60 películas de ciencia ficción que todo friki debería ver (si pretende acercarse a mí)

Esta mañana, nada más levantarme de la cama, le eché un vistazo a mi iPhone y me encontré un par de menciones en Twitter donde se me desafiaba a "calificar" algunas películas de ciencia ficción. Como no soy muy de poner nota a las películas, se me ocurrió una variante: rebuscar en mi filmoteca casera y seleccionar unas cuantas docenas de las que más me han gustado de entre los pocos cientos que he visto a lo largo de mi vida. No se trata de decir si son mejores o peores, nada más lejos de la realidad; simplemente es una recopilación de las que en su momento han dejado un "algo" en mi mente, son gustos muy personales. Como no es la primera vez que hago uno de estos "hits parades", sé que va a suceder lo que sucede siempre: tendré que leer todo tipo de comentarios, críticas, chanzas, propuestas, etc. Que si esta es una porquería, que si la otra no pinta nada, que aquella es mejor que esta otra y demás opiniones. Que sepáis que me la traen al pairo todas esas mamarrachadas. Este es mi blog y me lo follo como y cuando quiero. Hala, empiezo... y os lo advierto, el orden tampoco es relevante ni está hecho con intención alguna. Todo es puro caos y azar sin maldad... o no.


1.- Ultimátum a la Tierra (1951)
2.- El ser del planeta X (1951)




3.- Los invasores de otros mundos (1954)



4.- Planeta prohibido (1956)
5.- El pueblo de los malditos (1960)

6.- 2001: una odisea del espacio (1968)

7.- El planeta de los simios (1968)

8.- Naves misteriosas (1972)
9.- Alien, el octavo pasajero (1979)
10.- La cosa (1982)
11.- Enemigo mío (1985)


12.- Frankenstein de Mary Shelley (1994)

13.- Contact (1997)

14.- El hombre invisible (1933)

15.- La mosca (1958, 1986)

17.- Barbarella (1968)

18.- El experimento del doctor Quatermass (1955, 1957)




20.- La invasión de los ladrones de cuerpos (1956)

21.- El tiempo en sus manos (1960)

22.- El asombroso hombre creciente (1957)




23.- Regreso al futuro (1985, 1989, 1990)

26.- Blade runner (1982)

27.- Charly (1968)




28.- La naranja mecánica (1971)

29.- Dark city (1998)

30.- The day the Earth caught fire (1961)

31.- Dr. Cyclops (1940)


32.- Fahrenheit 451 (1966)
33.- Gattaca (1997)
34.- El increíble hombre menguante (1957)




35.- El hombre del traje blanco (1951)


36.- El hombre con rayos X en los ojos (1963)

37.- The Matrix (1999, 2003, 2003)

40.- 1984 (1984)

41.- Re-Animator (1985)

42.-Moebius (1996)

43.- Días extraños (1995)


44.- 12 monos (1995)
45.- Los cronocrímenes (2007)




46.- Moon (2009)

47.- Primer (2004)



48.- El planeta salvaje (1973)




49.- Cuando el viento sopla (1986)




50.- Huida a través del tiempo (1992)

51.- Distrito 9 (2009)

52.- Código fuente (2011)

53.- Ex machina (2015)




54.- Origen (2010)

55.- Oblivion (2013)

56.- Pandorum (2009)

57.- Millennium (1989)




58.- Solaris (1972, 2002) 


 

60.- Interstellar (2014)





Materia y materialismo (reseña)

Este no es un libro de divulgación científica al uso. O sí, no lo tengo claro. Es un libro que habla de ciencia, de conceptos científicos. Pero también es algo más, hay filosofía de la ciencia en él, hay algo, un no sé qué que lo hace diferente. Si uno lee detenidamente su breve título no llama excesivamente la atención y, sin embargo, lo que el lector se encuentra en cuanto abre el libro constituye una pequeña enciclopedia sobre dos conceptos: materia y materialismo. En su más amplia acepción ambos.

Materia y materialismo, editado por Ediciones de Pasado y Presente y escrito por el reconocido y galardonado físico catalán David Jou Mirabent, está dividido en cuatro bloques temáticos a lo largo de los cuales se repasan sendas facetas de la materia: la materia elemental, constituida por sus entidades discretas, las partículas elementales, inmersas en el vacío cuántico, un hervidero de fluctuaciones según la física actual; la materia cosmológica, integrada por la materia bariónica ordinaria, la materia y la energía oscuras, de las que aún desconocemos su verdadera naturaleza y que impregnan la práctica totalidad de la cosmología contemporánea; la materia tecnológica, base del desarrollo técnico de las sociedades humanas desde la antigüedad pero también origen de problemas acuciantes tales como la contaminación atmosférica, la carrera armamentística u otros; y, por último, la materia viva, cuyo máximo exponente es la biología, sin duda la ciencia encargada de responder a los mayores retos actuales y futuros de la humanidad, tal como el concepto de vida, ya no solo humana o animal, ni siquiera terrestre, sino incluso extraterrestre.

A lo largo de estas cuatro unidades temáticas, Jou introduce al lector de forma acelerada en los submundos de la física de partículas, las interacciones básicas, la cosmología. Pero también en la ciencia y tecnología de los alimentos, la ciencia de los materiales (microelectrónica, materiales inteligentes), la biología sintética, ingeniería genética, robótica, inteligencia artificial, etc. Todo ello con el propósito de mostrar la relación íntima entre la materia y el ser humano, la vida, el universo, el espacio y el tiempo.

