viernes, 24 de octubre de 2014

El Tercer Precog y la carrera hacia los X Premios Bitácoras

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En el año 2006 comencé a escribir un blog que se llamaba Física en la Ciencia Ficción, que algunos de los que aún me seguís leyendo seguramente recordéis. Nació como resultado del material que iba acumulando en la asignatura homónima que llegué a impartir durante 9 cursos consecutivos en mi universidad.

El blog estaba enfocado principalmente a la divulgación y enseñanza de la física pero haciendo algo hasta aquella fecha muy poco visto y escasamente conocido: el empleo como recurso didáctico de la literatura y el cine de ciencia ficción.

El blog fue evolucionando poco a poco hasta que en el año 2010 era lo suficientemente conocido y popular como para que su autor, un servidor, decidiese presentarse a los míticos Premios Bitácoras. Además, decidí que ya que el blog tenía una carga muy importante de docencia y que había surgido de mi particular forma de enseñar física en la universidad podía optar al galardón en dos categorías diferentes: la de Mejor Blog de Educación y Mejor Blog de Ciencia.

Ni corto ni perezoso me presenté en ambas categorías, llegando a ser finalista en ambas. Hasta que el día de la entrega vino la desilusión y la decepción: segundo puesto en Educación y tercer puesto en Ciencia, donde me vencieron dos gigantes como Naukas y Genciencia, ambos blogs colaborativos con numerosos colaboradores.

Tras muchos avatares, en el año 2013 decidí bajar la persiana de Física en la Ciencia Ficción Plus (nombre en el que evolucionó el blog original, para poder hablar de algo más que física y ciencia ficción). Unos meses después, decidí volver a la carga y di a luz El Tercer Precog, en el que sigo publicando artículos anteriores de FCF junto con otros inéditos y originales.

Este año me siento fuerte y aunque sé casi con seguridad absoluta que no tengo ninguna posibilidad, he decidido finalmente presentarme de nuevo a los Premios Bitácoras, ahora en su 10º aniversario. Por una sencilla razón: creo que los Premios me deben algo que me quitaron hace ahora cuatro años.


Si consideráis que soy merecedor de tal reconocimiento, a la derecha del blog, en la parte superior, tenéis un botón donde podéis votar a El Tercer Precog como Mejor Blog de Ciencia (he decidido no presentarme en la categoría de Educación, para no dispersar el voto de forma innecesaria).

En las tres primeras semanas de votaciones, El Tercer Precog ha pasado de no aparecer siquiera clasificado, al puesto 26º y, actualmente, se encuentra ocupando el lugar 12º. Y me he alegrado bastante, no os quiero engañar. Pero aún falta muchísimo para quedar entre los tres finalistas.

Si queréis contribuir a que se haga la mencionada justicia o consideráis que este blog merece un reconocimiento después de más de 8 años de trabajo de su autor, os ruego que le deis al botoncito y hagáis el mundo de la divulgación un poco más justo. Yo, por mi parte, seguiré insistiendo.

¡¡Muchas gracias a todos por estar ahí, leyendo!!


miércoles, 22 de octubre de 2014

El escorbuto: la pequeña gran historia de una enfermedad terrible (3ª parte)

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En la época durante la que se desarrolla nuestra pequeña gran historia, los médicos y sus ayudantes eran muy poco respetados dentro de la jerarquía naval y las autoridades no le prestaban demasiada atención a la salud de los tripulantes ni comprendían o apreciaban del todo la utilidad de la presencia médica a bordo de las grandes embarcaciones.

Mientras duraba la travesía, al ayudante del médico le tocaban todas las tareas más arduas e ingratas. Él era quien se encargaba de hervir las gachas y el agua de cebada, lavaba las toallas y las vendas, mezclaba y aplicaba la escayola, rellenaba y transportaba los baldes de agua para los pacientes, limpiaba la enfermería y a menudo le tocaba vaciar los cubos usados para recoger las deposiciones. Estaba a la entera disposición del médico naval las veinticuatro horas del día. También era tarea suya despertar a los enfermos cada mañana.

La enfermería era una celda húmeda, atestada, con un olor nauseabundo, situada debajo de la línea de flotación del barco. Los aires fétidos se acumulaban y la única iluminación provenía de unas pequeñas lámparas. Los pacientes yacían suspendidos en hamacas dispuestas en varias filas, con poco más de dos palmos entre uno y otro. Cuando las condiciones del mar estaban revueltas, solían golpearse entre sí.

Nuestro héroe, el médico escocés con el que finalizábamos la entrada anterior, James Lind, tenía más vocación de médico que de cirujano, y su mayor interés era la comprensión de las causas y los remedios de la enfermedad, incluso por encima del tratamiento de las secuelas físicas propiamente dichas. A finales de 1746, Lind entregó sus diarios médicos y quirúrgicos y aprobó el examen de cirujano. Le ascendieron a ocupar plaza en el HMS Salisbury, que patrullaría el canal de la Mancha y el Mediterráneo.

Como médico naval, se le ocurrió un plan sorprendente para afrontar el escorbuto, que refleja su mentalidad práctica y analítica. Lind hizo gala de una asombrosa originalidad y una capacidad admirable de superar los confines del pensamiento preponderante de la época (dominado por una jerga rimbombante, pedante y sin mucho sentido ni valor científico), al diseñar un experimento para probar y evaluar la efectividad de los antiescorbúticos habituales. Tuvo suerte de que el capitán del Salisbury, George Edgecombe, fuera miembro de la Academia Británica de las Ciencias, la Royal Society, y compartiera su interés científico.

