El complejo de Copérnico (reseña)

Este libro de Caleb Scharf, director del departamento de astrobiología de la Universidad de Columbia y destacado colaborador de revistas como Science o Nature y canales de televisión como Discovery, plantea una pregunta clave desde el punto de vista filosófico-científico: ¿cuál es la relevancia del ser humano en el universo? Sin embargo, El complejo de Copérnico no es un libro de filosofía. La pregunta le sirve a su autor como excusa para hablar, sobre todo, de ciencia.

La mayor parte del texto, recientemente editado en español por Biblioteca Buridán, trata de cómo podemos llegar a responder a la pregunta anterior, de cómo nuestra búsqueda para entender cuál es nuestra relevancia cósmica está haciendo progresos prácticos que ponen en entredicho tantas ideas preconcebidas y tantas presunciones. Entre estas ideas destacan dos: el principio copernicano y el principio antrópico. El primer principio defiende la mediocridad o nula relevancia del ser humano en el universo, situándolo en un planeta normal que orbita una estrella normal en una galaxia normal. El segundo principio afirma todo lo contrario, es decir, somos especiales y nuestra existencia tan solo se puede explicar por una especie de "ajuste fino" de ciertos parámetros y fuerzas físicas: la proporción entre la fuerza gravitatoria y la eléctrica; el porcentaje de materia convertida en energía por la fusión nuclear en el interior de las estrellas; la densidad de materia normal en el universo; etc. Si queremos encontrar una respuesta satisfactoria a nuestra relevancia cósmica, Scharf aboga por buscar un camino entre las dos suposiciones anteriores (medianía y ajuste fino).

Pero, como ya he dicho, El complejo de Copérnico no es un libro propiamente de filosofía sino más bien de ciencia. No trata únicamente de saber si somos relevantes emocionalmente o filosóficamente, sino de forma objetiva y cuantitativa, con hechos y cifras, mirando hacia el tiempo y el espacio cósmicos o incluso hacia el microcosmos que nos rodea. Así, el autor nos lleva a lo largo del libro por un sendero en el que se pregunta por la historia de otros planetas, otros mundos en torno a otros soles de nuestra galaxia y más allá de ella. ¿Qué nos dicen la astrofísica moderna o la astrobiología acerca de nuestra mediocridad o relevancia cósmica?

Los descubrimientos más recientes de exoplanetas más allá del Sistema Solar no parecen tener un impacto simple porque, sorprendentemente, parecen reforzar al mismo tiempo tanto el punto de vista copernicano de mediocridad como el de que hay algo poco corriente y especial en nuestras circunstancias humanas. Hemos hallado una diversidad tan grande de mundos alienígenas que se nos plantean serias dudas acerca de cómo debemos cuantificar nuestra mediocridad cósmica. De hecho, nuestro sistema solar parece poseer características muy especiales entre otros sistemas solares asimismo muy especiales. Entre estos aspectos distintivos se encuentran, por citar solamente un par de ellos, la clase especial de nuestro Sol, que no figura entre los tipos más habituales de estrellas, o la elipticidad pequeña y poco común de las órbitas de nuestros planetas, todas ellas muy próximas a ser circunferencias.

Pero hay mucho más. Nuestro estudio de la cuestión no estaría completo si no somos conscientes plenamente de que es necesario incluir el paso del tiempo y la posibilidad del cambio en nuestra ecuación de la relevancia cósmica. A este respecto, la ciencia del caos también tiene algo que aportar. Descubrimientos recientes parecen predecir que nuestro sistema solar podría en un futuro comportarse de forma caótica, lo que conduciría a diferentes escenarios, algunos de ellos apocalípticos. Por otro lado, estos mismos estudios indican que nuestro sistema solar no se encuentra entre los sistemas planetarios que fueran particularmente caóticos en el pasado y ni siquiera los planetas de nuestro sistema solar parecen ser los tipos más comunes de planetas que pueblan nuestra galaxia, ni en tamaño ni en masa.

Otra cuestión decisiva es la que tiene que ver con la vida y, en concreto, con la química. La ubicuidad de la química del carbono en el cosmos que conocemos elimina cualquier gran sorpresa acerca de la propia bioquímica que poseemos en la Tierra. No poseemos una química especial los seres humanos, sino una parte de la química más variada y dominante de todo el universo. El mundo biológico-químico nos sitúa frente a frente con el que posiblemente puede ser el más grande de los retos a los que nos enfrentamos como especie si es que pretendemos averiguar cuál es nuestra relevancia cósmica: ¿estamos solos en el universo?

No sabemos cómo comenzó la vida en nuestro planeta, no sabemos si comenzó independientemente más de una vez o si lo hizo en algún otro exoplaneta. Algunos descubrimientos llevados a cabo en los últimos años y teorías propuestas sugieren que la vida podría fácilmente ser común y corriente; en cambio, otros sugieren todo lo contrario. Todo ello nos dice, sin lugar a dudas, que ahora mismo, en este preciso espacio-tiempo, nos falta información y que no hemos conseguido relacionar de una manera cuantitativa cuanto sabemos con el hecho de nuestra misma existencia. Más aún, ni siquiera tenemos la seguridad de que el universo que observamos hoy nos pueda contar la historia completa. Podríamos muy bien estar existiendo en el único período cósmico en el que la naturaleza del universo pueda inferirse a partir de observaciones de la realidad que nos rodea. Tanto es así que si hubiésemos existido hace 10.000 millones de años habríamos tenido muchas dificultades para detectar la emergencia de la energía oscura, por ejemplo, ya que apenas se habría manifestado como lo hace en la actualidad. Dentro de otros 100.000 millones de años, unos hipotéticos observadores del cosmos futuro decidirán con toda probabilidad que habitan en un universo completamente estático. ¿Y si en realidad nosotros fuésemos como ellos y nuestra visión de la realidad estuviese oscurecida por la propia naturaleza del universo? ¿Somos especiales o no, relevantes o mediocres?