No obstante, no hay que engañarse, pues como digo, Materia y materialismo no es únicamente un libro de ciencia, ya que en tal caso no pasaría de ser uno más. Lo que el autor pretende es más ambicioso. Efectivamente, la filosofía juega un papel determinante en el texto. El conjunto de corrientes filosóficas conocido como materialismo, y sus diversos matices (atomista, mecanicista, alquimista, dialéctico, tecnológico, evolucionista y otros) ¿realmente constituye una explicación suficiente de la realidad? ¿Todo se reduce a materia? ¿Hay algo más?


Investigación-docencia-divulgación o el bueno, el feo y el malo en la universidad

Casi todos queremos que nuestros hijos sean universitarios, que estudien una carrera al menos y posean un título universitario como mínimo, ¿no es cierto? Sin embargo, cuando hablo con personas ajenas a la universidad me doy cuenta del desconocimiento tan profundo que hay de la mayor institución académica del país. Que si los profesores universitarios tenemos tres meses de vacaciones, que si no estamos dando clase entonces a qué nos dedicamos, que qué es eso de que investigamos fuera de las aulas, que cómo es posible que solo impartamos unas pocas horas de clase a la semana, que en qué empleamos el resto del tiempo y otras lindezas por el estilo.

Y lo cierto es que tengo que admitir que no les falta razón y es por nuestra culpa, que no sabemos transmitir a la sociedad nuestro trabajo, nuestra labor diaria. Y parte de este quehacer en el día a día tiene que ver con la docencia pero también con la investigación. Ahora bien, no todo el mundo lo hace como debiera y son quizás estos zánganos acomodados los que imprimen la imagen de desidia, de incompetencia a todos los demás que cumplen, incluso sobradamente, con su labor.

Pero no se equivoquen, hoy no estoy aquí para dar leña a los zánganos, ni mucho menos, ya habrá otra ocasión mejor. Más bien, en lo que viene a continuación, pretendo poner sobre el tapete algunos temas que me preocupan desde hace tiempo. Mi intención, más que dar respuestas, va a consistir en plantear preguntas que me gustaría que ustedes respondieran en los comentarios (si les apetece) o que les sirvan para mantener debates en el bar, en casa o en la cafetería de la facultad o el despacho del catedrático de turno.

Verán, en la universidad española existen varias figuras de profesor, es decir, distintas categorías: profesores ayudantes, ayudantes doctores, profesores titulares, catedráticos. También existen diferentes dedicaciones: a tiempo parcial, a tiempo completo. Por ejemplo, un profesor titular a tiempo completo y dedicación exclusiva (como yo) debe impartir un tope de 24 créditos anuales, es decir, unas 240 horas de clase, esto es, unas 8 horas semanales en promedio. ¿Parece poco, verdad? Y, claro, el camarero, el dependiente de la frutería, el minero o el camionero de turno se preguntan, y con razón, cómo es posible currar 8 horas a la semana y cobrar el pastizal que su imaginación cree que nos paga el Ministerio. Si yo fuera cajero del supermercado también me haría la misma pregunta. Ahora bien, ¿solamente trabajamos 8 horas a la semana los profesores universitarios? Piensen un poco: ¿el frutero llega a casa, tras su jornada laboral, y diseña, prepara y proyecta su trabajo del día siguiente, o se olvida de él mientras se toma una cañita bien fría en el pub de costumbre y hasta mañana muy buenas? ¿El resto del tiempo que no despacha a la señora o al jubilado que compra todos los días cuarto y mitad de calabacines, qué hace? Los profesores no solamente impartimos nuestras 8 horas de clase semanales. También hay que prepararlas y eso lleva tiempo si uno es un PROFESOR, no un profesor, que también los hay. Hay que currarse el material, diseñar cuidadosamente la lección, pensar preguntas que proponer a los estudiantes, diseñar ejercicios adecuados, experimentos, revisar y actualizar la bibliografía pertinente, pergeñar exámenes, corregirlos, volcar las notas en programas de software completamente inútiles diseñados por personas que no han debido de necesitarlos jamás, atender las reclamaciones de los estudiantes, cumplir con las horas de tutorías. ¿Y eso es todo? Pues no, luego viene la investigación, la tutela de trabajos fin de grado, la dirección de tesis doctorales. Y las publicaciones, las putas publicaciones, a las que me referiré más detenidamente en breve. Pero es que no termina aquí la cosa, como profesores universitarios debemos comunicarnos continuamente con otros profesores, charlar, reunirnos, intercambiar opiniones, asistir a comisiones permanentes, consejos de departamento, comisiones de docencia de las facultades. Todo ese tiempo no computa y, claro, la sociedad en lo que no ve y puede palpar difícilmente cree, salvo que sea en espiritismo o chorradas semejantes.


Entonces, la pregunta es: ¿realmente, la universidad nos paga por enseñar, por investigar o por tocar la bandurria? ¿Nuestra responsabilidad como profesores universitarios termina con las horas de clase? ¿Se puede vivir en la universidad sin investigar? Insisto en que no pretendo dar respuesta a todas las preguntas que voy planteando. Por supuesto, tengo mis opiniones y puedo ir dejando pinceladas de las mismas, a buen seguro tremendamente sesgadas, parciales y equivocadas, pero son las mías. Como decía Groucho Marx, si no les gustan puedo darles otras.