El 20 de mayo, con la complicidad de un capitán de mente abierta, aunque no necesariamente con el de sus pacientes, Lind apartó y aisló a doce marineros con síntomas avanzados de escorbuto y diseñó un régimen alimenticio común para todos ellos. Durante un lapso de dos semanas, dividió a los marineros escorbúticos en seis parejas y complementó el régimen alimenticio de cada pareja con varios remedios y alimentos antiescorbúticos. Este experimento fue una de las primeras pruebas controladas de la historia de la medicina o de cualquier rama de las ciencias clínicas. Los dos afortunados que habían recibido las naranjas y limones se habían recuperado casi por completo cuando se terminaron las raciones de fruta, al cabo de una semana. Los que habían consumido sidra también respondieron favorablemente, pero al cabo de las dos semanas no habían recobrado fuerzas suficientes para regresar a sus labores. Investigadores modernos han demostrado que la sidra contiene pequeñas cantidades de ácido ascórbico y puede servir de medida preventiva, especialmente si no está demasiado purificada, pasteurizada o se ha conservado durante un período muy prolongado. Su conclusión fue que los efectos más benéficos e inmediatos se lograron mediante el uso de naranjas y limones. Estos cítricos fueron el remedio más efectivo contra la enfermedad en alta mar.


A pesar de las conclusiones de James Lind, años más tarde aún se seguía afirmando que el agua de mar era un remedio efectivo y viable para el escorbuto, según artículos publicados por varios médicos profesionales de la época. Sin embargo, el experimento de Lind había demostrado sin lugar a dudas que no tenía efecto alguno. El elixir de vitriolo era el medicamento antiescorbútico más habitual empleado por la Armada Británica en aquellos tiempos, de modo que el resultado obtenido por el doctor escocés que demostraba su ineficacia fue todo un logro. Lind empezó a escribir un ensayo sobre las pruebas realizadas a bordo del Salisbury, con sus comentarios sobre el escorbuto. Con el tiempo, se decidió a convertir el ensayo en un libro completo que se publicaría en Edimburgo en el año 1753.

Como ya hemos dichos, Lind tenía un interés evidente en la medicina preventiva, más que en la curativa; su argumento era que si se podía prevenir una enfermedad, ya no haría falta curarla. No cabe duda de que gran parte de lo que habían escrito los pensadores médicos hasta la fecha eran disparates, que no podían basarse más que en las opiniones personales o las modas. La crítica realizada por Lind de la abundancia de teorías descabelladas fue una reconfortante innovación, que contrastaba con el embrutecedor empecinamiento del pensamiento médico de la época, mientras que la insistencia del médico escocés en la necesidad de obtener pruebas antes de aceptar la validez de una teoría debería haber sido la norma a seguir.

A pesar de todo lo razonable y lógica que nos pueda parecer en los tiempos actuales la forma de proceder de Lind, lo cierto es que su teoría acerca de cuáles eran las causas reales del escorbuto resulta tan absurda y descabellada como cualquiera de las que había criticado él mismo con tanta elocuencia. La base de su compleja y rebuscada hipótesis era que el escorbuto se debía al taponamiento de la transpiración natural del cuerpo, lo que provocaba un desequilibrio en la alcalinidad del organismo. Lind aseguró que este desafortunado desequilibrio se debía a la humedad que prevalecía en alta mar y a bordo de los buques. De haber sido otro médico quien hubiese propuesto esta teoría, es más que probable que Lind la hubiese descartado como un montón de tonterías sin sentido. Sin embargo, cabe también la posibilidad de que se sintiera en la obligación de "producir" una teoría rimbombante para que la propia comunidad científica dominante le tomara en serio, dado el lenguaje complejo e impreciso que ésta empleaba, como ya dijimos más arriba.

Las contradicciones en los argumentos y las explicaciones de Lind eran evidentes y flagrantes. Afirmaba que cualquier ácido poseía la capacidad de curar el escorbuto, a pesar de que sus propias pruebas y resultados habían demostrado fehacientemente que tanto el vitriolo como el vinagre no tenían el menor efecto sobre los pacientes escorbúticos. Aunque Lind había dado con el remedio para la enfermedad, fue sencillamente incapaz, bien por falta de recursos, de conocimiento o de contribuciones cientificas de sus coetáneos, de deducir la causa real de la enfermedad. Su práctico remedio se perdió entre las nubes de teorías, incluida la suya. En los años que siguieron a la publicación del tratado de Lind, se publicaron varias obras de otros médicos que contradecían directamente sus recomendaciones, incluso en cuanto al remedio a emplear. Había doctores más respetados que él y con una mayor influencia y todo ello, en una época en la que el estatus social y la autoridad estaban por encima de la valía profesional y la ciencia, constituía un impedimento para el éxito de cualquier teoría medianamente heterodoxa basada en pruebas y evidencias empíricas. Los contactos influyentes jugaban un papel decisivo en la aceptación de las teorías y Lind jamás fue elegido miembro de la Royal Society. Tampoco ayudaba demasiado la falta de canales de comunicación, haciendo difícil que incluso los miembros informados de la comunidad científica confiaran en los hallazgos de sus compañeros. No existía publicaciones científicas con un sistema fiable de revisión, ni conferencias, ni muchos intentos de confirmar las teorías mediante reproducción de los experimentos. No debe extrañar, entonces, que durante bastantes años después de la publicación del tratado de Lind, el escorbuto continuase constituyendo un problema muy grave.

Lind había reconocido de forma certera que la falta de alimentos frescos estaba directamente relacionada con el escorbuto pero, al mismo tiempo, también recomendó mejorar la calefacción, las horas de descanso y la ventilación a bordo, medidas que habrían beneficiado a los marineros en general y reducido el consumo de ácido ascórbico de sus organismos, como hoy sabemos muy bien. Como medida más significativa, Lind defendió un período de cuarentena para los marineros recién enrolados y para los que procedieran de la cárcel, a fin de evitar que los nuevos reclutas llevaran a bordo enfermedades infecciosas y pudieran contagiarse. También sugirió que la práctica de embarcar el doble de los tripulantes necesarios para maniobrar la embarcación contribuía a la mortandad por enfermedades infecciosas.


Finalmente, en 1758 fue nombrado director médico del Royal Naval Hospital en Haslar, el mayor y más moderno centro médico del país. Por lo general, los marineros escorbúticos ocupaban una tercera parte de las salas de Haslar, pero durante algunos períodos determinados llenaban casi todo el hospital. Durante la Guerra de los Siete Años y la Guerra de la Independencia norteamericana, Lind atendía entre trescientos y cuatrocientos pacientes de escorbuto por día, en ocasiones muchos más.