El complejo de Copérnico finaliza proponiendo una nueva idea científica con respecto a nuestro lugar y relevancia en el cosmos, la que Caleb Scharf denomina principio cosmocaótico, alejado a partes iguales del principio copernicano y del antrópico, a medio camino entre el orden y el caos. Afirma que el lugar que ocupamos en el universo es especial pero no excesivamente importante; también es único pero no constituye en absoluto una excepción. Podríamos perfectamente ser seres especiales pero, al mismo tiempo, encontrarnos rodeados por infinidad de otras formas de vida de similar o superior complejidad, tan especiales o más que nosotros. Seguiremos buscando...


¡Que no te la chupen... demasiado!

No se reflejan en los espejos, retroceden aterrorizados ante el ajo o la visión de un crucifijo, no soportan la luz solar y únicamente se puede acabar con ellos clavándoles una estaca en el corazón o decapitándolos. Así son, poco más o menos, los vampiros, esas criaturas desdichadas condenadas a vagar eternamente mientras se alimentan de sangre humana, preferentemente. Más aún, poseen la capacidad de "transformar" en vampiro a todo aquel del que se nutren, siempre que no le quiten la vida a causa de un frenesí desbocado durante el proceso de succión. Pero, reflexionemos por un momento: ¿cómo puede suceder esto?

Es bien conocido por los médicos el denominado "shock hipovolémico", una afección muy grave que tiene lugar como consecuencia de una pérdida masiva de sangre (alrededor del 20 % del volumen total en el cuerpo humano, lo que equivale a un litro, aproximadamente) y que incluso puede provocar la muerte. En esta situación el corazón se muestra incapaz de bombear el líquido en la cantidad suficiente para que se puedan llevar a cabo las funciones vitales y muchos órganos pueden incluso dejar de funcionar. Los síntomas más comunes, cuya gravedad aumenta con la rapidez de la pérdida de sangre, incluyen desde presión arterial baja, palidez, sudoración, temperatura corporal baja, pulso débil hasta pérdida del conocimiento. La forma de proceder ante tal situación consiste en administrar sangre inmediatamente, así como medicamentos tales como la dopamina o la norepinefrina que vuelvan a incrementar la presión arterial y la cantidad de sangre bombeada por el corazón. Parece lógico pensar, pues, que si un vampiro atacase a su víctima y quisiese terminar con ella, no tendría más que prolongar su terrible mordisco durante el tiempo necesario para producirle un shock hipovolémico. ¿Cuánto tiempo de vida le quedaría al desdichado objeto de su oscuro deseo?

Veamos, la cuestión anterior se puede responder de una forma aproximada empleando algunos conceptos bastante elementales de física de fluidos como la que se puede estudiar en un primer curso de universidad (de hecho, yo mismo lo hago cada año con mis estudiantes del grado en Biología). Para ello necesitamos saber que la arteria aorta, a su salida del corazón, se divide en cinco arterias secundarias, siendo una de ellas la carótida común, la cual se bifurca, a su vez, en otras dos denominadas carótida interna y carótida externa, respectivamente. Esta última es la que suelen perforar las criaturas de la noche cuando muerden a sus víctimas.


Los físicos conocemos con el rimbombante nombre de "ecuación de continuidad" a una expreión matemática extremadamente sencilla que expresa una cosa muy lógica y que cualquiera puede entender sin dificultad, esto es, que el volumen de un líquido que circula por unidad de tiempo a lo largo de un tubo que se ensancha, se estrecha o se ramifica en otros, se mantiene constante. La consecuencia inmediata de esto es que la velocidad a la que viaja el líquido debe modificarse. Pensad por un momento en una manguera de esas con las que se riegan los jardines, por ejemplo. Abrís el grifo y empieza a circular el agua por ella. Si colocáis un dedo en la boquilla (estrechando el conducto por el que circula el agua) ¿no veis que el agua sale a mucha mayor velocidad? Pues eso es justamente la prueba empírica de la ecuación de continuidad. ¿Lo pilláis? La velocidad del fluido aumenta cuando el conducto se estrecha, mientras que disminuye cuando el conducto se ensancha. Matemáticamente, lo anterior se expresa escribiendo que el producto del área de la sección transversal que atraviesa el fluido (la de la manguera, por ejemplo) por la velocidad de éste se mantiene constante. Así, si en la sección ancha el área es A y la velocidad del fluido es v, mientras que en la sección estrecha el área es A' y la velocidad del fluido es v', entonces la ecuación de continuidad se escribe así:

A v = A' v'

Bien, ya estamos en condiciones de volver a nuestra querida arteria aorta. Habíamos quedado en que ésta se ramificaba en otras cinco. Lo único que necesitamos conocer es el tamaño de cada uno de estos conductos, así como la velocidad de la sangre cuando fluye por la aorta. Dicha información se encuentra disponible en la literatura del tema. Sin más que consultar cualquier texto básico de biofísica o medicina, enseguida se puede averiguar que la aorta tiene unos 4 cm de diámetro (aunque conviene señalar que sus dimensiones suelen variar con el sexo y la edad de los individuos, siendo algo mayor en los hombres, de entre 3,8 y 4,3 cm, que en las mujeres, de entre 3,5 y 4 cm, y ensanchándose ligeramente a medida que envejecemos). Asimismo, no resulta descabellado suponer que las cinco arterias secundarias poseen unos diámetros más o menos iguales todos de unos 0,5-0,6 cm cada uno. Por último, la velocidad a la que sale la sangre del corazón y, por tanto, circula por la aorta es de, aproximadamente, 12 cm/s. Aplicando, a continuación, la ecuación de continuidad, se obtiene rápidamente que la velocidad a la que debe viajar la sangre por la carótida común es de 128 cm/s. Conviene señalar que es preciso introducir un factor 5 en el segundo miembro de la ecuación para dar cuenta de los cinco conductos secundarios en los que se divide la aorta.