Sigo. Conozco profesores universitarios que llevan años sin investigar y, por supuesto, sin publicar ningún resultado de investigación, que viven exclusivamente de su docencia. Si se da por supuesto que la universidad nos paga por enseñar e investigar, ambas cosas simultáneamente, ¿por qué esta gente sigue cobrando? ¿No tendría que habilitar la universidad un sistema de control y tomar cartas en el asunto? Por otro lado, soy consciente de que hay personas que piensan que si no publicas en revistas científicas es que algo estás haciendo mal cuando investigas, pero vuelvo a preguntar: ¿nos paga la universidad por investigar, realmente, o se trata de una suposición sin fundamento y en realidad nuestro sueldo se justifica exclusivamente con nuestra labor de enseñantes? Salvo un pequeño matiz al que aludiré enseguida, el sueldo que cobra un profesor universitario que investiga y otro que hace años que no lo hace es prácticamente el mismo. Luego, si la investigación sigue derroteros distintos a la docencia y se puede vivir de un sueldo universitario sin necesidad de investigar, ¿no es igualmente aceptable que un profesor universitario también investigue y opte por no querer publicar sus resultados de investigación, por ejemplo? ¿No se puede estar en desacuerdo con el sistema? ¿No puede haber personas que no comulguen con las formas de proceder de las revistas científicas, tema que daría por sí solo para otra entrada? ¿Verdad que ese razonamiento, a muchos de ustedes les parece absurdo y sin sentido? ¿Qué dice este chalado? ¿Qué es eso de investigar y no publicar? ¿Ha perdido el juicio? Si no quiere publicar lo que investiga, que lo deje y se vaya a otra parte. Bien, vale, puede que tengan razón. Ahora bien, les diré una cosa que a mí me da mucho que pensar. Resulta que ciertas universidades de este país han decidido de un tiempo a esta parte (un tiempo que, casualmente, coincide con el comienzo de la crisis que llevamos años padeciendo) incrementar las horas de dedicación docente de aquellos de sus profesores que no "cumplan" debidamente con la investigación, esto es, no alcancen un número mínimo de publicaciones en revistas científicas de impacto relevante. Me detendré un momento en esto.

Otra de las cosas que la sociedad no suele conocer es el sistema de reconocimiento de méritos de los profesores universitarios. No se preocupen, les cuento, tampoco es tan complicado. Nuestra nómina consta de varios apartados: sueldo base (porca miseria) y diversos complementos. De entre estos me interesan en concreto dos, a saber, los famosos quinquenios y los no menos célebres sexenios.

Los primeros también se conocen como tramos docentes y los segundos como tramos de investigación. Los primeros se otorgan por el simple hecho de llevar 5 años impartiendo docencia en la universidad (aunque también se suelen reconocer desempeños de otras labores como haber sido becarios del ministerio u otras que ahora no vienen a cuento). Se otorgan de forma automática, por antigüedad y por esta sencilla razón se puede vivir confortablemente a base de acumular años y años de docencia. Da lo mismo si eres un buen docente que uno negado, torpe u holgazán. Les aseguro que de estas tres últimas categorías los hay. La buena calidad docente no se da por supuesta, como he escuchado a alguno decir por ahí. Como cualquier otro trabajo, con tiempo y dedicación se mejora y mucho, y los hay que ni lo uno ni lo otro. Les pongo mi propio ejemplo: el pasado mes de diciembre cumplí 25 años como empleado de la universidad. Tengo, por tanto, cinco quinquenios reconocidos y por cada uno de ellos cobro un dinero que se suma a mi sueldo. Cualquier otro profesor universitario con los mismos años de dedicación tendrá reconocido el mismo número de tramos docentes que yo. No importa que él sea un patán y yo un profesional de los pies a la cabeza o viceversa. Cobraremos lo mismo.

En cuanto a los segundos, la cosa es algo más compleja. Los sexenios o tramos de investigación se otorgan por producción investigadora y no lo hace la universidad sino un organismo independiente, la ANECA. Para solicitar un sexenio, el solicitante debe acreditar un mínimo de cinco publicaciones en revistas científicas con un prestigio suficiente a lo largo de un período de seis años. Tras la elaboración de una tediosa documentación, el solicitante envía su curriculum vitae junto con las cinco aportaciones de mayor relevancia a la ANECA. Allí, una comisión evaluará y decidirá sobre la calidad del material remitido. Si la valoración es positiva se reconoce el tramo, que repercutirá en un nuevo "aumento" de sueldo. ¿Han notado ustedes alguna asimetría entre este proceder y el del párrafo anterior? ¿No? Pues no se vayan todavía, aún hay más (como decía Super-ratón).

Como les decía un poco más arriba, los quinquenios se reconocen automáticamente a todo el personal de la universidad (otros funcionarios también gozan de estos privilegios pero no interesan aquí). No importa tampoco a qué universidad pertenezcas, a qué departamento ni a qué área de conocimiento. TODOS los profesores funcionarios tienen concedido un quinquenio cada vez que acumulan cinco años impartiendo docencia en una universidad. En cambio, los sexenios se otorgan única y exclusivamente a los "buenos" investigadores, a los que publican sus resultados en las revistas bien consideradas, con factores de impacto elevados en el JCR. ¿Ser un buen investigador implica ser un buen docente? ¿Y viceversa? ¿Qué asignaturas deben impartir los profesores noveles? ¿Y los veteranos? Si para tener reconocido un quinquenio solamente tenemos que dejar pasar los años y los cursos académicos, ¿no será lógico que nos dediquemos a investigar y hacer méritos y dejemos un tanto de lado la docencia? No sé, pregunto.

