El analfabeto científico y la divulgación


No sé muy bien cómo empezar a escribir un blog y reconozco que me siento un tanto atemorizada ante la idea de sentarme delante del ordenador y comenzar a superar el mítico síndrome de la página en blanco al que se suelen enfrentar los escritores. Pero de alguna forma hay que hacerlo y allá voy.

Ya hace unos cuantos días que tomé la decisión de dedicar parte de mi tiempo como investigadora en física y profesora en la universidad a sacar tanto la ciencia como la docencia que allí hago y mostrarlas al resto del mundo, de la sociedad que normalmente no está al tanto de nuestro trabajo, de esa labor que llevamos a cabo diariamente los científicos, los investigadores y los profesores. Esta labor es, en ocasiones, ingrata, tediosa, monótona, pero se supera a base de otros momentos enormemente gratificantes, plenos de satisfacción personal y de servicio a la sociedad.

Sin embargo, resulta francamente chocante, por no decir contradictorio, que toda esta inmensa cantidad de trabajo que se lleva a cabo en los institutos de investigación, en los laboratorios, en los despachos de las facultades universitarias, no vea la luz y, en consecuencia, no llegue a los profanos, la gente de a pie, todas aquellas personas que con sus impuestos contribuyen a que este magnífico engranaje funcione de la mejor manera posible, aunque no sea todo lo perfecto que muchos profesionales desearíamos.

Me estoy refiriendo, cómo no, a los resultados de la investigación científica, en todas sus ramas: física, matemáticas, química, biología, geología, medicina, etc. Y no únicamente a los resultados que se publican en las revistas especializadas, las cuales, por supuesto, no llegan a ese ciudadano que trabaja en la tienda de comestibles o en la carnicería, o al dependiente del hipermercado, la secretaria del bufete de abogados o el conductor del autobús urbano. No, me refiero a lo que normalmente se conoce como divulgación, es decir, la transmisión del conocimiento científico especializado al público no especializado o al especializado en otra rama o ramas del saber, pero de manera que sea comprensible por éste.

Vivimos en una época muy peculiar. A cualquier parte que dirijamos nuestra mirada podremos ver infinidad de objetos, de dispositivos cuyo funcionamiento está relacionado indudablemente con el conocimiento científico avanzado y el desarrollo tecnológico. La gente se pasea por la calle mientras charla animadamente con un amigo al otro lado del mundo gracias a los “smartphones”, consulta un mapa en tres dimensiones que le indica exactamente hacia donde debe dirigirse para encontrar el lugar que está buscando, espera en la parada del autobús o tren y puede saber con exactitud cuánto tiempo falta para que llegue. Al llegar a sus casas, la cosa se pone aún más interesante: encienden la televisión y las imágenes son de una calidad que parecería magia a cualquier espectador de la década de 1960, el ordenador personal puede hacer operaciones a velocidades inimaginables hace tan sólo unos cuantos años, el horno microondas nos prepara el desayuno o nos recalienta la cena en cuestión de segundos, las placas de inducción no te queman las manos si las apoyas en ellas y, sin embargo, pueden hacer hervir el agua en un recipiente metálico antes de que te hayas tomado el zumo de naranja del desayuno; si quieres ir al gimnasio puedes disponer de prendas que siempre están secas y eliminan el sudor de forma enormemente eficiente, calzado ligero y flexible que se adapta a todo tipo de pies; alimentos prácticamente de diseño que nos hacen vivir más y mejor, etc., etc. Y todos estos ejemplos, tan sólo por citar situaciones cotidianas, que todos podemos ver a diario. Si nos vamos a la ciencia de vanguardia, puntera, tenemos instrumentos como el LHC (el gran colisionador de hadrones, en el CERN), las sondas espaciales, los robots que hemos depositado sobre la superficie de otros planetas del sistema solar, los trasplantes de órganos, los avances en enfermedades como el cáncer, el conocimiento del cerebro, y tantas y tantas otras cosas que se podrían enumerar hasta hacer la lista casi infinita. Casi todo lo que nos rodea es ciencia y tecnología.