Ya tenemos, pues, la sangre circulando por la carótida común. Ahora, este conducto se bifurca en otros dos (las carótidas interna y externa, como ya os dije más arriba), cada uno de ellos con un diámetro también de 0,5 cm. Una vez más, la ecuación de continuidad nos permite deducir que la velocidad de la sangre por la carótida externa será la mitad del valor obtenido hace un momento para la carótida común, esto es, 64 cm/s.

En este preciso momento del cálculo es cuando el vampiro asesta su mordisco a la víctima. Para ello, lo que hace es practicar dos pequeños orificios por los que manará la sangre. Sabiendo el diámetro de los colmillos, admitiré que coincide con el del orificio practicado en el cuello, entre 0,5 mm y 1 mm. La velocidad con la que la sangre entrará en la boca de la diabólica criatura de la noche dependerá tanto del valor de su densidad, unos 1056 kg/m3, como del valor de la presión manométrica de la sangre en el interior de la arteria, unos 100 mm de Hg. Así, utilizando la ecuación de Bernoulli, la velocidad buscada asciende nada menos que hasta los 5,1 metros por segundo (esto son 18 km/h, ¿entendéis ahora esas escenas en películas "gore", con esos surtidores salpicando por todos lados?). Con ayuda de este dato se llega, ¡por última vez!, con ayuda de la ecuación de continuidad, a que el volumen sanguíneo que sale por la carótida externa es de 0,12 litros por minuto cuando los orificios dejados por los colmillos del vampiro son de 0,5 mm de diámetro, y de 0,48 litros por minuto cuando son de 1 mm de diámetro.


Resta tan sólo un último paso para responder a la pregunta que nos habíamos planteado al principio: ¿cuál es el tiempo mínimo para entrar en shock hipovolémico? Nada más fácil, ya que conociendo la velocidad a la que sale la sangre por los orificios practicados en la carótida externa, únicamente hay que calcular el tiempo que emplearía un litro en abandonar el cuerpo (el 20 % del volumen total de sangre corporal). Así, en el primer caso referido en la última línea del párrafo precedente, dicho tiempo ascendería a 8 minutos y 20 segundos; en el segundo caso la desafortunada víctima tan sólo dispondría de 2 minutos y 5 segundos. Obviamente, estos tiempos podrían verse drásticamente reducidos, a  su vez, si el vampiro succionase, ya que en todo el cálculo he supuesto que la sangre mana libremente de las heridas a causa de la diferencia entre la presión de la sangre en el interior de la arteria y la presión atmosférica en el exterior del cuerpo humano, es decir, que el vampiro tan sólo se limita a beber, sin chupar. Si esta diferencia de presiones se modificase de alguna forma (y esto es lo que hace, justamente, el vampiro al succionar) la sangre podría fluir más rápidamente hacia el exterior, lo que reduciría, en consecuencia, el tiempo de la hemorragia. Apartaos de los senderos oscuros y solitarios, evitad la noche y, sobre todo, llevad siempre con vosotros un crucifijo, si no disponéis de un buen cronómetro... ¡¡¡¡Muajajajajaja!!!!


Fuente original:
M. Sadhra, H. Samaratunga, H. S. Ahmed, and L. Tonks, The Draining of a Lifetime Journal of Physics Special Topics, Vol. 14, No. 1 (2015)


"De Frankenstein a The Martian": conferencia en Desgranando Ciencia 3 (Granada)

El pasado 16 de abril tuve el enorme privilegio de asistir como ponente al evento de divulgación Desgranando Ciencia, que tuvo lugar en la preciosa ciudad andaluza de Granada. En esta ocasión se trataba de su tercera edición y los organizadores, encabezados por mi querida Rosa Porcel (@bioamara), ya habían intentado, sin mucho éxito (por culpa mía, lo confieso) "ficharme" en más de una ocasión. Así que, por fin, a la tercera fue la vencida. ¡¡Muchas gracias, Rosa!! Por confiar en mí y por devolverme al mundo de las charlas después de tanto tiempo. Te debo una...

El fin de semana que pasé en Granada, en compañía de viejos conocidos, amigos y divulgadores, fue sencillamente maravilloso y me devolvió unas sensaciones que hacía mucho tiempo creía perdidas. Pude compartir grandes momentos, durante las comidas, charlando, asistiendo a charlas sencillamente magistrales. Con todo ello disfruté enormemente. Como tengo un miedo enorme de olvidarme a alguien, no nombraré a nadie, pues no me lo podría perdonar. Sin embargo, haré tan sólo una única excepción, y es que ¡finalmente! pude conocer personalmente a alguien muy especial en mi vida en los últimos años, especialmente en unos momentos en que mi vida daba tumbos sin control. Estoy hablando de Laura Morrón (@lauramorron). A Laura me la encontré mientras hacíamos "checking" en el hotel a nuestra llegada a Granada el viernes. Se giró, me miró, puso cara de haber visto a un fantasma y se abalanzó sobre mí, dándome un abrazo que nunca podré olvidar mientras viva. ¡Gracias, Laura! Todo lo que vino después, por muy grande que fuese, no lo superó.

Pero el verdadero motivo de este breve post no es contaros lo bien que me lo pasé en Granada, ni hablaros de las maravillosas personas con las que pude disfrutar (ellas ya saben que las quiero y mucho, ¿verdad, Natalia (@bynzelman)), ni el tremendo efecto terapéutico que tuvo en mí asistir a unas jornadas de divulgación, después de casi 3 años sin hacerlo. No, el propósito de este post, como digo, es ofreceros el vídeo de la charla que tuve la suerte y el honor de impartir. Y eso que me pasé del tiempo muy sobradamente, con la complicidad de Rosa, una vez más, que se apiadó de este impresentable que os habla. ¡Gracias otra vez, Rosa!

