Y dalek e te pego, doctor Who... ¡hacia el centro de la Tierra!


El doctor (sí, ya lo sé, no el doctor Who), en compañía de sus nietas Susan y Louise y del agente de policía Tom Campbell, viajan a bordo de la mítica TARDIS (Time And Relative Dimension In Space) hasta el Londres del año 2150. Una vez allí, se encuentran con una ciudad devastada, prácticamente en ruinas. Los malvados daleks, unos alienígenas con aspecto de robots en forma de cubo de basura o salero, según se mire, procedentes del lejano planeta Skaro, pretenden invadir nuestro planeta a base de bombardearlo con meteoritos y rayos cósmicos (como si no nos bombardeasen suficientemente ellos solitos sin necesidad de azuzarlos). Pero hay algo más: a algunos humanos les están aplicando una técnica para convertirlos en robots a sus órdenes, las cuales son dadas a los cibernéticos esclavos mediante un método único y sofisticado: un micrófono. Estos humanos-robots, especie de cyborgs con casco, gafas de sol y trajes de látex negro que más bien les hace parecer dominatrixes ansiosas de lujuria de pago por sesión tienen la misión de capturar y someter a los humanos normales, los que no han pasado el "test de inteligencia" necesario para ser "robomen", y que serán destinados a realizar trabajo físico en una mina controlada por los daleks. ¿Cuál es el oscuro propósito de esta mina? Dejemos que los propios protagonistas de la maravillosa película aludida en el párrafo anterior, Los daleks invaden la Tierra- 2150 A.D. (Dalek's Invasion Earth: 2150 A.D., 1966) sean quienes nos lo cuenten:

- ¿Qué sabe usted acerca de esta mina?

- Que ya están acabando.

- ¿Sabe qué hacen?

- Sí, los daleks van a extraer el núcleo de la Tierra. Tienen la intención de pilotar el planeta y utilizarlo como una nave espacial.

- ¡Eso es imposible!

- Tal vez. Han encontrado una fractura en la corteza terrestre y van a utilizarla como un "cutter" de diamante. Han colocado explosivos para que caigan por esa fractura y el núcleo metálico saldrá despedido hacia el Sol. No me atrevo a decirle a la gente que esto quedará reducido a átomos.


Bueno, ¿qué os ha parecido, mis fieles lectores? ¿No estáis deslumbrados por la originalidad del argumento? Nada menos que extraer "a bombazos" el núcleo externo de la Tierra, una mole de algo más de 2.200 kilómetros de espesor formada por metal incandescente en estado líquido que constituye casi un tercio de la masa total de nuestro planeta. ¿Cómo lograr que salga despedido hacia el Sol? ¿A puro chorro y a toda presión por el mismo agujero por el que fue introducida la bomba? Pues entonces habrá que esperar a mediodía, ¿no? Justamente para que la Tierra salga despedida en sentido contrario, como si de una gigantesca arma de fuego se tratara. Pues no, no es así. La lógica no siempre funciona en las películas de ciencia ficción, mis queridos amigos. En efecto, los retorcidos daleks pretenden, una vez extraído el núcleo metálico terrestre, introducir en su lugar una especie de motor con el que controlar el desplazamiento de la Tierra por las insondables profundidades del proceloso océano interestelar. Escuchemos la voz de los sibilinos seres atrapados en generosos saleros metálicos (los guiones separadores de sílabas son míos para dar sensación de voz robótica):

- El nú-cle-o ex-te-rior del pla-ne-ta ha si-do pe-ne-tra-do...

- Pro-ce-dan a la co-lo-ca-ción de-fi-ni-ti-va de la cáp-su-la con ex-plo-si-vos [...]

- Cuan-do se ha-ya e-fec-tu-a-do la ex-trac-ción- del nú-cle-o mag-né-ti-co pi-lo-ta-re-mos es-te pla-ne-ta has-ta lle-var-lo jun-to al nues-tro y lo o-cu-pa-re-mos.