Desafortunadamente, todo este conocimiento y avance resultan invisibles para la inmensa mayoría de las personas. La sociedad, nuestra sociedad, es una sociedad de analfabetos científicos, de incultos; porque la ciencia es cultura, no nos engañemos. Y quien no conoce la ciencia es tan inculto como quien no conoce la literatura o la historia. Hagan una prueba con alguien que encuentren por la calle, al azar. Párenle, solicítenle un minuto de su atención y pregúntenle lo siguiente: ¿Quién escribió “El Quijote”? O pregúntenle quién descubrió América, o cuál es la capital de Francia. Probablemente esa persona, si no sale corriendo o aparta la mirada con desdén, le responderá correctamente a las tres cuestiones anteriores. Ahora bien, si abusan un poco más de su buena voluntad y paciencia, pregúntenle cuáles son las tres partículas básicas de un átomo, sin irnos a complicaciones innecesarias sobre quarks ni nada por el estilo, con los protones, neutrones y electrones que todos aprendimos en el colegio, siendo pequeños, nos conformamos. Pregúntenle por algún científico famoso que no sea Albert Einstein o Sheldon Cooper. Pregúntenle cuántos planetas hay en nuestro sistema solar, cuántos satélites tiene Mercurio, quién era Darwin o por qué es célebre Stephen Hawking. Se llevarán sorpresas y, seguramente, muy desagradables.

Como afirma Manuel Cereijido en su libro La ciencia como calamidad, el analfabeto científico tiende a pensar que los avances científicos y el desarrollo tecnológico se reducen a dinero, mucho dinero. Si los gobiernos invirtiesen el dinero suficiente, problemas como el cáncer y otras enfermedades mortales desaparecerían como por arte de magia, la contaminación del planeta no existiría y todos viviríamos en un mundo feliz y dichoso. Para el analfabeto científico la ciencia se reduce, simplemente, a ignorancia financiada. El analfabeto científico, obviamente, carece del conocimiento científico y tecnológico mínimo necesario para detectar y entender esa misma carencia, y todo ello a pesar de vivir una época y habitar un mundo en el que ya no quedan cosas importantes por hacer que no dependan de ciencia avanzada y/o tecnología. Finalmente, es este analfabetismo científico el que ha causado durante tanto tiempo que la realidad se haya interpretado apelando a deidades, milagros, magia, misticismo, ocultismo y otras memeces seudocientíficas. Muy pocas personas son capaces de adaptarse a esta realidad, analizarla y comprenderla de forma racional. No pueden prescindir de la superstición ni el oscurantismo.
Todo esto me lleva a una, para mí, inequívoca y evidente conclusión: hay mucho trabajo por hacer en el campo de la transmisión de la ciencia, el pensamiento racional y analítico, crítico, escéptico, a la sociedad. No sé muy bien y tengo dudas acerca de quién o quiénes deben hacer este trabajo, si deben ser los científicos, los periodistas especializados o, simplemente, cualquiera que esté preparado para ello, sea cual sea su “pedigrí”.

Esta mañana, curioseando por Twitter, me topé sin querer con este tema, precisamente. Después de intercambiar unos cuantos “tuits” con gente enormemente célebre en esta red social, decidí escribir sobre el tema. ¿Qué mejor ocasión para estrenar mi blog?

El caso es que en medio del fragor de la conversación a tres o cuatro bandas que surgió (tengo que decir que algunos de mis tuits fueron absolutamente ignorados, seguramente por ser yo quien soy, es decir, absolutamente nadie en este mundo de las redes sociales y los blogs de divulgación). En cambio, otros sí calaron y merecieron respuesta. Aún no sé por qué, imagino que quedaba ya demasiado feo seguir ignorándome, cuando yo intervenía una y otra vez, insistiendo en llamar la atención. Debe de ser que flotando en leche de fotones no estoy muy atractiva. En fin...

