En este preciso
momento en que me siento a escribir vienen a mi memoria varias películas en las
que se destruye todo un planeta hasta reducirlo a pequeños pedruscos, por no
decir a pura fosfatina. En la primera secuela de El planeta de los simios es
nuestro planeta el que es destruido por una poderosa bomba. También en la
agradable y animada Titán A.E. es la Tierra la que sufre un destino similar a
manos de una raza alienígena. El hogar de nuestro extraterrestre favorito,
Kal-El, el frío mundo de Krypton es aniquilado por su sol, Rao, justo después
de ser enviado por su padre, Jor-El, rumbo al tercer planeta del sistema solar. Los reactores nucleares
en Altair IV, el hogar de los extinguidos krell en la maravillosa Planeta prohibido, son
utilizados para acabar con todo el planeta llevándose consigo al monstruo del
id, el yo subconsciente del profesor Morbius. Y, por último, el planeta
Alderaan, en Star Wars IV, se ve reducido a añicos por la temible Estrella de la
Muerte. Quizá esté último ejemplo, junto con el primero, sean los más
llamativos debido a que solamente se emplea una única arma para acabar con
ellos. Estudiaremos un poco más detenidamente cuáles son los requisitos para liquidar todo un mundo y hacerlo desaparecer en la inmensidad del espacio
infinito.
Cuando se forma
un planeta o cualquier otro cuerpo dotado de una determinada masa se requiere una
cierta cantidad de energía. Análogamente, también ocurre algo similar cuando se desea reunir
en una cierta región del espacio un conjunto de cargas eléctricas, por ejemplo. Imaginad que, en un principio, no existe ninguna carga y traéis hasta ese lugar una.
Evidentemente, no os costará ningún trabajo mientras esa región no esté
influenciada por otras cargas próximas; así pues, no se requiere ningún gasto energético llevar a cabo semejante labor. Sin embargo, cuando ya tenéis situada la primera
carga, si deseáis llevar una segunda hasta sus alrededores, os costará un
cierto esfuerzo que deberéis realizar a costa de un gasto de energía si las dos
cargas tienen el mismo signo ya que ambas tienden a repelerse y “no quieren”
acercarse entre sí. En el caso de que tuviesen cargas opuestas, se requeriría
la misma cantidad de energía, con la salvedad de que en este caso esa energía
“corre por cuenta” de la propia fuerza eléctrica entre ellas. Los físicos hablamos de trabajo negativo o positivo, según el caso. Para entenderlo
mejor: si dejáis caer una bola por una pendiente, la energía gastada para
llegar abajo es la misma que la que se necesita para empujarla hasta el punto
desde donde la dejastéis caer al principio. En el primer caso, la energía la
pone la gravedad y en el segundo la ponen vuestros brazos. Los físicos solemos
decir que el trabajo es realizado por el campo gravitatorio o en contra del
mismo, respectivamente.
Bien, después de este rollete aclaratorio para los no
iniciados, sigo con la reunión de cargas o de masas, que no hay mucha
diferencia entre un caso y el otro. Una vez que tenemos las dos cargas, si
queremos trasladar una tercera, habrá que vencer el campo eléctrico creado por
las otras dos; para una cuarta, el campo creado por las otras tres y así
sucesivamente hasta que hemos terminado. A la suma de todas esas energías
gastadas se le llama energía de ligadura del sistema. Y ¿cuál es su
importancia? Pues que si quisiéramos volver a reducir el sistema de cargas
eléctricas a su estado original, es decir, todas ellas separadas y muy lejos
las unas de las otras, volveríamos a necesitar una cantidad de energía igual a
la energía de ligadura para conseguir nuestro propósito. Y esto que sucede para
un sistema de cargas eléctricas también se cumple para un sistema de masas como
puede ser un planeta. Llegamos, entonces, al quid de la cuestión. Cuando se suman todas
esas energías requeridas para ir acumulando pequeñas cantidades de masa hasta
reunir la masa total del planeta, resulta que el valor final es proporcional al
cuadrado de la masa del planeta e inversamente proporcional a su radio, siendo
la constante de proporcionalidad la constante de la gravitación universal que
aparecce en la ley de Newton.
Queda solamente, pues, sustituir los valores de
esos tres parámetros en la ecuación correspondiente y se obtiene la energía necesaria para formar el planeta
en cuestión o, equivalentemente, para destruirlo, que es lo que nos ocupa en este
momento. Solamente para destruir pequeños cuerpos astronómicos, como los
asteroides que se encuentran entre las órbitas de Marte y Júpiter o los
diminutos satélites de Marte (Fobos y Deimos, con diámetros de 10 km y 6 km,
respectivamente) sería necesario todo el arsenal nuclear terrestre. Para la
Tierra, se necesitarían unos 375 millones de cuatrillones de joules, es decir,
la misma energía que se liberaría si hiciésemos detonar 4 trillones de bombas
como la de Hiroshima. Si las 7.152.599.999 personas que habitan actualmente nuestro planeta (me he excluido yo porque tengo que seguir escribiendo este
blog) se pusiesen a fabricar una bomba cada segundo emplearían cerca de 18 años. El consumo energético mundial durante el pasado año 2003 fue de unos 440
trillones de joules (más de 122 billones de kilowatts-hora). Esto significa que para destruir un cuerpo masivo como la
Tierra sería necesario el consumo energético mundial correspondiente al año
2003, pero durante ¡¡62 veces la edad del universo!!
Finalmente, si
hacemos caso de los datos que figuran en Internet sobre el planeta Alderaan, su
diámetro estimado es de unos 5500 km y su gravedad superficial parece similar a
la terrestre, ya que en toda la saga de La guerra de las galaxias, los
personajes que por allí pululan, siempre parecen desplazarse de forma análoga a
como nos movemos aquí, en la superficie de la Tierra. De esta forma, podemos
estimar la masa del hogar de la princesa Leia en 0,2 veces la del nuestro y,
por consiguiente, únicamente se requiere el 8 % de la energía estimada un poco
más arriba. ¿No resulta un tanto pretenciosa la exhibición de poder del
comandante Grand Moff Tarking?
Pero supongo que la cosa no será tan fácil para mí y esto no terminará ni aquí ni ahora. Porque lo peor es que
ahora empezaréis a especular y proponerme todo tipo de formas de generar
energía capaces de satisfacer vuestra morbosa e inagotable sed de sangre. Allá
vosotros y vuestras conciencias, mis queridos y sanguinarios lectores…