¡Genial! Una solución de lo más práctico. Mejor darse un viaje turístico de miles de años luz hasta otro planeta, capturarlo con un lazo y llevárselo de regreso que haber pilotado Skaro hasta la Tierra. Claro que siempre queda la opción de que su mundo de origen no posea un núcleo magnético que destripar para ser cabalgado a gusto.


Pero volvamos a la cuestión. La única esperanza que le queda a nuestro mundo es la inteligencia del doctor. ¿Cómo resolverá éste el acuciante problema que nos aguarda? Pues los que me conocéis, supongo que no tendréis ninguna duda al respecto. ¿Cómo se arreglan los efectos de un bombazo en una película? ¡Exacto! Con otro bombazo similar o más potente. Escuchemos de nuevo las explicaciones del sabio doctor. Os van a encantar:

- [Señalando en un mapa del interior de la mina excavada por los daleks] Este es el pozo principal excavado por los daleks. Conduce directamente a la fractura. Aquí al lado se encuentra el pozo original de la antigua mina que conduce al punto de reunión de la influencia magnética de los polos norte y sur.

- Ahora este pozo está cerrado.

- Sí, sí, sí, sí, pero si pudiéramos desviar su bomba hacia la antigua mina, el campo magnético así liberado sería lo suficientemente potente como para succionar a los daleks hacia el centro de la Tierra.

Así pues, el plan consiste en que la bomba (como ya os lo había advertido) sea detonada en otro sitio diferente al previsto inicialmente por los mezquinos alienígenas, pero que estalle, de todas formas (despreciar la pirotecnia en el cine no está demasiado bien visto). De esta guisa, la energía magnética liberada será tal que actuando sin compasión sobre las metálicas estructuras corporales de los daleks, éstos se verán irremediablemente arrastrados a las profundidades de nuestro planeta, donde acabarán reuniéndose con el núcleo del que malvadamente pretendían despojarnos. Y es que la influencia magnética de los polos norte y sur es de lo peorcito que te puedes encontrar en tu periplo hacia el centro de la Tierra, a no ser que decidas viajar en compañía del profesor Lidenbrock y sus amigos. Cierto es que el campo magnético terrestre es un gran desconocido, pero de aquí a que se convierta en una especie de aspiradora capaz de llevarse selectivamente los corpachones metálicos de despiadados alienígenas desdeñando el resto de objetos semejantes, va un mundo (nunca mejor dicho...).

No quiero finalizar sin exponeros un detalle fantástico en el que reparé la tercera vez que ví la película. Voy con ello. Cuando los daleks se disponen a soltar la bomba por el orificio practicado en la corteza terrestre y sin entender demasiado bien el motivo, deciden disponer una emocionante "cuenta atrás", similar a la de cualquier lanzamiento de una misión espacial. Pues bien, en un alarde de originalidad lingüistica, los daleks nos muestran que su física, evidentemente, es distinta a la de los terrícolas y que las unidades en que miden el tiempo no son ni los segundos, ni los minutos ni las horas. No, lo suyo son los "rels". Y, claro, como no podía ser de otra forma, disponen de un cronómetro debidamente calibrado en esta unidad temporal. Lo más curioso es que cuando el reloj se pone finalmente en marcha, los rels daleksianos parecen transcurrir casi al mismo ritmo que los segundos terrestres, no habiendo diferencia apreciable entre ambos. La Tierra dispone, entonces, de muy poco tiempo ya que, en voz de los robots:

- La bom-ba es-tá pro-gra-ma-da. El lan-za-mien-to se-rá a 20 rels y la de-to-na-ción a 50 rels.

- Sí-gan-me ha-cia la na-ve cuan-do el in-di-ca-dor mar-que 40 rels.