Y ahora es cuando las asimetrías se hacen aún más evidentes y escandalosas. Resulta que en diferentes áreas de conocimiento los requisitos son muy distintos. No es igual de fácil o difícil obtener una evaluación positiva en Química que en Física, en Matemáticas, en Ingeniería o en Ciencias de la Educación. A unos se les exige simplemente que sus publicaciones estén en el JCR, para otros en cambio, además de estar en el JCR, deben estar situadas en los primeros puestos del ránking. Tengo compañeros de departamento que han obtenido sexenios en el área de Ingeniería porque su curriculum investigador no alcanzaba para obtenerlos en Física. Pero al final cobran lo mismo que otros que los tienen concedidos en Física con mucha más dificultad y que no hubiesen podido de ninguna manera haberlos solicitado por Ingeniería (ejemplo: ¿se imaginan a alguien que ha investigado toda su vida en la teoría de cuerdas cósmicas solicitando un sexenio por Ingeniería o Ciencias de la Educación?).


Pero lo peor aún está por llegar. ¿Recuerdan lo que les decía más arriba sobre la forma de proceder de algunas universidades españolas desde el comienzo de la crisis? Pues resulta que mi universidad está entre estas. ¿Y cuál es esa forma de proceder? Muy sencillo: "castigar" a los profesores que no tienen sexenios con más horas de docencia. Así, en lugar de impartir los 24 créditos tradicionales, deben impartir 32, es decir, se les grava con un 33 % más de horas de clases. En cambio, a los que sí cumplen con sus "obligaciones" investigadoras y tienen reconocidos al menos tres sexenios se les reduce su dedicación docente a 16 créditos, es decir, un 33 % menos. Dicho así, parece que ni se gana ni se pierde, pues la docencia que ganan unos la pierden los otros. No se engañen, esto sería cierto si el número de profesores con sexenios coincidiese con el número de ellos sin sexenios. Nada más lejos de la realidad. Como la adjudicación de sexenios no es automática como la de los quinquenios, siempre hay un desequilibrio. Dicho en términos más simples y para que me entiendan: la imposición de 320 horas de clase a unos y de 160 a otros solamente encubre unos miserables RECORTES, como los que llevamos sufriendo desde hace años. Obligando a unos a dar más clases y premiando a otros con menos tan sólo se consigue crear diferencias absurdas y disimular la miserable ausencia de oferta de plazas para nuevos profesores que rejuvenezcan las cada vez más envejecidas plantillas.

Tampoco se atiende a razones a la hora de conceder o no los sexenios, lo único que importa es si el solicitante posee los méritos requeridos o no. ¿Tienes publicaciones de mérito? Apto. ¿No las tienes? A dar más clases y así te lo piensas mejor antes de volver a llamar a nuestra puerta. Eso sí, con 80 horas más de clases (y recuerden, por tanto, otras muchas más de preparación de material, burocracia, etc.) ya te puedes ir olvidando de hacer investigación al mismo tiempo y poder subsanar la situación en un lapso de tiempo razonable.

No conozco todas las universidades españolas, pero sí algunas que son muy distintas a la mía. He impartido conferencias de divulgación en universidades como las de Córdoba, Sevilla, León, País Vasco, Granada, Burgos, Alicante, Murcia, etc. He hablado con muchos colegas de estas universidades. Algunos estaban tan agobiados como yo y tenían muchas clases, en cambio otros apenas si llegaban a la mitad de mis horas docentes. Cobraban lo mismo o más que yo porque, evidentemente, cuando impartes 120 horas de clase en lugar de 240 posees mucho más tiempo para dedicarte a tu labor investigadora, tienes la oportunidad de producir más publicaciones y es más fácil que puedas acceder a sexenios en el período que te corresponde. Más aún, algunos de esos profesores que conocí con 120 horas de clase anuales las impartían en cursos elevados, donde el número de alumnos que tenían a su cargo era muy reducido. ¿Creen ustedes que es lo mismo dar clase a 30 alumnos en el cuarto curso de un grado o en un máster que a 110 de un primer curso, como hago yo mismo o no pocos de mis compañeros, por ejemplo? Y seguro que tengo colegas con grupos más numerosos, no me cabe la menor duda. ¿Creen ustedes razonable que a un profesor que solamente imparte 120 horas de clase anuales se le conceda también un quinquenio o tramo docente de forma automática igual que a otro profesor que ha impartido 360 horas en el mismo período (por cierto, esto hace en los cinco años que dura el quinquenio un total de horas de 600 para el primero y 1800 para el segundo)? Mientras el primero imparte la tercera parte de horas docentes sigue pudiendo investigar, publicar y optar al sexenio de investigación correspondiente mientras que el segundo lo tiene en arameo. Entiendo que algunos de ustedes, o la mayoría o quizá todos no compartan mis cuitas, y les resulte todo de lo más razonable o irracional, no lo sé. Pero plantearlo no hace ningún mal porque lo que sí sé a ciencia cierta es que habrá no pocas personas que no tengan ni idea de muchas de las cosas que he escrito aquí y van a alucinar pepinillos después de leerlas. Algunas de estas personas me subirán a los altares y otras, en cambio, se acordarán de toda mi familia, con antepasados incluidos. Al menos habré logrado que piensen, reflexionen y se cabreen. Objetivo cumplido.