Lind desarrolló un método para evaporar el agua del zumo recién exprimido y crear un concentrado que se podría guardar a bordo con una mayor comodidad. Lind jamás sometió su rob a un régimen de pruebas, de nuevo contradiciéndose a sí mismo con la idea que mantenía en lo referente a no utilizar nada cuyo efecto no hubiese sido probado y demostrado de forma práctica. Desafortunadamente, Lind no comprendió la naturaleza caprichosa del ingrediente clave, el ácido ascórbico, y sus intentos de conservar la fruta y las hortalizas en escabeche, mediante la evaporación o la ebullición destruyeron las propiedades antiescorbúticas existentes antes de la conservación. Hubo que esperar hasta nada menos que 1951, cuando R.E. Hughes llevó a cabo un experimento que demostraba que aunque las uvas espinas frescas contenían unos cincuenta o sesenta miligramos de ácido ascórbico por cada cien mililitros (más aún que el zumo de limón recién exprimido), su contenido en vitamina C se reducía prácticamente a cero tras calentar la fruta y conservarla durante apenas treinta días.

A pesar de que el rob, o concentrado de limón de Lind, recién preparado, contenía una gran cantidad de la preciada vitamina, de unos doscientos cuarenta miligramos por cien mililitros, ya había perdido la mitad del ácido de los limones empleados para prepararlo. Es decir, de no haberlos convertido en rob, la misma cantidad de limones habría contenido casi quinientos miligramos por cien mililitros. Después de un mes de conservación, tan sólo permanecía poco más de diez por ciento del ácido ascórbico, dejando el concentrado con la misma cantidad que un solo limón fresco.

En la década siguiente, la de 1760, se había llegado a una especie de consenso entre los profesionales de la medicina naval de que gran parte de los remedios establecidos contra el escorbuto, como el untar pasta de mercurio en las heridas abiertas, el consumo de ácido sulfúrico como suplemento alimenticio, añadir ácido clorhídrico al suministro de agua potable, o incluso la más respetada de todas las panaceas, la sangría, no estaban contribuyendo en nada positivo al debate. En el año 1764, tras varias décadas en las que se publicaron tratados, estudios, ensayos y proclamaciones sobre el escorbuto, sus causas y sus remedios, y tras varios experimentos en los hospitales navales de Haslar y Plymouth, que no brindaron resultados concluyentes, el Ministerio de Marina Británico propuso evaluar los antiescorbúticos en alta mar.

El Almirantazgo encargó a John Byron el mando de un navío que realizaría labores de exploración en el sur del Pacífico, a la vez que se controlarían los efectos de las provisiones frescas sobre la incidencia del escorbuto entre los tripulantes. Byron encargó coclearia y cocos para la tripulación y él aseguraba que aunque la primera había resultado tremendamente útil, los segundos les habían salvado de una muerte segura.

En 1772, cuando se publicó la tercera y última edición de su tratado sobre el escorbuto, James Lind tenía cincuenta y seis años. El exceso de trabajo y la falta de resultados concretos en sus pertinaces intentos de comprender la enfermedad le habían hecho perder toda esperanza de desenmarañar el misterio.  Aunque sabía que las verduras frescas y los cítricos curaban la dolencia, jamás concluyó que la falta de estos productos fuera su causa. Nunca creyó que el escorbuto fuera una enfermedad de carencia y jamás comprendió por qué las verduras y los cítricos resultaban beneficiosos, llegando incluso a criticar a la única persona que había entendido y concluido que el escorbuto se debía a una carencia en la dieta: Johan Friedrich Bachstrom.

Lind acabó sabiendo menos sobre el escorbuto que cuando no era más que un modesto médico naval, a bordo del Salisbury. Sin embargo, esta falta de experimentos científicos rigurosos y precisos debe interpretarse en su justa medida. Al fin y al cabo, la forma de pensar y actuar de James Lind era un mero reflejo de la sociedad y pensamiento de su época. Ni siquiera él pudo escapar por completo de las modas médicas y científicas del tiempo que le tocó vivir... (continuará)



lunes, 20 de octubre de 2014

El arte de vender mierda (reseña)

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Fernando Cervera, el autor de este libro editado por Laetoli, es licenciado en Biología por la Universidad de Valencia. Un buen día de 2009 y de forma fortuita comenzó a gestarse en su cabeza una idea audaz: crear una terapia seudocientífica desde el principio y ver qué pasaba. Había nacido el fecomagnetismo, una forma de curar a base de excrementos humanos embotellados y etiquetados.

Con la inestimable colaboración de su amigo Mariano Collantes, diseñaron toda una estrategia con el fin de darse a conocer en el "mundillo" seudocientífico de los estafadores, charlatanes y demás gentuza cuyo único objetivo es lucrarse con el dolor de los demás, de los desesperados y los enfermos sin esperanza o sin los conocimientos necesarios para desenmascarar a estos profesionales del mal consentidos por los poderes políticos establecidos, cuando no los propios poderes sanitarios.

El libro tiene el atractivo e irreverente título de El arte de vender mierda: el fecomagnetismo, la homeopatía y otras estafas. A lo largo de 124 páginas que se leen sin apenas darse cuenta, Cervera nos va describiendo con pelos y señales los pasos que él y Collantes fueron dando hasta que... Bueno, mejor que lo leáis y os enteréis vosotros mismos porque merece muchísimo la pena. Todo el texto está impregnado de, como no podía ser de otra manera, un sentido del humor desternillante.

Sin embargo, me gustaría señalar que aunque todo lo que se narra en El arte de vender mierda nos puede hacer reír a algunas de las personas a quienes nos gusta autodenominarnos escépticas, lo cierto es que entre líneas se puede adivinar una cierta sensación de desasosiego, al menos por mi parte. En efecto, Fernando Cervera da a entender muy claramente que puede resultar extremadamente sencillo convencer a mucha gente de la mayor mentira que uno pueda idear, por absurda que pueda resultar a posteriori y no ser desenmascarado hasta años después. Tal y como cita a Santiago Rusiñol al principio del capítulo 4: "Engañar a los hombres de uno en uno es bastante más difícil que engañarlos de mil en mil. Por eso el orador tiene menos mérito que el abogado o el curandero."