Por allí fueron apareciendo, visto y no visto, como salmones que saltan la cascada río arriba cuando se dirigen a desovar (porque en Twitter todo pasa muy rápido y los tuits tan pronto llegan se van y hay que estar preparado con la red para pescarlos o las fauces dispuestas para cogerlos) ideas muy interesantes: que si hay que eliminar las fórmulas de la divulgación porque dan miedo, que si hay que divulgar o, más bien, popularizar; que a qué nivel hay que hacerlo, dependiendo de la audiencia, y alguna cosa más.

A este respecto, creo que mi experiencia puede aportar algunas reflexiones. Por supuesto, no tengo esperanza alguna de que nadie vaya a leer esto, así que me lo tomo casi como si fuese una página de mi diario personal. Quizá me sirva algún día en alguna clase o charla en algún sitio. A ver por dónde empiezo.

En primer lugar, quiero dejar claro que he asistido a muchas conferencias de divulgación y he leído también no pocos libros, revistas, artículos y blogs de divulgación. Obviamente, me he encontrado de todo, desde lo sublime hasta lo infame (no pondré ejemplos concretos, por lo que pudiese suceder en un hipotético futuro si me hiciese célebre y famosa. Ilusa que es una, jaja). Lo primero que quiero decir es que para mí los términos popularización, divulgación o cualquier otro que se les parezca me resultan irrelevantes, más bien sinónimos. Cierto es que se les suelen atribuir matices: en este sentido, la popularización se tiende a asociar con la divulgación para gente con “nivel” cultural o bagaje académico más bajo, aunque puedo estar equivocada. En cambio, divulgación a secas parece indicar un cierto grado de rigor más alto, incluso puede ir dirigida a especialistas en otras ramas científicas, tecnológicas distintas a las de la materia divulgada. En definitiva, que llamemos como llamemos a la transmisión del conocimiento científico especializado, el que se hace en los centros de investigación, públicos o privados, o en las universidades, parece claro que el factor clave, el decisivo es saber a quién va dirigida esa transmisión de cultura especializada.



Efectivamente, no es lo mismo divulgar (sustituyan ustedes este término por popularizar o similar, si es que así se sienten más cómodos) un tema de física a un físico que a un químico, un biólogo, un matemático o un geólogo (lleven a cabo ustedes todas las combinaciones posibles de estos títulos honoríficos y tan reconocidos en nuestra sociedad). Tampoco es lo mismo hacer llegar un tema de medicina a un filósofo o a un ingeniero de caminos, a un físico o a un químico. Es más, puede resultar enormemente difícil contarle de forma comprensible a un físico electrónico un tema de física de supercuerdas o gravitación cuántica (o viceversa).  Y eso que son dos físicos los que interactúan entre sí. Así pues, ¿de qué estamos hablando? ¿Cómo hay que hacer para divulgar, popularizar o lo que sea? ¿Quitamos las fórmulas y las ecuaciones matemáticas y ya está? ¿Despojamos al lenguaje, hablado o escrito, de la jerga característica de cada especialidad científica? No es tan fácil.


Para mí resulta obvio que la divulgación presenta niveles. Si me estoy dirigiendo a un físico (y perdón por mi fijación, pero es que yo soy física y tiendo a desviarme hacia mi especialidad) podré escribir ecuaciones y utilizar un lenguaje técnico porque él me comprenderá, aunque le esté hablando de un tema en el que él no sea especialista. Evidentemente, habrá cosas que me tendré que callar o maquillar, reduciendo el nivel de complejidad o el rigor, pero al final tendremos la posibilidad de entendernos haciendo uso de una jerga común, comprensible para ambos y que podría ser absolutamente abstrusa para un químico, por ejemplo. Esto también es divulgación.