Estos últimos días he discutido con no pocas personas temas como estos y hay opiniones para todos los colores, como no podía ser de otra manera. Los que tienen sexenios y les reducen a 160 horas estaban la mar de felices (aunque no todos tengo que decir, algunos incluso mostraron su total desacuerdo con la forma injusta de proceder de mi universidad). Otros tenían opiniones más de señores feudales y justificaban los "castigos" con ese poderío suyo: << si no investigan y producen que se j*** y den más clases, que los que publicamos somos los que merecemos el privilegio de padecer menos el sufrimiento de aguantar a estudiantes y horas de docencia más que molestas, que la universidad debe ser un centro de excelencia investigadora solamente, las clases solo están aquí para darme de comer >>. Reconozco que a estos castrones les tengo un poco de manía.

Y luego viene el tercer miembro del trinomio: la divulgación. Aquí la cosa ya se pone del todo surrealista. Los hay que se ríen de la divulgación, los hay que consideran que la divulgación no pinta nada en la universidad, incluso los hay que no saben ni lo que es la divulgación. ¿Se valora la divulgación en la universidad? No, ni por casualidad. Divulgar es un acto completamente altruísta, ni existen quinquenios ni sexenios ni polienios de divulgación, ni nada que se le parezca. Divulgar es una opción sin contrapartidas, un acto de amor al arte. Que no se te ocurra dedicarte durante un tiempo de tu vida universitaria/académica a la divulgación porque todo lo que hagas no te reportará beneficio alguno salvo en tu orgullo personal exclusivamente. Las revistas donde se publica divulgación no suelen aparecer en el JCR y las poquísimas que lo hacen poseen un factor de impacto que no te sirve más que para que tus colegas se rían en tu cara. Los libros divulgativos que llegues a publicar tampoco albergan mérito alguno para tu universidad ni para la ANECA. Son un chollo para tu editorial, nada más, porque a ti como autor no te corresponde más de un 10 % del precio de venta al público del libro. Ah, y al final del camino te está esperando la ínclita AEAT para asestarte la estocada definitiva, no vaya a ser que un profesor universitario se haga millonario.

Entiendo que la sociedad nos pida cuentas sobre en qué nos gastamos el dinero público de nuestros proyectos de investigación, faltaría más. Yo también contribuyo con mis impuestos y quiero saber en qué se emplea ese dinero y qué hacen los investigadores con él. Por todo ello, insisto, creo que la investigación en la universidad es necesaria e imprescindible. Ahora bien, ¿llegan los resultados de la investigación a la sociedad? ¿Cómo se hace para que el dependiente de la frutería o el camarero del bar de enfrente puedan llegar a comprender lo que hemos publicado en una revista científica después de dos o tres años de duro trabajo diario en nuestros laboratorios? ¿Van a leer ellos las revistas, unos artículos generalmente infumables hasta para los propios especialistas? ¿No es más adecuada la divulgación para esto? Yo creo que cualquier mente no demasiado brillante sabrá las respuestas a estas cuestiones. Pero, claro, si la misión de llevar los resultados de investigación a la sociedad es de la divulgación y los divulgadores, y la investigación se reconoce en la universidad mediante el mérito de los tramos de investigación (sexenios), ¿por qué no se reconocen y se crean unos tramos de divulgación? ¿No puede considerarse la divulgación como una clase de gestión? Pues la gestión también está reconocida entre los méritos universitarios. Vale, vale, ya me callo...

Concurso "La Ardilla de Oro" (3ª pregunta)


Hace unos días tuve conocimiento de una inciativa muy interesante por parte de Borja González, autor del blog "Metros por segundo". Se trataba de un concurso científico-divulgativo consistente en ir respondiendo sendas preguntas encadenadas saltando de blog en blog (pertenecientes a todos aquellos que quisiesen participar como anfitriones, proponiendo cuestiones relacionadas con la ciencia). El concursante debería responderlas en orden y el ganador sería aquel que emplease el menor tiempo en hacerlo correctamente.

Si te decides por participar, cosa que te aconsejo fervientemente, la primera pregunta la puedes encontrar pinchando en este enlace.

El Tercer Precog se decidió por participar como anfitrión, proponiendo su propia pregunta, que os enuncio al final de este párrafo, no sin antes recordaros, queridos concursantes, que previamente deberéis haber respondido a la cuestión planteada en el blog inmediatamente anterior, es decir, "La Aventura de la Ciencia".

¿Qué error de bulto relacionado con la física y con la óptica comete el premio Nobel de literatura William Golding en su novela "El señor de las moscas" al hacer que sus protagonistas, un grupo de niños que tratan de sobrevivir en una isla desierta tras sufrir un accidente aéreo, enciendan una hoguera para hacer señales de socorro?

En cuanto hayas finalizado la carrera por todos los blogs anfitriones deberás rellenar este formulario con todas las respuestas (por supuesto, los comentarios de este post permanecerán moderados hasta el final del concurso para evitar proporcionar pistas).

Bien, si ya has contestado a la pregunta formulada más arriba o no sabes la respuesta puedes dirigirte de un salto hasta el siguiente blog anfitrión, que no es otro que "Cuadernos de Física", donde se te planteará una nueva cuestión.

¡¡Mucha suerte y adelante!!