La sensación que me queda después de leer el libro es que vivimos en una sociedad donde cada vez impera más la incultura, la ignorancia y el desconocimiento. El pensamiento racional está en crisis, la ciencia está considerada como una disciplina elitista, alejada de la sociedad, exclusivamente cultivada por una élite de personajes un tanto excéntricos y aislados. En una frase: el omnipresente, clásico y pernicioso estereotipo del científico loco que tanto el cine como la literatura han contribuido a perpetuar desde sus comienzos. Hasta que no comprendamos que la ciencia es cultura y que tiene una enorme influencia en nuestras vidas y el futuro de nuestro mundo y nuestras sociedades, todos estaremos expuestos a comernos una mierda, por inteligentes que nos consideremos. No somos tan racionales como creemos, no nos engañemos. Queda mucho camino por recorrer...



viernes, 17 de octubre de 2014

El escorbuto: la pequeña gran historia de una enfermedad terrible (2ª parte)

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El nivel de ácido ascórbico en un organismo medianamente saludable varía entre 900 y 1500 miligramos. El cuerpo humano consume unos cincuenta miligramos de vitamina C por día y los síntomas de escorbuto empiezan a aparecer cuando el nivel desciende por debajo de los 500 miligramos. Una vez alcanzado este umbral, el hecho de suplir la cantidad mínima diaria que requiere el organismo sólo retrasará el proceso degenerativo, pero no se logrará la curación del enfermo.

Investigaciones modernas han confirmado que el cuerpo humano consume más ácido ascórbico en condiciones de frío y humedad, con un patrón de sueño errático e insuficiente, y ante un exceso de tensión, como el que provocaría con toda seguridad la amenaza constante de castigos corporales, temporales o batallas navales, así como fiebres, infecciones y demás contratiempos graves.

Además, el ácido ascórbico es sumamente frágil. Por un lado, basta con cortar o magullar una hortaliza o una pieza de fruta para que pierda gran parte de su preciosa vitamina; por otro, la cocción y el tratamiento con calor provocan igualmente pérdidas importantes. El empleo de ollas de cobre para la cocina, algo habitual entre las embarcaciones de la Armada durante el siglo XVIII, provocaba la pérdida de más de la mitad, quizá hasta unas tres cuartas partes del ácido ascórbico presente inicialmente.

En diversos países se recomiendan distintas dosis diarias de ácido ascórbico: la OMS recomienda, en promedio, 30 miligramos, mientras que las autoridades sanitarias de los Estados Unidos recomiendan 60 miligramos, aunque las cantidades pueden variar entre los 15 miligramos y los 120 miligramos, dependiendo de factores como la edad, el sexo o la lactancia materna.

Los síntomas clínicos que suelen acompañar al escorbuto aparecen de forma progresiva, transcurrido entre un mes y mes y medio de alimentación deficiente. Indicios psicológicos, tales como el letargo, la apatía y la falta de motivación, suelen preceder a los síntomas físicos: debilidad, falta de coordinación, una piel susceptible a los cardenales, dolor en las articulaciones e hinchazón en las extremidades. Más adelante se produce la inflamación de las encías, acompañada de reblandecimiento y sangrado; el enfermo desarrolla una espantosa halitosis y su piel se vuelve amarillenta. Las hemorragias internas provocan manchas moradas en la piel y bajo los ojos; durante la última etapa de la enfermedad, viejas fracturas de huesos curados se reabren. Finalmente, sin un aporte de vitamina C, terminan por producirse daños vasculares y/o cerebrales que causan la muerte.


Estar en puerto no significaba lo mismo para el tripulante de un buque de guerra del siglo XVIII que para un viajero moderno. Los buques de guerra pasaban semanas o incluso meses fondeados a una distancia considerable de tierra, mientras los tripulantes permanecían a bordo. El acceso a alimentos frescos era prácticamente nulo y había pocas oportunidades de disfrutar de un permiso en tierra.

En la década de 1580, sir John Davis saqueó fruta, patatas y demás hortalizas frescas de los asentamientos españoles en Sudamérica, comentando las bondades de la fruta fresca para combatir el escorbuto. Y en la década de 1590, Sir Richard Hawkins compró limones y naranjas a los comerciantes portugueses en Brasil. Hawkins escribió en la década de 1590: “En los veinte años que llevo navegando, creo haber visto morir unos diez mil hombres consumidos por esta enfermedad.

Poco después, en 1601 el capitán James Lancaster llevó consigo una cantidad de botellas de zumo de limón, que distribuyó entre los tripulantes mientras duraron las provisiones, a tres cucharadas cada mañana en ayunas, sin permitirles que consumieran nada más hasta el mediodía. Más adelante, cuando el escorbuto hizo de nuevo acto de presencia en la expedición, Lancaster condujo su flota a puerto para que los hombres se refrescaran con naranjas y limones, al estar convencido de que aquello les libraría de la terrible enfermedad. Después de comprar miles de limones, puso a sus hombres a trabajar para que los exprimieran y elaboraran agua de limón, o jugo de limón diluido con agua. No se sabe a ciencia cierta cómo se enteraría Lancaster de las bondades del zumo de limón. Quizá fue gracias a los años que había pasado en Portugal de joven, pues los comerciantes portugueses llevaban décadas evitando el escorbuto, en viajes más cortos, mediante el empleo de este remedio. El famoso corsario inglés Sir Francis Drake también escribió que el escorbuto entre sus tripulantes se curaba con abundantes limones.

Los mercantes de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales también recurrían al zumo de limón en sus travesías. La Compañía Holandesa incluso había instalado plantaciones de cítricos en puntos estratégicos de sus rutas comerciales, como en la isla Mauricio y el cabo de Buena Esperanza. Ya en aquella época, el zumo de limón se consideraba la solución universal al problema del escorbuto, aunque nadie sabía explicar por qué era tan efectivo. Asimismo, los primeros colonos de Norteamérica sabían que el zumo de limón curaba el escorbuto.