Si repasáis un poquito las cosas que antes se estudiaban en el colegio, no os costará recordar el tiempo que nos llevaría un hipotético viaje a través de un diámetro terrestre si nos dejásemos caer libremente por un túnel practicado a tal efecto. Entonces tampoco os llevará demasiado esfuerzo juzgar lo razonable de la propuesta de los daleks, siempre que tomemos los "rels" como segundos, pues en un lapso de 30 la bomba no habrá recorrido una distancia apreciable en su pretendido camino hacia el núcleo magnético. Aunque lo mejor de todo es que cuando el plan del doctor surte, afortunadamente, efecto y el artefacto explosivo es desviado de su rumbo, en lugar de caer libremente (lo que supondría la forma óptima de hacerlo si se pretendiese que el tiempo empleado fuera mínimo, contando por supuesto con la ausencia absoluta de aire para que la fricción tampoco influyese en la velocidad de caída) se precipita nada vertiginosamente por... ¡un puto plano inclinado! 


Fuentes:

Mi puto cerebro, Sergio L. Palacios (Ph. D.), Journal of mental taraos and absolutely superior intelects, Vol. 69, p. 69-96. November 2014.

Si el Sol se está contrayendo, la Física se caga en los creacionistas


Una de las cantinelas más repetidas por parte de algunos creacionistas es la que tiene que ver con la edad de la Tierra. Para estos seres dotados de un especial entendimiento de los pasajes de la Biblia, nuestro planeta fue creado por Dios hace apenas unos pocos miles de años. Para justificar su afirmación recurren a argumentos que van en contra de las evidencias científicas conocidas acerca de los registros fósiles, los procesos radiactivos y alguna que otra. Una de las más estrambóticas y también más antiguas, siempre a mi juicio, está relacionada con la disminución progresiva del tamaño del Sol, el astro que nos da la vida, gracias a Dios.

Veréis, probad a echarle un vistazo a este artículo publicado en el año 1980 en la web del Institute for Creation Research. Allí se afirma que el diámetro de nuestra estrella se está contrayendo a razón de 1,5 metros cada hora y, por lo tanto, de haberse mantenido constante este ritmo, hace algo menos de 23 millones de años, el Sol presentaba un radio aproximado igual al de la órbita de la Tierra, es decir, 150 millones de kilómetros. La consecuencia lógica es que nuestro planeta no podía existir y su edad, en consecuencia, no puede ser mayor de esos 23 millones de años. En realidad, debería ser bastante inferior, pues las altas temperaturas por tener tan cerca al Sol no serían aptas para la vida durante gran parte de ese tiempo.

Puede que a muchos de vosotros, gente razonable que no cree en paparruchas, os parezca una pérdida de tiempo discutir acerca de las exóticas ideas de estos personajillos ociosos que no dominan ni el conocimiento más mínimo de la física elemental. Claro que siempre nos podrán decir que la física también está equivocada (en cuyo caso yo llevo 25 años estafando al estado que me paga relativamente bien a final de mes, y a mis estudiantes, enseñando mentiras como la copa del mojón de un elefante africano) y echarán por tierra cuantos argumentos se les proporcionen de forma altruista, como yo mismo me dispongo a hacer inmediatamente. Pero es lo que hay y ya que no tengo nada más importante que hacer en estos momentos, pues qué demonios (huy, perdón), pasemos un rato aprendiendo algo, que tampoco viene mal si algún estudiante de bachillerato le da por leer esta entrada. Así que manos a la obra y prestad atención. Será breve porque el nivel de tontería es tan grande que se desmonta en un par de párrafos.

Bien, veamos. Admitamos por un momento que los creacionistas tienen razón y el Sol está reduciendo su tamaño a razón de 1,5 metros por hora. Si la física newtoniana (la que se estudia en el instituto o en el cole y luego ya no se recuerda en la universidad) no está equivocada, entonces dicha contracción deberá ir acompañada del correspondiente incremento en su energía potencial gravitatoria, una cantidad que es directamente proporcional al cuadrado de la masa del Sol e inversamente proporcional a su radio. Si se supone que la masa de la estrella permanece prácticamente sin modificar durante el proceso, resulta que la energía potencial antes aludida debe ser liberada en forma de radiación luminosa (siempre que se cumpla la ley de conservación de la energía, claro, cosa harto discutible para los creacionistas). Un cálculo elemental arroja que la luminosidad del Sol debería incrementarse desde los actuales 383 cuatrillones de watts hasta los 69.200 cuatrillones de watts, es decir, un factor 180.