Ahora bien, si nuestro interlocutor es, pongamos por caso, alguien sin estudios superiores o, digamos, procedente de una rama del saber muy alejada, en principio, de la física, el asunto adquiere tintes muy distintos y se requiere una buena carga pedagógica y didáctica si se quiere alcanzar el objetivo con éxito. Ahora la jerga técnica habrá que aparcarla, las ecuaciones pueden generar hasta repulsión o pánico, por no decir cosas peores, y la transmisión del conocimiento suele resultar traumática para el divulgador (en este caso, probablemente, se entienda mejor el concepto popularizador). ¿Cómo enfrentarse a esta sensación de trauma, de no ser entendido, de provocar rechazo o aversión a la ciencia?


Dicho de otra manera, ¿por qué hay divulgadores buenos, divulgadores mediocres y divulgadores nefastos? ¿El buen divulgador nace o se hace? ¿Son todos necesarios? Veamos, trataré de arrojar un poquito de luz sobre estas cuestiones. Soy plenamente consciente de que lo que voy a decir ahora no son más que opiniones absolutamente personales, por descontado discutibles e incluso rechazables, por absurdas. Pero las diré de todas formas.

Les decía unos párrafos más arriba que he asistido a muchas conferencias y he tenido la inmensa fortuna y privilegio de conocer grandes y pequeños divulgadores. Las conclusiones a las que he llegado después de observar atentamente sus comportamientos y formas de expresarse o proceder, tanto en el escenario, como en sus obras escritas (libros, artículos en revistas, blogs), se pueden resumir en una frase: un buen divulgador posee una cierta habilidad para captar ciertas “señales” de su audiencia, intuye de alguna manera lo que interesa o no, lo que puede resultar enormemente motivador para el público o, por contra, arruinar la conferencia, y sabe utilizar en su beneficio y en el de todos los que asisten esa habilidad. El divulgador se puede hacer, pero el bueno de verdad, el que es excepcional reconociendo esas “señales”, ese solamente nace. Después, cual diamante en bruto, puede pulirse, aunque no es lo mismo pulir carbono puro cristalizado que grafito. No sé si me entienden.

Personalmente, creo que un divulgador tiene que saber, en primer lugar, captar la atención de la audiencia. Para esto existen trucos y técnicas, que no expondré ni aquí ni ahora. El sentido del humor puede ser de gran ayuda en este cometido, aunque no imprescindible, ya que algunas personas no soportan el sentido del humor o las bromas cuando se habla de ciencia, una cosa que para ellos es extremadamente seria y debe contarse con seriedad de funeral. 

La motivación también es esencial, pues si el que escucha o lee no ve el interés de lo que se le está intentando transmitir, la relación divulgador-público se romperá más pronto que tarde. En este sentido, también pueden resultar muy útiles determinadas técnicas: si estás en una conferencia, resulta tremendamente desmotivador que el ponente se dedique a leer las transparencias o que éstas consten prácticamente de insufribles párrafos repletos de texto. No hay nada más desmotivador que el divulgador te “fuerce” a leer inconscientemente lo que luego él dice exactamente de palabra. Las buenas conferencias y los buenos conferenciantes se sirven del poder de la imagen, del sonido, nunca del texto escrito. El público debe prestar su atención exclusivamente a lo que salga de la boca del divulgador y éste únicamente utilizará las diapositivas para deslumbrar, captar la atención, ilustrar lo que dice y motivar. Lo que sale de la boca del divulgador debe provenir de su cerebro, no de lo que ha escrito en la diapositiva. Para leer, mejor quedarse en casa con un buen libro.

Luego viene la forma  de actuar, el movimiento del cuerpo en el escenario, el ritmo, los cambios de ritmo y la pausa. Un buen divulgador sabe utilizar el lenguaje corporal, la expresión, su cuerpo debe reflejar lo que está contando, su entusiasmo por el tema que desarrolla. ¿A quién le gusta un divulgador, sentado a una mesa, hablando prácticamente solo a través de la pantalla de televisión, mientras utiliza un tono de voz cansino, monótono y acompañado por un movimiento de manos semejante a un guiñol?