Guía a la realidad para principiantes (reseña)

Siempre me he sentido atraído por la filosofía y, en particular, por la filosofía de la ciencia (incluso me viene a la memoria mi matrícula de honor en filosofía durante mi último curso en el colegio antes de ir a la universidad). Pero cada vez que me decidía a leer algún texto sobre el tema enseguida me rendía. A las pocas páginas aquello se convertía en una exposición de ideas, tantas diferentes como autores se les atribuían. Y en la mayor parte de los casos contradictorias u opuestas entre sí. Total, que me quedaba con la molesta sensación de no haber aprendido nada. Abandoné, pues, durante muchos años.

Sin embargo, ahora que me he hecho mayor, he decidido volver a retomar mi vieja afición y tengo que decir que la experiencia no me ha resultado del todo desagradable. Quizá esto se deba en parte al libro por el que he optado: Guía a la realidad para principiantes, editado por Biblioteca Buridán y cuyo autor es el químico Jim Baggott.

El tema del libro no es muy original, al fin y al cabo uno de los problemas más clásicos de la filosofía ha sido siempre desentrañar la existencia o no de la realidad. Y de esto es precisamente de lo que trata el libro de Baggott, de la realidad. Dicho así no parece que estemos ante una obra demasiado apetecible, ¿verdad? Pues no es así.

En efecto, Baggott, cuya trayectoria profesional no se limita al campo de la filosofía, ni mucho menos, sino que asimismo cuenta en su haber con unos cuantos libros de divulgación científica, hace que su Guía a la realidad para principiantes sea amena y agradable, con un vocabulario sencillo y al alcance de los primerizos en una materia como la filosofía. Más que una obra de filosofía se trata de divulgación de la filosofía.

El libro está claramente dividido en tres partes diferenciadas y, sin embargo, inteligentemente hilvanadas, haciéndose el paso de una a otra de forma lógica y natural, sin saltos al vacío que dejen al lector desconcertado ante el juego de prestidigitación que Baggott ejecuta con maestría. Las preguntas que plantea el autor son aparentemente sencillas: qué es, qué significa y cómo ha sido interpretada la realidad a lo largo del tiempo. ¿Es real el mundo que experimentamos con nuestros sentidos? ¿O tan solo se trata de un más o menos elaborado constructo de nuestra mente que no tiene existencia independiente más allá de ella? ¿Qué podemos decir acerca del espacio, el tiempo o de las partículas elementales, entidades que podemos detectar pero no ver?

Preguntas sencillas con respuestas nada sencillas que han traído de cabeza desde hace siglos y siguen trayendo a los más notables filósofos de la historia y actuales (Heráclito, Parménides, Platón, Aristóteles, Hume, Kant, Searle, Berkeley, entre otros) y cuyas ideas y teorías van desfilando por las páginas del libro de Baggott. Sin embargo, lo que hace que la lectura no se haga tediosa o árida sino todo lo contrario es la constante referencia a películas de ciencia ficción (Matrix, Memento, El show de Truman, Minority Report, Blade Runner, Desafío total, Días extraños, Paycheck, Clockstoppers, etc.) que ayudan enormemente a exponer y digerir conceptos que hubiesen resultado abstrusos de otra manera.

La tercera y última parte del libro se centra mucho más en la ciencia actual, en concreto en lo que la física cuántica tiene que decirnos acerca del problema de la realidad: desde la dualidad onda-partícula de De Broglie hasta el multiverso y las teorías de cuerdas en 10 dimensiones, pasando por el experimento de la doble rendija, el entrelazamiento cuántico, la interpretación de Copenhague, la paradoja EPR, o los teoremas de Bell.

¿Y todo para qué? Bueno, eso tendrás que decidirlo tú, querido lector, o seguir esperando mejor ocasión. Sea como fuere y decidas lo que decidas, la Guía a la realidad para principiantes constituye un más que adecuado punto de partida para todo aquél que alguna vez se haya cuestionado acerca de la realidad de lo que percibe y experimenta, ya sea a través de los sentidos o de la razón.


La física 2.0 del crujir de nudillos

¿No habéis sentido nunca esa horrible sensación, esa grima al escuchar a alguien crujir sus nudillos o chasquear los dedos, crujir los codos o las rodillas? Hay personas que tienen una enorme facilidad para producir estos molestos ruidos bioacústicos y, en cambio, a otras les resulta extremadamente difícil y desagradable. Incluso a algunos descerebrados les gusta hacerlo y disfrutan torturando al resto de mortales. Merecen morir con infinito dolor...

Bien, el fundamento científico del crujir de nudillos es relativamente conocido y ha sido explicado desde hace años en docenas de sitios web. Podéis verlo en este sitio de mi amigo Alfred o también aquí en la página de Shora, algo más detallado y con dibujos harto explicativos.

A pesar de todo lo anterior, me vais a permitir que os cuente más o menos lo mismo otra vez, pero que al mismo tiempo vaya un poquito más allá (seguid leyendo y veréis).

Si no habéis querido echar un vistazo a los enlaces que os he dejado dos párrafos más arriba, a continuación os explico brevemente el fenómeno al que hace alusión el título de este post. El caso es que los huesos no se encuentran en contacto directo, sino que entre ellos existe un líquido que actúa a modo de lubricante y que evita un desgaste excesivo de las articulaciones. Este lubricante recibe el nombre de líquido o fluido sinovial y se encuentra dentro de una cavidad denominada cápsula articular. Cuando se estiran las articulaciones (tirando de ellas con la mano o por un golpe, por ejemplo) el volumen de dicha cápsula articular aumenta súbitamente, lo que conlleva una disminución rápida de la presión. De esta manera, los gases que se encuentran disueltos en el líquido sinovial, como oxígeno, nitrógeno y, sobre todo, el dióxido de carbono, se liberan en forma de burbujas. Esto no debe sorprender ya que es el mismo fenómeno que tiene lugar cuando abrimos de golpe una botella de cava, cerveza o cualquier otra bebida carbonatada. Las burbujas que salen disparadas pertenecen al ácido carbónico disuelto durante el embotellado a presión del líquido y que se liberan cuando la ésta se reduce bruscamente al destapar el corcho, tapón, etc.