Si el cálculo anterior resultase correcto, que lo es, y tuviésemos en cuenta que el 30 % de la radiación solar que llega a la Tierra es devuelta por ésta al espacio debido al efecto albedo, solamente habría que aplicar la ley de Stefan-Boltzmann que tantas veces hemos visto por estos lares, para llegar a la conclusión evidente y trivial de que la temperatura que alcanzaría nuestro planeta sería de 659 ºC, casi 60 grados por encima del punto de fusión del plomo. En estas condiciones, ni Dios sería capaz de mantener al ser humano con vida. ¡Anda, mira qué frase tan simpática me ha salido!

Pero no terminan aquí los argumentos en contra de la contracción solar. Si, análogamente, dedicásemos 30 segundos a determinar el incremento de la temperatura en la superficie del Sol que debería producirse con el fin de dar cuenta de la nueva luminosidad, el cálculo arrojaría un resultado ciertamente sorprendente: unos 21.000 grados (poco importa que sean centígrados o kelvin, os lo puedo asegurar), en contraste con los 5.800 kelvin que observamos actualmente (a no ser que los instrumentos también nos estén engañando). Con semejante temperatura superficial podemos emplear la célebre ley de Wien (comprobada en cientos de ocasiones) para estimar la longitud de onda a la que el Sol emitiría preferentemente las radiaciones electromagnéticas al espacio. Pues bien, dicha longitud de onda caería en los 137 nanómetros, esto es, en la región ultravioleta del espectro y no en los 500 nanómetros del rango visible que indican, una vez más, nuestros mejores instrumentos (y que hacen que veamos a nuestra estrella con ese precioso color amarillento). ¿Habrá querido Dios, en su infinita bondad y misericordia, que el melanoma nos lleve a todos al Cielo? ¿O, en su infinita sabiduría, habrá dispuesto una capa de ozono bien gorda?



Fuente original:
The solar contract? M. Bayliss, P. Dodd, F. Kettle, T. Sukaitis and A. Webb. Journal of Physics Special Topics, Vol. 10, No. 1, 2011.


El escorbuto: la pequeña gran historia de una enfermedad terrible (5ª parte)

A principios del siglo XIX, la Armada Británica consumía doscientos veinticinco mil litros anuales de limón exprimido. Entre 1795 y 1814 se entregaron más de cuatro millones quinientos mil litros de limón exprimido a los buques de la Armada Británica. En 1799 la ración diaria de limón exprimido se convirtió en una provisión oficial para todos los buques de la Armada, gracias a la insistencia del director médico de la flota del Canal, Thomas Trotter, y a la presión constante de Gilbert Blane. Se trataba de un recurso caro, pero sus beneficios excedían con creces el coste. En sí, la dosis diaria de 22 mililitros de limón exprimido apenas bastaba para prevenir el escorbuto, si los marineros no consumían además otros alimentos frescos. Pero al sustituir los limones por limas (con una tercera parte del contenido vitamínico o menos, dependiendo del proceso de producción y envasado), la enfermedad estaba predestinada a reaparecer en las expediciones y viajes largos.

El zumo se conservaba en barriles taponados bajo una capa protectora de aceite de oliva que, aunque no ofrecía una protección perfecta durante períodos prolongados, permitía la conservación de suficiente ácido ascórbico para combatir los avances del escorbuto. A su vez, los limones frescos se conservaban en sal, envueltos en papel y almacenados en cajas ligeras, o se guardaban en salmuera o aceite de oliva, para que el cocinero o el ayudante del médico los exprimieran a bordo y los añadieran al grog.

Se sabe que el mismísimo almirante Horatio Nelson compró provisiones adicionales de limón exprimido, además de las raciones entregadas por el Almirantazgo. A pesar de los meses que pasaron en alta mar, prácticamente sin poner un pie en tierra, los marineros ingleses que participaron en la batalla de Trafalgar no padecieron escorbuto. El bloqueo era la única defensa contra los ejércitos de Napoleón y la flota no habría podido cumplir con su deber si los buques hubieran tenido que regresar continuamente a puerto, para dejar a los marineros escorbúticos en el hospital. De hecho, Blane calculó que de haber continuado a lo largo de los veintidós años del conflicto con Francia la severa mortandad sufrida por los marineros británicos durante la Guerra de la Independencia Norteamericana, la Armada se habría quedado sin tripulantes.