En fin, que aquí os dejo "De Frankenstein a The Martian", una charla que tenía muchas ganas de contar y que muy probablemente sorprenderá a más de una/o. Para bien o para mal. Si disponéis de 22 minutos, espero que os guste.





Vamos a comprar mentiras (reseña)

Si a estas alturas os tengo que presentar a José Manuel López Nicolás, una de dos: o bien es que estáis en un apuro y esto de la divulgación de la ciencia no es lo vuestro o, peor aún, lleváis muy poco tiempo leyéndome (tanto aquí en mi blog como en Twitter). Porque sí, porque Jose (así es como él se hace llamar, sin la horrible tilde diacrítica) es mi amigo, mi hermano del alma, pero, por encima de todo, porque Jose es un divulgador como la copa de un pino, tanto a través de su inmenso blog SCIENTIA, como en sus charlas por toda España, por la prensa y, ahora por fin, con su primer libro de divulgación: Vamos a comprar mentiras, editado por Ediciones Cálamo.

Veréis, esta no es una reseña cualquiera, no, ni mucho menos. ¿Por qué? Pues por una sencilla razón, aparte de la sentimental que me une con el autor del libro que hoy os traigo. Vamos a comprar mentiras es un libro muy especial para mí porque tuve el enorme privilegio de poder leerlo cuando aún estaba sin publicar, cuando ni siquiera tenía editorial que se hiciese cargo de su edición. Jose me había hablado largo y tendido de los problemas por los que había pasado con el manuscrito original y yo siempre le animé a que intentase por todos los medios encontrar una editorial. El material era demasiado bueno como para perderse.

Cuando por fin, tras muchos dimes y diretes (él lo sabe y yo también) la obra vio la luz el mes pasado, sentí que un sueño se había hecho realidad porque los sueños de mis amigos también son mis sueños. Sentí una especie de relax infinito, casi como si yo mismo fuese el autor. Entonces, Jose me hizo uno de los mejores regalos que se pueden hacer, una copia dedicada y firmada personalmente solo para mí. ¡Gracias, Jose! La guardaré como oro en paño, casi como si fuese el Anillo Único, tú ya me entiendes, ¿verdad?

Después de esta introducción necesaria pero no por ello menos sincera, voy con lo verdaderamente importante, que es lo que uno halla en cuanto abre el libro por la primera página. Se encuentra con 16 capítulos a cual más imprescindible, cada uno de ellos dedicado a un tema de absoluta necesidad, tanto para una persona que lo quiera leer como mero consumidor de productos de alimentación y cosmética, como para alguien que, además, esté interesado en la ciencia que hay tras estos productos, que no es poca. Vamos a comprar mentiras hará las delicias de cualesquiera de estas personas porque mezcla ambas vertientes a partes iguales. Pero no acaban ahí las virtudes del libro porque la maestría con la que Jose cuenta las cosas "a su estilo" es fresca, directa, sin tapujos, con su sentido del humor único, con una claridad y sencillez tan elegantes que más bien parece que estamos leyendo una novela. Y la trama es, en ocasiones, electrizante y te lleva de una página a la siguiente, quieres averiguar más, descubrir qué sucede después, un capítulo tras otro.

Por las 360 páginas de Vamos a comprar mentiras (¿habrá algún otro título que exprese en tan pocas palabras el contenido del mismo?) pasan las grandes mentiras y las triquiñuelas legales que emplean las grandes empresas de alimentación y cosmética para aprovecharse de nosotros, los consumidores; para abusar gracias a los resquicios que les deja la normativa y la legislación vigentes y sacarnos los cuartos mientras nos prometen el elixir de la eterna juventud, el desarrollo de una mente prodigiosa, el cuerpo perfecto y hasta la piedra filosofal si hace falta. Los alimentos funcionales, productos enriquecidos con ingredientes casi milagrosos, los riquísimos (lo reconozco, su sabor me chifla) pero inútiles Actimel-es de Danone, las mil y una leches para niños o adultos, los productos reductores del mal comprendido colesterol, la molesta y flatulenta lactosa, las bebidas energéticas para volar sin alas, los colorantes, los conservantes, los nano-productos, las píldoras adelgazantes que hacen menos milagros que un crucifijo de Jesucristo, las cremas y demás productos de belleza que, de existir realmente y realizar lo que prometen, todas las mujeres serían como Scarlett Johansson y todos los hombres como yo. Todo ello pasa por la mente crítica y la pluma implacable de Jose. No se deja títere con cabeza, aunque una cabeza bien amueblada es lo único que hace falta para desmontar toda la sarta de embustes, mentiras, trucos y prestidigitaciones que las empresas nos tienen preparados una vez sí y otra también para hacernos pagar fortunas por productos que no necesitamos y que podemos suplir perfectamente en la gran mayoría de las ocasiones por otros de fácil acceso y muchísimo más económicos.

En este sentido, el libro de Jose no se limita a enseñar la ciencia relacionada con la alimentación y la cosmética; tampoco a desenmascarar las estratagemas de las empresas para saltarse las leyes. No, va más allá aún y nos educa, nos enseña a tomar nuestras propias decisiones, a hacer nuestras propias elecciones, pero proporcionándonos herramientas científicas (en ocasiones, de simple sentido común) y argumentos basados en evidencias demostrables. Y esto Jose lo hace como nadie... porque no hay nadie como él. Háganse un favor tan grande como el que Jose nos ha hecho a todos escribiendo un libro como este y léanlo. Casi seguro que no se arrepentirán y, si lo hacen, yo personalmente me encargaré de que su autor les devuelva el dinero...