Por descontado, lo más importante de la divulgación es el contenido de lo que se pretende divulgar. El contenido ha de tener calidad y un rigor adecuado para la comprensión de la audiencia. A pesar de todo, sí que pienso que no es necesario ni imprescindible que quien lee o escucha comprenda todo lo que lee o escucha. En ocasiones, es suficiente con que se sienta deslumbrado y se encienda la chispa de su interés, de su afán por saber más, por ir más allá de donde el divulgador le ha dejado. Aquí entran las llamadas “analogías”, quizá la herramienta básica a la hora de divulgar, de acercar un concepto al lego. Siempre hay que intentar establecer semejanzas, comparar el fenómeno que se está describiendo o explicando, con algo conocido por parte del público, algo cuya experiencia sensorial o intelectual ya posea previamente.

Finalmente, el acto de divulgar debe concluir tal y como empezó, es decir, captando de nuevo la atención, con una sorpresa última. Ha de ser tan impactante que el público cierre el libro, la revista, el blog o abandone la sala de conferencias, con la única idea de que quien no asistió no hizo otra cosa que cometer un error imperdonable, que la ciencia merece la pena conocerse y entenderse porque, sólo de esta forma, el mundo podrá ser, en efecto, más justo. Y mejor.



18 comentarios:

  1. Muy buena tu entrada. Demasiadas veces hemos escuchado a presuntos cultor patinar en ciencia. Recuerdo a un afamado escritor confundir clamorosamente teoría con hipótesis para tratar de refutar la teoría de la evolución.

    Te seguiré en twitter.

    Saludos

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  2. Mucho ánimo con el blog. Es una bonita aventura llena de disfrutes donde se aprende mucho.
    ¡Buena singladura!

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  3. Muchas gracias, Luis. Desgraciadamente, así es, hay demasiada gente que no sabe en realidad toda la ciencia que le rodea y no le da la menor importancia. Hasta que les falta, claro.

    Un saludo.

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  4. Eso espero, José Ramón. Muchas gracias.

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  5. Puestas las cartas sobre la mesa, a esperar la siguiente entrada.

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  6. Hola Agatha. Lamento llegar un poco tarde, pero he estado bastante desconectado últimamente de la blogosfera, aunque te descubrí desde el principio.

    Bienvenida y suerte en tu andadura blogueril. Por si no te lo han dicho, en este mundillo lo mejor es la gente a la que se conoce.

    Salud y besinos

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    1. Gracias, Dani. Aún estoy aterrizando en este mundo, un tanto desconocido para mí. Bienvenido tú también.

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  7. Hola Agatha,
    Recuerdo esta conversación en twitter y creo que has hecho una exposición brillante. Yo tuve muchas dudas cuando empecé el blog porque hay gente muy brillante y pensé que no me leería nadie y que era innecesaria mi aportación. Pero en los articulines de Cuentos Cuánticos había disfrutado y aprendido tanto que me lancé. Y me hace feliz ver que hay personitas a quienes les gustan las entradas...Pero aún no soy una divulgadora y me queda muchísimo por aprender. No sé si podré considerarme como tal algún día. Tomaré nota de muchas de las cosas que indicas aquí.
    Tus entradas son fantásticas.
    Un besote
    Laura

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    1. Gracias, Laura. Todas y todos aprendemos continuamente, pero más importante que llegar a o creerse divulgador es intentarlo. Quienes te leen te juzgarán y te pondrán en tu sitio.

      Besote

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  8. Enhorabuena por el blog. Empiezas poniendo de relieve el primer problema que encuentras cuando se trata de la divulgación científica. Nunca estás seguro de ajustar el listón al nivel adecuado. Supongo que los "grandes" de la divulgación lo tienen claro, pero no es nada fácil!
    Suerte con la aventura!