Por otro lado, hay evidencia de que tanto los franceses como los españoles también conocían los poderes antiescorbúticos de los cítricos, pero carecían de la voluntad política para llevar a cabo una reforma estructural y aplicar el remedio. En la década de 1850, las tropas francesas sufrieron los estragos del escorbuto durante su campaña militar con los ingleses y los turcos contra Rusia, en la Guerra de Crimea. El escorbuto también hizo acto de presencia en varias expediciones polares y a la Antártida, además de acabar sin duda con muchos esclavos transportados desde África al continente americano en buques de carga.

También fue una presencia habitual entre los efectivos de la Guerra Civil de los Estados Unidos, de 1861 a 1865. Proliferó durante la fiebre del oro en California, de 1848 a 1850, y reapareció a finales del siglo XIX entre las familias acomodadas de Europa y Norteamérica, cuando se impuso entre las damas de sociedad la moda de no dar el pecho, sino emplear los recién inventados biberones de leche condensada, o al destetar a los bebés para alimentarles a base de avena u otros cereales en puré. A diferencia de la leche materna, la leche condensada no contenía vitamina C y a menudo los síntomas de los bebés se diagnosticaron de forma errónea, como si fueran casos de raquitismo.

Cada brote de la enfermedad generaba nuevas teorías que trataban de identificar su causa: la falta de proteína o de potasio, infecciones bacterianas, un exceso de acidez en la sangre, intoxicación por tomaína producida por las carnes enlatadas, una temperatura excesiva durante la esterilización de la leche, intoxicaciones autoinducidas por bloqueos intestinales, etc.

El eterno debate no se pudo resolver hasta principios del siglo XX, cuando los últimos hallazgos en el campo de la nutrición indicaron la existencia de un factor negativo en el desarrollo del escorbuto, es decir, que la enfermedad se debía a la carencia de algún elemento.

Entre 1907 y 1912, dos investigadores noruegos, Axel Holst y Theodor Frolich, descubrieron que al alimentar a las cobayas con un régimen exclusivamente a base de cereales, éstas desarrollaban síntomas similares a los del escorbuto y fallecían. Los investigadores demostraron que al suplir la dieta de las cobayas con fruta y verduras frescas, los mismos alimentos que se consideraban antiescorbúticos para los humanos, desaparecían los síntomas de la dolencia. Teniendo en cuenta que prácticamente todos los animales generan de forma endógena su propia dosis diaria de ácido ascórbico y son inmunes al escorbuto, Holst y Frolich fueron extraordinariamente afortunados al emplear cobayas. En no pocas ocasiones a lo largo de la Historia la diosa fortuna ha intervenido a la hora de llevarse a cabo un descubrimiento científico relevante.

Sin embargo, el agente antiescorbútico no se logró aislar hasta bien avanzado el siglo XX, concretamente en el año 1932, y con no poca controversia. El científico húngaro Albert Szent-Györgyi fue posteriormente reconocido como su descubridor. Szent-Györgyi bautizó el componente con el nombre de ácido hexurónico, aunque más adelante se cambió este nombre por el de ácido ascórbico, debido precisamente a sus propiedades antiescorbúticas. 

En 1933 un equipo suizo dirigido por Tadeus Reichstein y otro equipo inglés, dirigido por Sir Norman Haworth, lograron paralelamente descifrar y comprender la estructura molecular del ácido. En 1937 Szent-Györgyi recibió el premio Nobel de fisiología y medicina, mientras que Haworth recibió el de química, compartido con Paul Karrer,  por sus estudios sobre los hidratos de carbono y la vitamina C. Reichstein desarrolló un método para sintetizar a nivel industrial el ácido y, en la actualidad, la vitamina C es un aditivo empleado en muchos alimentos. Se le otorgó el Nobel de fisiología y medicina en el año 1950.