Aproxímate (reseña)

Si no me falla la memoria, éste es el sexto libro que publica Javier Fernández Panadero, todos ellos en la editorial Páginas de Espuma. Son libros absolutamente para todos los públicos, pues Javi ya lo advierte en la portada de cada uno de ellos, donde pone bien visible: LA CIENCIA PARA TODOS.

Hace unos cuantos años, durante unas jornadas a las que asistí como invitado-ponente celebradas en CosmoCaixa-Alcobendas tuve el privilegio de conocer personalmente a Javi. Curiosamente, él también me conocía a mí, aunque fuera de oídas. Se me acercó, se presentó y comimos juntos. Desde entonces, nos queremos, nos respetamos y hemos compartido alguna que otra Fanta, que es la única bebida alcohólica que bebe este profesor de Secundaria, uno de los mejores que conozco, sin duda, y no conozco pocos.

Javi fue el primer autor de libros de ciencia cuya mano estreché, pues yo era un recién aterrizado en este mundillo de la divulgación científica, y me hizo una ilusión enorme. Ha llovido mucho desde entonces y ahora, pasada casi una década, puedo decir que tengo el enorme privilegio de contar con la amistad de no pocos, y de haber leído y disfrutado muchos de sus libros.

Pero no he venido aquí a dejarme seducir por la nostalgia, ni mucho menos. Muy al contrario, me dispongo a reseñar la última joya que ha salido de la pluma de Javi, y antes de comenzar, quiero dejar muy claro que es la mejor (para mi gusto y en mi humilde opinión) de las seis.

Aproxímate es el breve pero conciso título (y no carente de un segundo sentido, no sé si intencionado o no) del libro del que pretendo hablaros a continuación. Para empezar, un detalle menor en apariencia pero que para mí siempre juega un papel decisivo: la portada. La portada de Aproxímate es espectacular, destaca ya a una cierta distancia en la estantería de cualquier expositor de libros y te llama, te invita a "aproximarte". Fue verla por primera vez y decirme: ahí dentro tiene que haber algo especial. Tiene sencillez, un cierto toque naíf y, al mismo tiempo, describe perfectamente lo que incluye en su interior. Un trabajo redondo.

No obstante, lo mejor está dentro, en cuanto abres el libro. Ya en la Introducción, la primera frase es definitoria de cómo Javi entiende la divulgación científica y cuál es su filosofía a la hora de divulgar, de enseñar, de transmitir lo que nos pretende contar. Con su permiso, copio literalmente:

"Si me preguntas cualquier cosa sobre el mundo, mi respuesta será una de estas dos:

1. No lo sé.
2. Depende."

¿Se puede ser más sincero y humilde? Pienso que no y es porque, como él, yo también comulgo con la idea de que es preferible decir que no sabes algo a creer que eres la pera limonera. La ciencia es duda constante y la divulgación de la ciencia es la lucha constante contra la duda del que te escucha y quiere que le expliques, le ayudes a entender, a descubrir, a pensar por sí mismo.

Animar a pensar por uno mismo es el objetivo principal del libro de Javi porque como también él mismo afirma en varios capítulos "una de las cosas que más nos gusta de la ciencia es la libertad para poder construir nuestras propias certezas." Pero no os confundáis, que fomentar e inculcar el pensamiento crítico, el escepticismo en los demás no está al alcance de cualquiera y en esto Javi es un m-a-e-s-t-r-o, con todas las letras. Para ello, se sirve de lo que más atrae la atención y el interés de la gente, y no es otra cosa que los ejemplos cotidianos, los que nos podemos encontrar en tantas y tantas situaciones de nuestras vidas. Y eso es otra de las virtudes de los libros de Javi, que al mismo tiempo que nos enseña ciencia, nos da lecciones de vida. Somos afortunados por tener profesores a tiempo completo como él.

Mientras leía Aproxímate, le iba dando la paliza a Javi por Twitter. El primer día le escribí: "Ya he leído 100 páginas de tu libro". Al día siguiente: "Jefe, 200 páginas liquidadas de tu libro. Mañana liquidao...". Por fin, al tercer día: "Libro terminado, compi. Me ha encantado, de verdad." Y es que es la pura verdad, en tres tardes lo devoré porque es muy ligero, ágil y se lee muy fácil, las explicaciones son muy claras y se siguen sin dificultad. Es ciencia para todos, sin necesidad de conocimientos previos. De hecho, ambos pensamos que el libro sería especialmente conveniente y adecuado para personas de las que odiosamente llamamos "de letras". Porque por las 254 páginas de Aproxímate desfilan invitaciones a construirnos certezas, a medir, a intentar, a probar una y otra vez, cada intento un poco mejor que el anterior, cosas que están al alcance de todos y con las que nos podemos encontrar a diario, tanto en clase como en casa, el supermercado, la urna de las elecciones, la administración de loterías, la cocina o la farmacia y la tienda de electrodomésticos, por citar tan sólo algunos ejemplos.

El libro está dividido en 49 capítulos muy breves, de 4-5 páginas, incluso menos. En cada uno se explica uno o varios conceptos muy sencillos pero de enorme utilidad a la hora de ayudarnos a tomar una decisión fundamentada, razonada, sobre algún asunto que afecta o podría afectarnos en nuestra vida. En este sentido, me han gustado especialmente los dedicados a la cantidad de agua desperdiciada cuando nos cepillamos los dientes o nos duchamos sin mucha atención; el exceso de azúcar en las bebidas refrescantes que ingieren nuestros hijos; el sesgo que se introduce durante los sorteos por la letra del apellido; la improbabilidad de hacerse millonario en los juegos de azar; los ensayos clínicos a doble ciego; el uso malintencionado de las gráficas; el timo de la homeopatía; la eficiencia de los electrodomésticos; los descuentos engañosos de algunos establecimientos con pocos escrúpulos; cómo aproximarnos al número pi sin más que arrojar granos de arroz a un círculo y un cuadrado dibujados en el suelo. Todos y cada uno al alcance de cualquier persona que quiera aprender a pensar como un científico sin querer serlo necesariamente y sin caer en los sesgos cognitivos en que caemos en ocasiones incluso los que nos dedicamos profesionalmente a la ciencia.

