmensa fortuna y privilegio de conocer grandes y pequeños divulgadores. Las conclusiones a las que he llegado después de observar atentamente sus comportamientos y formas de expresarse o proceder, tanto en el escenario, como en sus obras escritas (libros, artículos en revistas, blogs), se pueden resumir en una frase: un buen divulgador posee una cierta habilidad para captar ciertas “señales” de su audiencia, intuye de alguna manera lo que interesa o no, lo que puede resultar enormemente motivador para el público o, por contra, arruinar la conferencia, y sabe utilizar en su beneficio y en el de todos los que asisten esa habilidad. El divulgador se puede hacer, pero el bueno de verdad, el que es excepcional reconociendo esas “señales”, ese solamente nace. Después, cual diamante en bruto, puede pulirse, aunque no es lo mismo pulir carbono puro cristalizado que grafito. No sé si me entienden.

Personalmente, creo que un divulgador tiene que saber, en primer lugar, captar la atención de la audiencia. Para esto existen trucos y técnicas, que no expondré ni aquí ni ahora. El sentido del humor puede ser de gran ayuda en este cometido, aunque no imprescindible, ya que algunas personas no soportan el sentido del humor o las bromas cuando se habla de ciencia, una cosa que para ellos es extremadamente seria y debe contarse con seriedad de funeral. 

La motivación también es esencial, pues si el que escucha o lee no ve el interés de lo que se le está intentando transmitir, la relación divulgador-público se romperá más pronto que tarde. En este sentido, también pueden resultar muy útiles determinadas técnicas: si estás en una conferencia, resulta tremendamente desmotivador que el ponente se dedique a leer las transparencias o que éstas consten prácticamente de insufribles párrafos repletos de texto. No hay nada más desmotivador que el divulgador te “fuerce” a leer inconscientemente lo que luego él dice exactamente de palabra. Las buenas conferencias y los buenos conferenciantes se sirven del poder de la imagen, del sonido, nunca del texto escrito. El público debe prestar su atención exclusivamente a lo que salga de la boca del divulgador y éste únicamente utilizará las diapositivas para deslumbrar, captar la atención, ilustrar lo que dice y motivar. Lo que sale de la boca del divulgador debe provenir de su cerebro, no de lo que ha escrito en la diapositiva. Para leer, mejor quedarse en casa con un buen libro.

Luego viene la forma  de actuar, el movimiento del cuerpo en el escenario, el ritmo, los cambios de ritmo y la pausa. Un buen divulgador sabe utilizar el lenguaje corporal, la expresión, su cuerpo debe reflejar lo que está contando, su entusiasmo por el tema que desarrolla. ¿A quién le gusta un divulgador, sentado a una mesa, hablando prácticamente solo a través de la pantalla de televisión, mientras utiliza un tono de voz cansino, monótono y acompañado por un movimiento de manos semejante a un guiñol?



Por descontado, lo más importante de la divulgación es el contenido de lo que se pretende divulgar. El contenido ha de tener calidad y un rigor adecuado para la comprensión de la audiencia. A pesar de todo, sí que pienso que no es necesario ni imprescindible que quien lee o escucha comprenda todo lo que lee o escucha. En ocasiones, es suficiente con que se sienta deslumbrado y se encienda la chispa de su interés, de su afán por saber más, por ir más allá de donde el divulgador le ha dejado. Aquí entran las llamadas “analogías”, quizá la herramienta básica a la hora de divulgar, de acercar un concepto al lego. Siempre hay que intentar establecer semejanzas, comparar el fenómeno que se está describiendo o explicando, con algo conocido por parte del público, algo cuya experiencia sensorial o intelectual ya posea previamente.

Finalmente, el acto de divulgar debe concluir tal y como empezó, es decir, captando de nuevo la atención, con una sorpresa última. Ha de ser tan impactante que el público cierre el libro, la revista, el blog o abandone la sala de conferencias, con la única idea de que quien no asistió no hizo otra cosa que cometer un error imperdonable, que la ciencia merece la pena conocerse y entenderse porque, sólo de esta forma, el mundo podrá ser, en efecto, más justo. Y mejor.