La física que describe de forma cuantitativa el fenómeno anterior se encuentra encerrada en la conocida ley de Henry, la cual relaciona la solubilidad de un gas en un líquido a una determinada temperatura con la presión parcial del gas.

Como os advertía más arriba, hasta aquí todo más o menos conocido y muy poco novedoso, la verdad. Ahora bien, lo que no suele contarse cuando se explican las razones por las que se generan los chasquidos o crujidos de articulaciones como los nudillos, codos o rodillas, es que las burbujas que se producen en el fluido sinovial generan vibraciones, oscilaciones en él. Como en todo medio elástico, estas vibraciones generan ondas acústicas, es decir, sonido. Y es este sonido el que escuchamos como chasquidos. Más aún, la frecuencia característica de estas ondas recibe el nombre de frecuencia de Minnaert y, cuando la temperatura se mantiene constante (como es nuestro caso), viene dada por la expresión



donde r es el radio de las burbujas, p es la presión y rho es la densidad del líquido sinovial. Si en esta expresión se despeja el radio de la burbuja se llega a



Esto significa que sin más que determinar el valor concreto de la frecuencia de los chasquidos se puede obtener una estimación del tamaño aproximado de las burbujas. Aunque es posible hacer lo mismo con ayuda de una radiografía, ya que estas burbujas de dióxido de carbono pueden visualizarse en ella sin mayor dificultad, en esta ocasión os contaré cómo hacerlo vosotros mismos sin más ayuda que un smartphone y 15 euros.


Efectivamente, con 15 euros y un iPhone podéis adquirir una app denominada Oscilloscope, que hace las veces de un analizador de espectros relativamente sencillo. Con ayuda del micrófono del iPhone podéis grabar el sonido de vuestros nudillos o los de un amigo de esos que todos tenemos y que disfrutan torturándonos haciendo chasquear cada una de sus malditas articulaciones. A continuación, en la pantalla del teléfono aparecerá una imagen muy similar a la que podéis ver aquí, en la que hemos señalado explícitamente la forma de la onda correspondiente a un total de ocho períodos de la misma que, según la escala empleada, equivalen aproximadamente a 1,5 milésimas de segundo. Si dividimos esos 0,0015 segundos entre ocho tendremos el período de la oscilación (0,0001875 segundos). Calculando el inverso de este número nos hacemos con la frecuencia correspondiente y que resulta ser de 5300 Hz y que resulta perfectamente audible ya que el rango de percepción humano va desde los 20 Hz hasta los 20.000 Hz, aproximadamente.


Finalmente, si utilizamos la expresión de la frecuencia de Minnaert para unos valores de la densidad del fluido sinovial igual a la del agua (1000 kg/m3) y una presión igual a una atmósfera (100.000 pascales), obtenemos que el tamaño de las burbujitas es de tan sólo medio milímetro, muy parecido al valor experimental conocido. A los chavales de Secundaria seguro que les encantará comprobar que sus smartphones sirven para algo más que "guasapear" y hacerse "selfies"...


Fuente original:
Andreas Müller, Patrik Vogt, Jochen Kuhn, and Marcus Müller, Cracking knuckles - A smartphone inquiry on bioacoustics The Physics Teacher, Vol. 53, 307 (2015)



¿Cuánto tiempo tarda en caer a tierra un satélite artificial?

Diseñar y construir un satélite artificial no es un asunto excesivamente complicado, hay cosas mucho más difíciles como aprobar el examen de física en el que te preguntan cómo diseñar y construir un satélite artificial. De hecho, desde hace algo más de una década muchas universidades han desarrollado pequeños satélites, tanto con propósitos educativos como de investigación. Sin embargo, antes de ser lanzados y puestos en órbita, sus diseñadores han de ser capaces de demostrar que sus ingenios espaciales han de poder permanecer en su sitio un máximo de 25 años antes de caer nuevamente a tierra. Todo artefacto que se mantenga en órbita pero no esté operativo, es decir, haya concluido la misión para la que fue dispuesto, se considera "basura espacial". En la actualidad existen unos 8000 de estos objetos dando vueltas alrededor de nuestro planeta.

Transcurrido un cierto tiempo y debido a la interacción del satélite con la atmósfera terrestre, que ejerce un efecto de fricción considerable, aquel acaba por hacer una re-entrada y, como consecuencia de su elevada velocidad, puede incinerarse total o parcialmente y terminar por caer al suelo, algo que constituye un tema de interés público por razones evidentes.

En este post trataré de contar de la forma más sencilla posible cómo se puede estimar de forma aproximada, y utilizando conocimientos que todos hemos adquirido durante nuestra educación secundaria, el tiempo que transcurre desde que es lanzado a su órbita hasta que se precipita sobre la superficie de la Tierra. Resulta obvio que el tiempo real se puede calcular de formas mucho más precisas y así lo hacen, en efecto, los ingenieros de la NASA o la ESA, pero sus resultados no difieren enormemente de los que un chaval de 16-18 años puede obtener y esto puede constituir un elemento de motivación nada despreciable en los tiempos que corren.