Pero a pesar de la existencia del ácido ascórbico sintético y de los alimentos enriquecidos con vitamina C, que tanto proliferan en la actualidad (tan sólo hay que acercarse a cualquier supermercado y echar un vistazo a las etiquetas de los productos alimentarios) el escorbuto no desaparecerá jamás. No existe vacuna conocida capaz de erradicar la enfermedad y reaparecerá cada vez que la alimentación no contenga la dosis suficiente de ácido ascórbico. Es el precio que debemos pagar como seres humanos. Incluso en las sociedades prósperas del mundo occidental, el escorbuto sigue reapareciendo aún de cuando en cuando entre quienes se alimentan exclusivamente de comida basura o carecen de una dieta debidamente equilibrada.


Refiriéndose a la erradicación del escorbuto, tras la introducción de una ración diaria de limón exprimido en 1795, Gilbert Blane escribió que "no creo que exista en todo el campo de las acciones humanas un mejor ejemplo de los beneficios prácticos que proporciona el conocimiento progresivo para fomentar los intereses de la Humanidad y de la Ciencia; la Ciencia ejerce su influencia benéfica y, a la vez, dignifica a todas las artes aplicadas; asimismo, no existe mejor demostración de que la opción humanitaria, al igual que todas las virtudes morales, siempre es la mejor política."

El escorbuto: la pequeña gran historia de una enfermedad terrible (4ª parte)

A principios de 1768, la Royal Society propuso una misión conjunta con la Armada Británica al sur del Pacífico y eligieron como capitán a un joven de mentalidad científica, recién ascendido a teniente de navío, llamado James Cook. Los objetivos de la misión eran tres: el descubrimiento e incorporación de nuevos territorios, el registro de fenómenos astronómicos y, quizá el más importante, la comprobación rigurosa de una amplia gama de antiescorbúticos.

Como parte de los esfuerzos del Almirantazgo por hallar un remedio para el escorbuto, el Endeavour, el navío de Cook, llevaba a bordo una extensa gama de productos que supuestamente combatían la enfermedad. El catálogo incluía prácticamente todas las propuestas serias realizadas por la comunidad médica hasta la fecha: barriles de malta, col fermentada, confitura de zanahoria, mostaza, sopa portátil, agua destilada y una pequeña cantidad del rob concentrado de James Lind, a base de limones y naranjas, guardado bajo llave por el joven naturalista Joseph Banks, por su elevado valor.

El Ministerio de Marina tenía un especial interés en que Cook probara el wort fermentado de malta, pues si se demostraba su eficacia constituiría una solución barata y sencilla para el problema del escorbuto. La razón era que Sir John Pringle, que se convertiría muy pronto en presidente de la Royal Society era un ferviente defensor del remedio.

Tras este primer viaje, el Endeavour llegaba a puerto el 12 de junio de 1771. Unos marineros agotados pisaban su tierra natal tras dos años y nueve meses y medio de viaje. No había muerto ni un solo tripulante a causa del escorbuto. Y no sólo esto, sino que a su regreso triunfal a Inglaterra del tercer viaje por el Pacífico, en julio de 1775, había pasado casi siete años consecutivos explorando las antípodas del globo sin perder un solo hombre por la terrible enfermedad. Cook fue aclamado en toda Europa.


Parecía que el Almirantazgo ya no tendría que contar a partir de ahora con una mortandad del cincuenta por ciento o más que frustraba una y otra vez las expectativas de éxito de tantas y tantas misiones estratégicas y caras por todo el mundo. Lamentablemente, no se pusieron en práctica en otros buques ninguna de las medidas empleadas durante los viajes del capitán Cook.