Sin embargo, y aunque pueda resultar de lo más sorprendente, lo cierto es que por algún motivo que hoy no quedan demasiado claros, el zumo y el agua de limón acabaron perdiendo su vigencia como remedios conocidos y de confianza. Los directores de la Compañía Inglesa y la Holandesa se confiaron después de años de prevención efectiva y a medida que la incidencia del escorbuto descendía, una nueva generación de directores y capitanes navales empezaron a cuestionar el valor de un zumo de limón que no salía precisamente barato ya que los cítricos se cultivaban casi exclusivamente en España y en sus territorios aliados del Mediterráneo y el Atlántico oriental.

En la década de 1630, tan sólo treinta años después del éxito logrado por Lancaster al impedir un brote de escorbuto en su viaje pionero a las islas de las especias, la Compañía de las Indias Orientales fomentaba el empleo del tamarindo y el aceite de vitriolo como remedios contra el escorbuto. A pesar de que algunas embarcaciones siguieron con la costumbre de aprovisionarse de zumo de limón, sólo llevaban una pequeña cantidad administrada directamente por el médico naval, que lo empleaba como remedio por si aparecía algún nuevo brote. Sin embargo, el inconveniente de este sistema, de simplemente reservar el zumo para los casos declarados, era que las cantidades administradas a los navegantes siempre resultaban insuficientes. De poco le serviría a un marinero que mostrara ya los síntomas clásicos del escorbuto una cucharada de zumo de limón, lo cual pudo contribuir a su descrédito entre los médicos navales y capitanes de navío. Sin duda, no fue menor la influencia de ideas como la propuesta, por ejemplo, en 1757, por el médico naval inglés John Travis, quien presentó la desacertada teoría de que el escorbuto no era otra cosa que intoxicación por cobre.

Con los médicos españoles y portugueses el asunto no mejoraba, pues parecían haber seguido el mismo camino fatídico que los ingleses y los holandeses, que les alejaba del zumo de limón. Juan de Esteyneffer aseguraba que "el escorbuto tiene su origen en las obstrucciones del hígado y especialmente del bazo [...] También se da en muchos órganos o en la abundancia de los humores melancólicos."

Con la llegada del siglo XVIII, ya no eran sólo los mercantes los que pasaban largas temporadas en alta mar, sino también las fuerzas navales nacionales pero, así y todo, el empleo del zumo de limón como remedio había caído en el olvido.

Aunque la primera edición de su famoso tratado The Surgeon’s Mate data de 1617, John Woodall sugirió en ediciones posteriores el empleo de la coclearia, los berros, las pasas, las grosellas espinosas, los nabos, los rábanos, las ortigas y otras plantas como antiescorbúticos alternativos, más fácilmente disponibles. Muchas de estas plantas eran buenas fuentes de vitamina C en su estado fresco. Sin embargo, una vez deshidratadas para llevarlas a bordo perdían prácticamente toda su efectividad contra el escorbuto debido a la elevada volatilidad del ácido ascórbico.


A finales del siglo XVII, la noción de que el escorbuto se debía a un desequilibrio de los humores corporales o a gases nocivos había suplantado casi por completo a las observaciones prácticas de los marineros, muy a pesar de éstos. La medicina europea de la época y el sistema de diagnóstico predominate se basaba en el concepto hipocrático del equilibrio entre los cuatro humores del cuerpo. Según Hipócrates, el cuerpo del hombre contiene sangre (corazón), flema (cerebro), bilis amarilla (hígado) y bilis negra (bazo); estos humores componen la naturaleza del cuerpo y a través de ellos se percibe el dolor o se disfruta de la salud.

Hacia mediados del siglo XVIII, el viaje de circunnavegación del globo que emprendió el almirante de la Royal Navy británica George Anson tuvo como consecuencia más importante, más allá de las riquezas obtenidas y del espaldarazo que supuso para el orgullo nacional, el inicio de una época de oro para la investigación del escorbuto en Inglaterra. El viaje generó una mayor conciencia sobre el coste social de la enfermedad; la población ya era plenamente consciente de que fallecían más marineros británicos a causa de este fatídico mal que de todos los demás factores combinados, incluidos los naufragios, los temporales, las demás enfermedades y las batallas navales. Durante las décadas que siguieron al viaje de Anson, hubo una docena de médicos que escribieron sobre la enfermedad y sus posibles remedios, en comparación con la escasez de ideas al respecto que había dominado los dos siglos anteriores.

Afortunadamente para la mayoría de los pacientes, el concepto humoral de la medicina había ido cediendo paulatinamente terreno a lo largo del siglo XVIII, a medida que los médicos empezaron a estudiar con mayor detalle el funcionamiento real de los órganos internos y el sistema circulatorio. Incluso hubo un médico de origen polaco, Johan Friedrich Bachstrom, quien llegó a proponer que el escorbuto se debía exclusivamente a una carencia alimenticia, pero la reacción entre sus colegas fue de escarnio. Escribió que el escorbuto se debía enteramente a una abstinencia total de alimentos vegetales frescos y verdes. Bachstrom dividía las plantas en tres grandes grupos, según su efectividad como antiescorbúticos (de hecho, él fue el primero en acuñar este término). Declaró que las plantas amargas como la coclearia y los berros eran los más potentes y efectivos. Si se hubiera hecho caso a las afirmaciones de este cuasi-desconocido polaco, probablemente el escorbuto no hubiese continuado siendo un gran misterio médico durante varias décadas más.

En 1753 se publicaría, por fin, una obra que iniciaría el proceso definitivo para terminar de una vez y para siempre con siglos de ignorancia, dolor y muerte. El autor era un modesto médico naval escocés... (continuará)


martes, 14 de octubre de 2014

El escorbuto: la pequeña gran historia de una enfermedad terrible (1ª parte)

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Hace tan sólo unos pocos siglos, durante la época de los viajes alrededor del mundo, las heroicas travesías y las grandes exploraciones oceánicas europeas, un terrible infortunio asolaba a las tripulaciones y a los viajeros, sin distinción de raza, creencias o condición social.