En definitiva, un libro para curarse de anumerismo y mimar el sentido común que tan descuidado tenemos en los tiempos que corren. Un libro que puede ser enormemente útil para la gente joven, sobre todo si hacen caso de las pistas, enlaces y reclamos constantes que les deja el autor en todas y cada una de las páginas de Aproxímate. ¡Aproximaos, no tengáis ningún temor! El rey de los popularizadores os mostrará el camino. Esto es auténtica CIENCIA PARA TODOS. 


¿Qué debería conocer toda persona hoy sobre ciencia?

Hace más de 25 años que soy profesor. Aunque no os lo creáis los que no sois profesores, cada día me sigo sorprendiendo con mis estudiantes, tanto para bien como para mal. Me explico.

Si bien es cierto que estar todo el día rodeado de gente joven que comienza a descubrir el mundo de la ciencia resulta enormemente gratificante, que los chavales me sorprenden una y otra vez con sus ocurrencias, sus ideas, las preguntas que me hacen o las sugerencias que me plantean, no deja de serlo también lo perplejo que me quedo en muchas ocasiones, no sé si demasiadas, con la ignorancia que manifiestan sin ningún pudor y con descaro sonrojante para mí y, aparentemente, nada para ellos.

¿A qué me refiero? ¿Estoy equivocado y lo que para mí es una ignorancia imperdonable es perfectamente normal para ellos? ¿El ciudadano promedio (si es que existe tal concepto) pensará igual que ellos o que yo? ¿Se puede llegar a la universidad en semejante estado? Es más, cuando salgan de ella, ¿seguirán igual?

Supongo que no habréis entendido nada de lo que estoy hablando, ¿verdad? Pues bien, os pondré ejemplos concretos, a ver si consigo que captéis lo que quiero decir. Hace unas tres semanas mis estudiantes leyeron un libro de divulgación científica, uno de los diversos trabajos que les propongo a mis alumnos todos los años es la lectura de tres libros a razón de uno por mes que dura la asignatura de Física que imparto en el primer curso del Grado en Biología. El libro en cuestión era Orígenes. El universo, la vida, los humanos (lo reseñé hace algún tiempo aquí). De los tres bloques claramente diferenciados de que consta el texto, el primero de ellos está dedicado a la física y en él se tratan asuntos como la cosmología y el origen del universo, la estructura íntima de la materia, la materia y energía oscuras, etc. Al finalizar el plazo de lectura, les hago un pequeño test sobre el libro, con preguntas muy básicas en las que busco información sobre qué han entendido, qué les ha causado mayor y menor dificultad en la lectura, su opinión sobre determinados aspectos o ideas que se reflejen en el texto y, sobre todo, me fijo con gran atención en su forma de expresarse. Pero todo esto no es lo que quiero tratar ahora.





Lo que os quiero contar es que tras revisar atentamente los tests de mis estudiantes (no olvidéis que ya son universitarios, aunque sean de primer curso) me llamó muchísimo la atención que prácticamente más del 90 % de ellos manifestaban las enormes dificultades que habían tenido a la hora de "comprender" el bloque referente a la física y el universo. Se quejaban de que no habían entendido muchos de los términos que aparecían, que no sabían lo que eran los quarks, no les sonaban en absoluto términos como materia oscura, energía oscura, leptones, bariones, hadrones, modelo estándar y un largo etc. No habían disfrutado de esta parte del libro porque, según ellos, debían acudir continuamente a otras fuentes de información (léase Wikipedia, mayormente) para poder proseguir con la lectura y, claro, el ritmo se rompía constantemente, haciendo que algunos de ellos incluso renunciasen y pasasen rápidamente de página. En cambio, el segundo bloque, el referente a la biología era su favorito, a pesar de aparecer en él términos como ADN, ARN, mitocondria, nucleótido, adenina, citosina, guanina, timina, etc. y que no les habían causado ninguna dificultad de comprensión.


Podríais decirme que es lógico el resultado porque a buen seguro me restregaréis por la cara lo que os he dicho, esto es, que son estudiantes del Grado en Biología. Pero insisto en que son estudiantes de primer curso, es decir, acaban de ingresar en la universidad y, por tanto, la base que pueden tener sobre biología es la misma que sobre física: el Bachillerato. ¿Adónde quiero llegar? Parece evidente, ¿no? ¿Por qué les es familiar todo el vocabulario de la biología y no el de la física de hoy?


Pero dejadme que vaya un poco más allá, aunque reconozco que las preguntas que os he planteado, aunque haya sido entre líneas, en los párrafos previos son peliagudas y podrían dar para plantear no poco debate sobre el estado de la educación secundaria en nuestro país y, sobre todo, el de la cultura científica de nuestros jóvenes. Lo que yo quisiera saber es vuestra opinión sobre el asunto de los conocimientos básicos, elementales, obligatorios si queréis, que debería poseer cualquier chaval de hoy al finalizar su educación preuniversitaria. Me refiero en concreto a conocimientos científicos sobre física, química, biología, geología y matemáticas.

Y me interesa tanto porque no os vayáis a pensar que únicamente la lectura de los libros que les propongo a mis alumnos han hecho saltar mi detector de humos personal. Es porque cada día, durante mis clases, surgen media docena de situaciones parecidas. Ayer mismo, mientras estudiábamos la radiactividad, les pregunté quién había descubierto los rayos X. No lo sabía ninguno; el concepto de antipartícula es misterioso, por no decir absolutamente desconocido, para una gran mayoría; lo de E = mc2 les suena pero no saben muy bien lo que quiere decir; y así, día tras día, año tras año.