Bien, comenzaré. Lo primero que se puede hacer es simplificar el problema que se pretende resolver, una técnica habitual en ciencia y más en física. Consideraré, pues, que nuestro satélite en cuestión tiene forma cúbica y que describe una órbita circular alrededor de la Tierra. Además, y aquí radica la diferencia principal con los casos sencillos que se consideran habitualmente en las aulas de nuestros hijos, el rozamiento juega un papel esencial en la resolución de nuestro problema, ya que es precisamente la causa de que el satélite acabe su vida orbital.

Por lo tanto, las dos únicas fuerzas que actúan sobre el satélite en órbita son: la fuerza de la gravedad (esto es, su peso, ejercido por la Tierra) y la fuerza de arrastre o rozamiento (ejercida por la atmósfera). La primera es de sobras conocida, y viene dada por la célebre ley de la gravitación universal de Newton. La segunda no resulta tan conocida por los chavales de Secundaria, pero sin más que consultar cualquier manual avanzado (no demasiado) se puede comprobar que también es empleada a menudo en situaciones muy diversas.

donde cd recibe el nombre de coeficiente de arrastre, una cantidad que depende de la forma geométrica del satélite; A es el área de la superficie que se enfrenta al aire (en nuestro caso, una de las caras del cubo, es decir, un cuadrado; los otros dos factres son la densidad del aire y la velocidad del satélite artificial. Una vez conocidas las formas precisas de ambas fuerzas, tan sólo es necesario aplicar la segunda ley de Newton de la mecánica para obtener la posición del satélite en cada instante de tiempo. Desafortunadamente, la ecuación resultante y su resolución quedan fuera del alcance de los conocimientos básicos de los estudiantes de nuestros colegios e institutos. Pero que no cunda el pánico, ya que para algo se estudian métodos alternativos y nuestros profesores, tan maltratados, ignorados y vilipendiados por la sociedad de mierda y tiquismiquis en la que vivimos, vienen al rescate. Todos los que somos profesores sabemos que en no pocas situaciones hemos sido asaltados por nuestros alumnos cuando les explicamos que existe otra forma de resolver los problemas de mecánica sin acudir directamente a la segunda ley de Newton. ¿Cuál es esa otra forma? Pues ni más ni menos que la MARAVILLOSA e INCOMPARABLE ley de conservación de la energía.

En efecto, esta ley viene a decir que si estimamos las energías cinéticas (debidas al movimiento del satélite), y las energías potenciales gravitatorias (debidas a la fuerza de atracción gravitatoria ejercida por la Tierra) en dos posiciones diferentes del satélite (por ejemplo, a dos distancias diferentes de la Tierra, como rA y rB en la figura) y las comparamos veremos que no coinciden. Y la diferencia entre ellas es justamente la energía perdida a causa de la fricción con la atmósfera, es decir, la energía que se ha "llevado" la fuerza D de arrastre.

Entonces, únicamente resta utilizar aquello que aprendimos los mayores hace tantos años de que la potencia (la velocidad con la que cambia la energía) es igual al producto de la fuerza por la velocidad para llegar a la expresión:

Para poder escribir la ecuación anterior hemos tenido que hacer dos suposiciones, a saber: primero, que la velocidad del satélite entre las posiciones A y B es aproximadamente constante (obviamente, esto no es cierto, porque de serlo el satélite no caería) e igual al valor medio de las mismas a esas distancias precisamente. Y segundo, que la densidad de la atmósfera solamente depende de la altura y tiene un valor constante entre las posiciones A y B. Resulta obvio decir que sería de enorme ayuda disponer de una tabla (esto constituye un buen ejercicio de investigación para los chavales) en la que se mostrasen los valores de las altitudes, las densidades del aire a dichas altitudes y las velocidades del satélite también a esas altitudes, que vienen dadas por:


Así, para un satélite en forma cúbica, con cd = 1,05 y de 1 kg de masa, 10 cm de arista e inicialmente situado en una órbita a 600 km de la Tierra, se obtiene que el tiempo empleado en precipitarse al suelo desde la fecha de su lanzamiento asciende a 31,75 años. Como ilustración se puede decir que de estos casi 32 años, 17,66 corresponden al tiempo de caída entre los 600 km y los 550 km; entre los 550 km y los 500 km emplea otos 8,11 años; 3,57 años para caer entre 500 km y 450 km; 1,5 años entre los 450 km y los 400 km de altura; y así, sucesivamente. Por ejemplo, entre los 200 km de altura y los 150 km tan sólo tarda en caer 24 horas y de los 150 km hasta los 100 km únicamente 6 minutos. Por debajo de los 100 km de altura el satélite suele arder y/o fragmentarse.


Finalmente, podemos decir que los cálculos de la NASA para el caso de un satélite como el que acabamos de considerar arrojan un valor del tiempo de caída estimado de solamente 18 años, es decir, poco más de un 56 % de nuestro valor. Esta discrepancia se debe a efectos no tenidos en cuenta, como pueden ser la presión de radiación ejercida por el Sol sobre el satélite o la actividad geomagnética, entre otros. Otra buena oportunidad para que nuestros estudiantes amplíen sus conocimientos e intenten ir más allá de donde nosotros, los profesores, les hemos dejado. ¡Ay del discípulo que no supere a su maestro!


Fuente original:
Antonio Lira, How long does it take for a satellite to fall to Earth? Physics Education, Vol. 50, 71 (2015)