Sin embargo, se había observado que cuando los marineros del viejo continente entraban en contacto con otros pueblos del mundo, comprobaban que éstos no se veían afectados por la misma desgracia. Incluso los esquimales del Ártico tampoco parecían sufrir los rigores de aquel horrible mal, a pesar de que tanto su forma de vida como su alimentación, carente de ciertos productos aparentemente básicos, entre los que se encontraban las verduras frescas, la leche, el queso o los cereales, resultaban muy diferentes. Más aun, en realidad se alimentaban casi exclusivamente a base de carne y pescado crudo durante la mayor parte del año. Análogamente sucedía con los habitantes del desierto arábigo y todo ello contribuyó a hacer creer a los primeros estudiosos médicos del tema que una alimentación defectuosa no era la causa de aquella enfermedad conocida como escorbuto.

Ya se había descrito una dolencia similar en la época de los antiguos griegos y los legionarios romanos se habían topado con ella al explorar las tierras del norte de Europa. Hoy en día, resulta cuando poco irónico que pueblos viajeros de la antigüedad como los vikingos y los chinos ya conociesen el valor incalculable de llevar a bordo productos tales como arándanos frescos, algas o jengibre, que impedían la aparición del temido escorbuto durante los viajes que realizaban los navegantes de aquellos países, a menudo mucho más cortos que las grandes travesías marítimas posteriores. En el siglo XVII los marineros de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales llegaron a hacer un intento efímero de cultivar hortalizas en la cubierta de sus embarcaciones, que fracasó cuando los temporales y las olas que barrían la cubierta se llevaban la tierra de cultivo.

A lo largo de los siglos XVI, y sobre todo, XVII y XVIII, la mayoría de aquellas enormes embarcaciones construidas por las grandes potencias mundiales de la época estaban destinadas a surcar los océanos de un mundo en expansión, en viajes de exploración y comercio. Para reclutar marineros, los oficiales de la marina no tenían más remedio que recurrir a las consabidas patrullas de leva. Constituida por varios hombres armados, la patrulla les golpeaba, les arrastraba a bordo y les enrolaba en la Armada. Una vez se encontraban a bordo, los hombres estaban sujetos a los rigores del derecho marítimo y escaparse equivalía a desertar. La deserción se castigaba con la muerte. Hasta un tercio de la dotación de una embarcación podía estar formado por hombres reunidos en tierra por la patrulla de leva. En cuanto la nave se hacía a la mar, el abismo social entre los oficiales y los tripulantes se hacía aún más evidente; en alta mar, el capitán se convertía prácticamente en un dictador.


Los recién admitidos "voluntarios" se instalaban inmediatamente junto a los demás miembros de la marinería y contagiaban su malestar y sus enfermedades a toda la tripulación, a lo que contribuían enormemente la sobrepoblación de las embarcaciones, así como las condiciones poco sanitarias. La sífilis, la malaria, el raquitismo, la viruela, la tuberculosis, la fiebre amarilla, las enfermedades venéreas, la disentería, el tifus, la fiebre tifoidea y las intoxicaciones alimentarias eran compañeros de viaje constantes.

Un gran número de tripulantes era imprescindible porque, además de atender a las velas, se necesitaban equipos de ocho a doce hombres para operar cada cañón. Por una mera cuestión de alto índice de mortalidad, los buques de la Armada debían llevar muchos más tripulantes de los necesarios. Acciones tan habituales como dormir, toser o estornudar con una distancia de unos treinta y cinco centímetros entre unos y otros, que era la distancia típica entre camastros, fomentaba el contagio de todo tipo de enfermedades infecciosas.

Por lo general, la dieta de los marineros era asombrosamente parecida entre los distintos países, ya que no hacía más que reflejar los productos que se podían conservar durante más tiempo. A partir de 1757, la Armada Británica empezó a suministrar una sustancia vital e innovadora, llamada sopa portátil. Se trataba de una sopa deshidratada, preparada con todos los despojos de los bueyes sacrificados en Londres para el uso de la Armada, aderezados con sal y combinados con algunas verduras. Se podía conservar durante años. Hasta entonces, el menú a bordo consistía en ingentes cantidades de carne salada de ternera y cerdo, salazones de pescado, barriles de cerveza inglesa y ron de las Antillas, descomunales sacos de lona llenos de harina, guisantes secos y avena, enormes quesos, grandes pastillas de mantequilla, barriles de melaza y una cantidad formidable de galleta seca y pan bizcochado. Uno de los pocos alimentos especiales, muy apreciado por los marineros, era el poso grasiento que quedaba en el fondo de la cacerola después de hervir la carne salada. Desgraciadamente y a pesar de su elevado contenido calórico, la pasta impedía la correcta absorción de los nutrientes de los demás alimentos, ya que el acetato de cobre de las ollas se disolvía en la misma grasa.

Desgraciadamente, tras una estancia prolongada en alta mar, las provisiones empezaban a pudrirse irremediablemente, en parte debido a que se almacenaban en lugares húmedos. Gracias al suministro constante de comida en malas condiciones, las ratas engordaban y llegaban a estar tan rellenas como conejos pequeños. Tras varios meses de consumir raciones marítimas, para muchos marineros las ratas eran la única fuente de carne fresca en el barco.


Antes de consumirse, la carne se lavaba en el mar durante medio día para eliminar el exceso de sal. Los marineros se quemaban la boca con esta sal y sentían aún más sed, agotando rápidamente sus escasas raciones de agua potable. A menudo, en vez de beber agua, apagaban la sed con cerveza, grog o vino. Para alivio de los marineros, a finales del siglo XVIII se extendió la costumbre de repartir también té y una bebida de cacao. Pero incluso hasta el agua dulce se emponzoñaba tarde o temprano, de modo que la bebida habitual a bordo era el alcohol: al principio del viaje se consumía cerveza, hasta que se echara a perder; a continuación bebían vino rebajado con agua a o bebidas alcohólicas más fuertes, también rebajadas. El alcoholismo era endémico entre tripulantes y oficiales por igual y era habitual que los médicos tuvieran que atender las fracturas de huesos de los marineros que se habían caído de la jarcia, borrachos. Tras algunos meses de sobrevivir a base de galletas podridas e infestadas de gusanos, agua salada y malsana, queso mohoso, avena plagada de cucarachas y cerveza pasada, los tripulantes quedaban debilitados y vulnerables a toda una gama de enfermedades. Cada elemento de sus condiciones de vida y trabajo contribuía a la peor de todas las enfermedades marítimas: el temido escorbuto.