Voy al grano, entonces, y ya para finalizar. Os propongo una colaboración que consiste en lo siguiente: ¿cuáles creéis que son los conocimientos de ciencia básicos, ineludibles, imprescindibles, obligatorios, que debería poseer cualquier persona que anduviese por la calle hoy en día? Con una selección de las que tengáis a bien sugerirme, os prometo que escribiré un libro dándoles respuestas sencillas y comprensibles por todos. ¡¡Gracias!!

 

Nibiru, el Zodíaco y otros Apocalipsis varios

Hacía mucho tiempo que no me sentaba un domingo por la tarde delante de la televisión a ver una de esas películas de bajo presupuesto, mucha imaginación  y escaso, por ser generoso, bagaje científico. Seguro que sabéis de lo que estoy hablando, ¿verdad?

Pues bien, este domingo por la tarde tuve la suerte de coincidir con uno de esos callos recalentados que pusieron en Cuatro TV. Se titulaba Zodíaco: los signos del Apocalipsis. No me digáis que la cosa no prometía. Si es que no pude resistir la tentación, se me iba el mando a distancia él solito hacia el canal correspondiente.

El argumento era de lo más manido que se pueda uno echar a la cara. Unos arqueólogos descubren en una mina de plomo en Perú una piedra enorme con forma de disco y representados en ella los doce signos del Zodíaco, así como el Sol y las órbitas de nueve planetas a su alrededor. Los signos del Zodíaco giraban con un peculiar mecanismo y la piedra mostraba el camino hacia otra piedra que, al parecer, poseía unas extrañas propiedades "semi-mágicas"... o sin el "semi".

Entre los nueve planetas, al parecer, no se encontraba Plutón y la cosa me sonaba bastante rara porque, según se decía en la película, los creadores del pétreo Zodíaco no habían sido otros que los antiguos sumerios. Suponiendo que estos conociesen los otros ocho planetas de nuestro Sistema Solar, hasta Neptuno, la pregunta era obvia: ¿cuál era el noveno planeta representado? Dejad, dejad, no perdáis el tiempo especulando, yo os lo diré: se trataba nada menos que de Nibiru. Venga, va, podéis echaros unas carcajadas. Espero un rato para que os recuperéis del choque.


Bien, si ya estáis recuperados, continúo un poco más. Resulta, además, que el pedrusco, roca o similar que se encontraba oculto dentro de una especie de gruta secreta a la que daba acceso el mecanismo zodiacal antes aludido, cae en poder de la Agencia de Seguridad Nacional. Con ayuda de unos científicos muy majos y altamente colaboracionistas, descubren que la piedra es sensible a ciertas radiaciones electromagnéticas que, perdonadme pero no fui capaz de entender demasiado bien, emitía el mismo Nibiru, el cual, a su vez, se encontraba en rumbo de colisión con el Sol. Cuando la piedra no estaba encerrada en un contenedor de plomo y captaba las susodichas "señales" de Nibiru, pegaba unos fogonazos terribles que fulminaban a todo aquel que se pusiese a su alcance. Además, el malvado noveno planeta estaba desencadenando, a su vez, toda una serie de catástrofes a nivel global: géiseres de fuego, tornados, lluvias de meteoritos. Pero lo mejor de todo era que estas catástrofes tomaban la forma de los signos del Zodíaco (si no comprendéis el significado pleno de esta última frase, por favor, ved la película; ni yo mismo daba crédito a lo que mis ojos contemplaban con estupor y rubor máximo). Seguro que ahora entendéis por qué los sumerios ocultaron hábilmente la piedra en una mina de plomo. Cucos eran ellos...


Tampoco quiero estropearos del todo el espectáculo, así que mejor no destriparos el final de tan emocionante aventura. En cambio, sí me gustaría aprovechar la pintiparada ocasión que me brinda tan original telefilm para explicaros un poquito alguna sencilla cuestión física que se me planteó a medida que transcurría el metraje. Se trata de la temperatura que podría ir alcanzando el planeta Nibiru a medida que iba acercándose al Sol en su inevitable caída procedente de allende los confines del Sistema Solar.

Veréis, un modelo muy empleado en física cuando hablamos de cuerpos que emiten y/o absorben radiación electromagnética, como puede ser el calor mismo (en forma de radiación infrarroja) es el de cuerpo negro, esto es, una abstracción que consiste en suponer que dicho objeto absorbe toda la radiación que incide sobre él, incluida la luz (de ahí que sea negro). Aunque resulte extraño, dicho cuerpo negro emite radiación, dependiendo de su temperatura, según la conocida ley de Planck. Así, a temperaturas relativamente bajas emitirá radiación infrarroja y a medida que la temperatura aumenta, lo hará con radiación visible, ultravioleta, rayos X y así, sucesivamente.


Pues bien, lo interesante es que tanto los planetas como las estrellas tienen la costumbre de comportarse de forma muy parecida a cuerpos negros. En consecuencia, resulta bastante sencillo calcular cómo varía la temperatura de un planeta en función de su distancia al Sol. El valor que se obtiene para la Tierra es de 17 °C, dato que se acerca mucho a la realidad (tened en cuenta que es un valor promedio) siempre que no se tenga en cuenta el efecto de la atmósfera, la cual tiende siempre a incrementar la temperatura media del planeta debido al efecto invernadero que produce.