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  9. Y entrando en el contenido del post, estoy muy de acuerdo contigo Agatha, excepto en lo de no quemarse con la vitrocerámica (salvo que sea de inducción, que no has especificado).

    La capacidad de fascinar, la magnética capacidad para dejar a tu audiencia con la boca abierta y las neuronas trbajando... esa es la diferencia clave entre un buen divulgador y uno malo. Y créeme, pocos la poseen.

    Salud y buen finde.

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    1. Dani, tienes razón. Estaba pensando en la inducción cuando escribía esa frase y al final lo puse mal. Ya está corregido.

      Muchas gracias.

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  10. Hola Agatha

    Enhorabuena por el blog y la entrada. Es un tema muy interesante este sobre la divulgación y los divulgadores, incluso sobre quien debería hacer divulgación y quien no resulta un buen ejemplo.

    un saludo
    Andrés Aragoneses

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  11. Hola Agatha, hace unos meses que voy leyendo tu blog, me parece muy interesante.
    Siempre he sido una fan de la fisica, a mi escala que es bien poca, y mas la fisica de lo micro y macroscópico que la de lo cotidiano que se da en clase, concretamente las supercuerdas y los cuerpos celestes me enloquecen, y me emocioné al pensar lo que podian suponer los descubrimientos en el CERN y hago hasta mis propias teorias xd.

    Si me encanta Asimov sólo porque cuando habla de como funcionan los motores de las naves o el salto puedo imaginarmelo basándome en las teorías que conozco. Estoy deseando leer el huevo de dragón de tu post.

    Pero como comentas, la divulgación a mi nivel es bien poca. Algún que otro documental tan basico que aburre o tan viejo k ya no sirve, un libro genial llamado "el universo elegante" y otros que ya se me escapan. No conozco como acceder con mayor calidad a lo que me gusta.

    Podías hacerme algunas recomendaciones?

    Seguiré leyendote. B7s

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  12. Hay muchos libros de divulgación y muy buenos. Yo empezaría leyendo los libros de Michio Kaku como "La física de lo imposible" o "La física del futuro". Me gusta mucho también "La física de los superhéroes", de James Kakalios. Si te gustan las teorías de cuerdas y demás, te recomiendo el libro de Lisa Randall "Universos ocultos". Otro libro que me gustó especialmente fue "El universo en tres pasos", de David Garfinkle y Richard Garfinkle. Si te gustan los agujeros negros y demás, puedes leer un libro un poquito antiguo pero igualmente apasionante que se titula "Agujeros negros y tiempo curvo", de Kip S. Thorne.

    Y, por supuesto, te recomiendo especialmente los libros de Sergio L. Palacios: "La guerra de dos mundos: el cine de ciencia ficción contra las leyes de la física" y "Einstein versus Predator: ciencia ficción superhéroes, el cine de Hollywood y las leyes de la física".

    Un saludo y ánimo.

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  13. han pasado mi años desde esto... pero recomiendas antes a Michio Kaku que a Carl Sagan o Isaac Asimov? aun no he leido nada de Michio Kaku, pero tengo ganas. Lei hace un tiempo medio nuevo, Por amor a la fisica y me gusto, pero no tanto como Sagan. De Sagan he leiod Cerebro de Broca, Cosmos y La ciencia y sus demonios. Luego empece Un punto azul palido y se me ha atragantado un poco, no me esta fascinando como los otros. De Asimov empece a leer uno, pero tambien se me atraganto. Lo achaco al tema de volver a leer todo el tema historico otra vez termina cansando. En ese sentido Por amor a la ciencia sin resultarme tan brillante, fue mejor.

    De tus libros (si o no? no me queda claro... y por que el pseudonimo y cambio de blog?) tengo en espera Einstein vs Predator).

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  14. Muy de acuerdo contigo, amiga Agatha. http://youtu.be/OkQdCXuy9b0 http://youtu.be/qSG0fw_RLK4?li

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