Las especias no sólo eran un producto preciado por su capacidad de preservar la carne o de ocultar el hedor de una carne pasada, sino que a ciertas especias como la nuez moscada y el clavo se les atribuían propiedades curativas, para remediar varias enfermedades que asolaban Europa. El valor de algunas especias era superior al del oro y este valor servía de inspiración para muchos marineros que arriesgaban sus vidas al navegar hacia lo desconocido.


En cambio, los oficiales no solían caer víctimas del escorbuto con la misma virulencia y era común entre muchos de ellos la opinión de que se trataba de una dolencia característica de las clases bajas. El capitán y los oficiales vivían en condiciones algo más salubres y menos hacinadas. Siempre llevaban una reserva de sus propios alimentos, que solían incluir frutas y verduras frescas, tanto deshidratadas como en escabeche.

A medida que se construían naves cada vez más grandes, se realizaban viajes más largos y aumentaba el tráfico marítimo, el escorbuto era un problema que empeoraba progresivamente, a pesar de contar con un historial que ya era extenso y maligno, desde antes de la era de los grandes veleros.

El registro anual de 1763 presentó las bajas entre los marineros británicos durante la Guerra de los Siete Años contra Francia: de los 184.899 hombres enrolados y reclutados para la guerra, 133.708 habían fallecido de diversas enfermedades, principalmente de escorbuto. En comparación, sólo 1.512 hombres murieron en acción.

El primer comandante naval en regresar de un largo viaje con la noticia de que el terrible mal no había logrado diezmar su tripulación fue el célebre capitán de navío James Cook, quien en 1770 pudo aprovechar el gran esfuerzo realizado por el Ministerio Británico de la Marina. No sólo se le proporcionaron todos los remedios conocidos hasta entonces para terminar con el escorbuto, sino que le ordenaron que no escatimara esfuerzos ni recursos en hacer lo que fuera necesario para derrotar de una vez por todas a la enfermedad. Sin embargo, la historia de la exploración y la expansión naval europea es la historia del escorbuto y ninguna de las grandes expediciones se libró de él, de una manera u otra. Los armadores y los gobiernos calculaban que en cualquier gran viaje  aquél causaría una mortandad del cincuenta por ciento entre los marineros. De hecho, así había sucedido, entre otras, a la expedición del mismísimo Fernando de Magallanes, entre los años 1519 y 1522. Del total de 216 miembros de la expedición, tan sólo sobrevivieron un barco y dieciocho hombres, que arribaron a puerto maltrechos y con una terrible historia de sufrimiento y desventura (Magallanes había fallecido en las Filipinas en 1521). El escorbuto había sido el peor asesino, dando cuenta de la mitad de la tripulación durante dos grandes brotes, uno en el océano Pacífico y otro en el Índico, ambos declarados a bordo cuando se encontraban lejos de tierra y llevaban mucho tiempo en alta mar.

En la actualidad, con los conocimientos de que disponemos, resultaría verdaderamente muy poco habitual que una persona estuviera aquejada de un cuadro de escorbuto, pero en el remoto caso de que llegara a suceder, el remedio sería evidente, a la par que económico y fácil de obtener y los síntomas se identificarían enseguida: las encías de los marineros se inflamaban tanto que llegaban a cubrir tanto los dientes superiores como los inferiores, de modo que los enfermos no eran siquiera capaces de comer y acababan muriendo de hambre.

Sus encías estaban podridas hasta las raíces de sus dientes y sus mejillas estaban duras e hinchadas; los dientes estaban a punto de caerse… y su aliento desprendía un hedor espantoso. Las piernas estaban tan débiles que no eran capaces de transportar sus propios cuerpos. Estaban aquejados de múltiples dolores y achaques, llenos de manchas azuladas y rojizas, algunas grandes y otras del tamaño de una mordedura de pulga.. Sin embargo, no siempre fue así.


En efecto, ya en 1586, Thomas Cavendish había llegado a asegurar que el escorbuto era una infección de la sangre y del hígado. El marinero francés François Pyrard escribió en 1603 que la enfermedad se contagiaba muy fácilmente, incluso al acercarse o respirar el aliento de otro. Un médico francés llamado Lescarbot teorizó en el año 1605 que la enfermedad se debía a la mala calidad del aire, la gran podredumbre de la madera y una indigestión de carnes pasadas, frías y dañinas. De vez en cuando se ponía de moda la idea de que las causas del mal se debían a la alimentación, pero esta teoría pronto quedaba sepultada bajo un alud de otras, a cual más alejada de la realidad. En 1712 John White afirmaba algo que hoy día nos parece inaudito: que la fruta fresca era una causa directa de la inflamación del intestino delgado. White declaró que al llegar a países en los que abundasen las naranjas, los limones, las piñas, etc. convendría asegurarse de que los tripulantes consumiesen la menor cantidad posible de estas frutas ya que, según él, eran la causa más habitual de las fiebres y la obstrucción de los órganos vitales. Aún en 1736 el médico y cirujano naval William Cockburn aseguraba en una influyente obra sobre enfermedades navales que el escorbuto no tenía nada que ver con la alimentación sino con la indolencia, que impedía una correcta digestión y provocaba la aparición de la temida enfermedad.

A toda esta confusión reinante, contribuía sin duda de forma evidente el hecho de que, de cuando en cuando, de manera inesperada, el escorbuto no se cobraba sus víctimas. Por increíble que pudiera parecer, algunos pacientes desahuciados por la opinión médica y el sentido común se recuperaban o eran curados de forma totalmente fortuita, como un marinero que se sometió en 1596 al tratamiento del médico inglés William Clowes. Clowes ofreció al marinero una taza de cerveza enriquecida con pimienta, canela, jengibre, berros, coclearia y otras hierbas. Fueron los berros y la coclearia los responsables de la curación, aunque nunca llegó a averiguarlo. El ingrediente clave del remedio, como hoy es bien conocido, el ácido ascórbico o vitamina C, era del todo invisible a los ojos de aquellos cirujanos, médicos y científicos.