Otra conclusión a la que se puede llegar de forma casi elemental es la de que si tomamos como referencia la temperatura de la Tierra en los 17 °C antes aludidos, se puede calcular la temperatura de cualquier otro planeta sin más que conocer su distancia al Sol. Para ello basta dividir la temperatura de la Tierra (eso sí, expresada en kelvin, la unidad de temperatura en el Sistema Internacional de unidades y que resulta ser de 290 K para nuestro planeta: 273 + 17 = 290)  entre la raíz cuadrada de la distancia (expresada en unidades astronómicas o UA, que son la distancia media entre la Tierra y el Sol, equivalente a unos 150 millones de kilómetros). Un planeta que estuviera situado a 2 UA del Sol tendría una temperatura promedio en su superficie de 290/1,4142 = 205 K = - 68 °C; en cambio, otro situado a solamente 100 millones de kilómetros soportaría temperaturas del orden de 290/0,8185 = 354 K = 81 °C. Aplicad lo anterior a Mercurio, cuya distancia media al Sol ronda las 0,39 UA y obtendréis su temperatura teórica: 464 K = 191 °C. Comparadla ahora con el valor conocido que menciona la Wikipedia de 440 K = 167 °C. Evidentemente, las discrepancias vienen de la enorme diferencia entre las temperaturas de la cara iluminada y la oscura de Mercurio. Así y todo, el nivel de acuerdo es sorprendente. Por otro lado, el caso de Venus resulta muy interesante, pues la temperatura predicha es de 342 K = 69 °C y, sin embargo, la real ronda los 737 K = 464 °C. Hoy sabemos que nuestro planeta "gemelo" está rodeado de una espesa cubierta atmosférica constituida en un 96 % por dióxido de carbono, que genera un efecto invernadero desbocado y hace que la temperatura alcanzada sea suficiente para derretir el plomo, cuyo punto de fusión es de 600 K = 327 °C. Sacad vuestras propias conclusiones para el planeta Nibiru que se nos muestra en Zodíaco: los signos del Apocalipsis.


Una última cuestión que queda pendiente es la distancia mínima a la que Nibiru puede acercarse al Sol. Efectivamente, si no quiere ser destrozado y reducido a escombros (antes de ser fundido, por supuesto, debido a las altas temperaturas) debido a que supere el límite de Roche, el acercamiento tendrá un máximo. El límite de Roche es la distancia mínima a la que un satélite puede orbitar a su planeta madre sin verse fragmentado a causa de los efectos de marea (por supuesto, dicha distancia es entre los centros de ambos cuerpos). Dependiendo de las características elásticas del satélite y de las densidades medias tanto del planeta como del susodicho satélite, el límite de Roche suele oscilar entre dos valores, uno máximo y otro mínimo. Por supuesto, quien dice planeta madre y satélite también puede hacer referencia al Sol y un planeta, un planeta y un asteroide, etc., esto es, cualesquiera dos cuerpos que orbiten uno al otro.

En el caso de la Tierra y el Sol, el límite de Roche oscila entre 500.000 km y 1.000.000 km. Esto significa que nuestro planeta se encuentra mucho más lejos de la zona peligrosa. El primer valor (500.000 km) corresponde a un punto en el interior de nuestra estrella, ya que su radio asciende a 700.000 km; en cambio, el segundo valor (1.000.000 km) corresponde a un punto situado a 300.000 km por encima de la superficie solar.


No conocemos ni la densidad media ni las características elásticas de Nibiru pero, admitiendo que fuesen similares a las de la Tierra, los valores obenidos para el límite de Roche del noveno planeta tendrían que coincidir con los de nuestro querido punto azul pálido. No sin antes decir que a 1.000.000 km del Sol (no considero la situación en que Nibiru se encontrase en el interior del Sol, a 500.000 km de éste) su temperatura habría alcanzado los 3552 K = 3.279 °C.  Solamente el elemento tungsteno de la Tabla Periódica posee un punto de fusión superior (3.422 °C).


Antes del alba (reseña)

Nicholas Wade, entre otros muchos méritos, ha sido editor y colaborador de las revistas Nature y Science durante 15 años. En Antes del alba: recuperando la historia perdida de nuestros ancestros  (Biblioteca Buridán, 2015) hace un repaso extraordinariamente ameno y documentado de los orígenes del ser humano, desde que se separó hace 5 millones de años del antepasado común que compartió con los chimpancés.

El libro de Wade está organizado en 12 capítulos que abordan cuestiones tan interesantes como la salida de las primeras poblaciones ancestrales del continente africano, un grupo de seres humanos que probablemente no contaba con más de 150 individuos; su expansión hacia los otros continentes; la evolución de una vida nómada basada en la caza y recolección hacia la agricultura y el asentamiento en pequeños poblados; el origen del lenguaje moderno, hace unos 50.000 años; la socialidad; la aparición de las distintas razas, un concepto que aún suscita debates encendidos entre los expertos. 

Escrito con un lenguaje muy accesible y utilizando únicamente los tecnicismos justos, Wade nos va mostrando con maestría y capacidad divulgadora los avances más recientes en los campos de la  arqueología, la paleontología, la antropología y muy especialmente de la lingüística y la genética. Construye así una historia coherente y consistente con la teoría de la evolución que aporta un gran número de respuestas a temas que van desde la metamorfosis de los simios hasta convertirse en humanos, la pérdida del pelaje, la presencia de presiones evolutivas para la aparición del lenguaje y la más que probable existencia de un gen asociado al mismo, el papel de la agresividad y las guerras en el desarrollo de sociedades curiosamente más pacíficas, el canibalismo, la aparición y evolución de la religión, la privacidad del sexo y su efecto apaciguador de la agresión entre machos hasta llegar al ser humano moderno, sobre quien aún sigue ejerciendo su peso la evolución darwiniana, una fuerza activa y vigorosa. ¿Hacia dónde irá en el futuro? Evidentemente, la genética tiene mucho que decir al respecto; muchas cuestiones ya han sido respondidas y otras muchas permanecen abiertas. Los futuros evolutivos humanos son muchos, sin duda; algunos de ellos serán forjados por el azar y los cambios aleatorios pero otros, a buen seguro, vendrán dados por la propia elección que hagamos. Estamos trabajando en ello...