Los seres humanos necesitamos ácido ascórbico para crear y mantener una importante enzima llamada prolil hidroxilasa. Sin esta enzima, el cuerpo es incapaz de producir la proteína colágeno, un cemento vital para la conectividad interna de los tejidos, los huesos y la dentina de los dientes. Cuando sufrimos una herida, el colágeno actúa como el mortero que reconecta los tejidos rotos y los huesos fracturados. Un defecto del mismo permite que se despeguen las paredes de los vasos capilares, que se deshaga el tejido óseo y se desintegren las encías. La dentina es una sustancia de la raíz de nuestros dientes que también se degenera sin ácido ascórbico, provocando que los dientes se aflojen y en última instancia se caigan. Sólo las cobayas, ciertas especies de primates y algunos murciélagos muestran la misma incapacidad de los humanos para producir internamente el ácido ascórbico. La mayoría de los animales producen su propia dosis y son inmunes al escorbuto... (continuará)


miércoles, 8 de octubre de 2014

(Una) termodinámica del Infierno (3ª parte)

Reacciones: 
Y como lo prometido es deuda, más aún cuando se está hablando de las Sagradas Escrituras, pasaré a continuación a desvelar el final de esta trilogía que tan ocupado me ha tenido en las últimas dos semanas.

Hasta ahora he venido siguiendo un procedimiento científico, basado en datos o indicios extraídos directamente de algunos pasajes de la Biblia. En el primer post de los tres que componen esta magna obra, el modelo propuesto era más tosco, lo cual conducía a la conclusión de que la temperatura del Cielo era claramente superior a la del Infierno. Posteriormente, con ayuda de un modelo algo más sofisticado, en el segundo post llegamos a una conclusión totalmente opuesta. En este caso, era el Infierno el que se mostraba bastante más calentito que el Cielo. ¿Qué demostraba todo lo anterior? ¿Estábamos aplicando de forma correcta las leyes físicas? ¿Dónde nos estábamos equivocando?

Aunque os podríais entretener un buen rato en intentar contestar a las cuestiones previas, yo os daré mi respuesta: ni os molestéis, hemos estado todo el tiempo discutiendo estupideces sin sentido, chorradas, pamplinas. Estudiar física utilizando las palabras de la Biblia como disculpa es un entretenimiento completamente ocioso y no persigue otra cosa que la pura diversión, una mera masturbación mental sin ningún propósito eyaculador. Así pues, espero que de este acto soez no brote vástago alguno.

Por otro lado, como el fo… y el cantar todo es empezar, creo que le he cogido el gusto a esta sodomía descontrolada y continuaré aún un día más con ella. De esta forma, si queréis seguir jugando conmigo a esta cochinada os propongo a continuación la siguiente pregunta: ¿Es el Infierno endotérmico o exotérmico?

Como quizá algunos de vosotros no estéis duchos en el lenguaje pornodinámico, os diré que la pregunta anterior hace referencia a si en el Infierno tienen lugar reacciones en las que éste acaba absorbiendo calor o, por el contrario, desprendiéndolo. En el primer caso, significaría que la temperatura aumentaría continuamente hasta que el mismísimo Infierno explotase haciéndose añicos, cosa nada deseable ya que la ilusión de mi vida es ver consumido por las llamas abrasadoras a más de uno de esos que se han condenado para siempre al cometer ese pecado capital llamado Plan Bolonia. En el otro extremo, en el hipotético caso de que el Averno se comportase exotérmicamente, el destino de tan deseable lugar sería el frío más helador. Sí, ya sé que también se puede desear el fenecimiento de los malvados por congelación, pero suele ser menos dolorosa, te vas quedando somnoliento y puede ser hasta placentero. Prefiero que se abrasen.


Bien, discutiré muy brevemente las condiciones que hacen que se puedan dar cada una de las dos condiciones anteriormente expuestas. Para ello, de nuevo es preciso hacer algunas suposiciones razonables. En primer lugar, admitiré que las almas tienen masa o peso, ya sabéis, al menos 21 gramos. En segundo lugar, una vez que un alma ha ido a parar al Infierno, ya nunca más lo abandona, no tiene ninguna posibilidad de salir de allí, ni siquiera la ínfima probabilidad que le otorgaría el principio de incertidumbre de Heisenberg. Por último, y dado que hay varias religiones en el mundo que afirman que todo aquel que no pertenezca a dicha religión está condenado sin remedio a las llamas de las calderas de Pedro Botero, supondré que todo el mundo acaba allí, ya que no tengo ningún motivo para afirmar que una religión tiene más razón que otra. De esta manera, como todo el mundo acaba fiambre antes o después, afirmo sin duda alguna que el Infierno irá aumentando exponencialmente su población.

Ahora bien, acudiendo una vez más al modelo del gas ideal, y manteniendo la idea de que el Averno se encuentra a una presión y una temperatura constantes, por fuerza debe mantenerse asimismo constante el cociente entre el peso de las almas y el volumen disponible. Si esto no sucediese, volveríamos a las conclusiones expuestas en el cuarto párrafo. Efectivamente, sea por un momento mayor el número de almas que entran en el recinto que el ritmo al que se expande y, consecuentemente, se incrementa el volumen o espacio requerido para “acomodarlas” (si es que se puede estar cómodo en un sitio como el Infierno, jijijiji…). En esta situación, ambas temperatura y presión comenzarían a aumentar, aumentar y aumentar como si no hubiese un mañana y el mismísimo Infierno se convertiría en un ídem, despedazándose por completo. En el reverso de la moneda, estaría el caso en que el ritmo de expansión superase al aumento en el número de almas nuevas que ingresasen en las filas de Lucifer. Esta situación conduciría irremediablemente a un descenso continuo en la presión y temperatura, generándose una nevera de proporciones bíblicas.



CONCLUSIÓN FINAL: Extraedla vosotros mismos. Y ya sabéis, ante todo sed científicos. Si no os creéis nada de todo lo que aquí se refiere, siempre podéis iros al Infierno, eso sí armados con un buen termómetro.



Fuente original de la trilogía: Heaven is Hotter than Hell. Los chistes, chanzas y anormalidades son míos.