Banks anotó en su diario que aunque consumía medio litro de wort o más cada noche, empezó a desarrollar los síntomas del escorbuto. Entonces recurrió al limón. Cada vez que tomaba una bebida alcohóloca, la combinaba con zumo de limón hasta llegar a tomar casi seis onzas de zumo por día; el efecto fue sorprendente, en menos de una semana sus encías estaban tan firmes como siempre. El Almirantazgo sólo le había proporcionado unos doce litros del valioso elixir (además de una pequeña cantidad de rob), de modo que no repartió el zumo entre los tripulantes, excepto en pequeñas dosis y en circunstancias extremas. El informe de Banks revela sus sospechas de que la malta no tenía mucho efecto contra el escorbuto. Aún más revelador es el hecho de que al sentir los primeros síntomas del escorbuto, los primeros productos a los que recurrió fueron el zumo y el rob. Es más que probable que Banks hubiese leído los trabajos de otros médicos y llegase a aceptar las propiedades antiescorbúticas del wort, si bien antes había declarado que a pesar de ingerir wort de malta a diario, había mostrado síntomas de escorbuto. Banks, al igual que Lind, se vio claramente influenciado por la moda científica de su época.

Por su parte, Cook era de la opinión de que el aceite contribuía al escorbuto y proponía eliminar de la dieta de los marineros productos grasos como la mantequilla y el queso. También eran muy comunes las declaraciones y opiniones confusas y contradictorias entre sí sobre el rob y el wort. A pesar de todo ello, es digno de destacar que el galardón más prestigioso con el que se condecoró a James Cook, la medalla de oro Copley de la Royal Society, no le fue entregada por sus descubrimientos geográficos ni por sus victorias militares, sino por su hazaña médica.

Pero el problema del escorbuto persistía, en parte debido a que no resultaba sencillo reproducir en los buques de guerra de la Armada las mismas condiciones de higiene y alimentación aplicadas a bordo de los navíos de Cook ya que los viajes de éste no habían sido aventuras militares sino misiones de ciencia y exploración, con objetivos completamente diferentes a los bélicos.

Cook también cometió errores y nunca tuvo claro cuáles de los alimentos y productos empleados eran realmente efectivos. Pringle se aprovechó de los viajes de Cook para reclamar las supuestas virtudes del wort de malta como antiescorbútico, aunque puede que Pringle tergiversara los informes de Cook para favorecer el wort frente al rob de limón propuesto por James Lind. En realidad, Cook jamás emitió una opinión inequívoca a favor o en contra del wort de malta. Sin embargo, esta posición de ambigüedad, según algunos historiadores, fue un error desastroso y condenó a miles de marineros a morir en las décadas siguientes.

El siguiente personaje en nuestra historia es Sir Gilbert Blane. Blane había leído muchos de los tratados médicos más conocidos de su época. Recomendaba mejorar las condiciones de limpieza a bordo de las grandes embarcaciones, lavar frecuentemente la ropa y las hamacas de los marineros, evacuar a los pacientes infecciosos a algún hospital y, lo más importante, incluir el zumo de cítricos y el wort de malta como suplementos alimenticios diarios, siguiendo lo que él interpretaba que eran las recomendaciones de Lind y Cook, respectivamente. Igualmente, estableció el uso obligatorio de jabón en los buques y el suministro de medicamentos gratuitos a los médicos navales (hasta entonces tenían que comprarlos ellos mismos con su exiguo salario y, a menudo, esto provocaba una falta de medicamentos a bordo).

Hacía tiempo que se sabía que durante la temporada de huracanes aumentaban las fiebres, mientras que el escorbuto se duplicaba a finales del invierno y principios de primavera, para descender de nuevo en junio, cuando era más fácil conseguir alimentos frescos. Blane informó que la tasa anual de mortalidad causada por enfermedades en la flota era de uno entre siete, mientras que los casos de escorbuto superaban en número a todas las otras enfermedades combinadas. Se dio cuenta de que se podía prevenir o curar de forma infalible con fruta y verduras, especialmente con naranjas, limones y limas, éstas últimas mucho más fáciles de conseguir de las colonias británicas en el Caribe. Al fin, refiriéndose al infame wort de malta, uno de los principales antiescorbúticos suministrados por la Armada, escribió que sus virtudes eran tan inapreciables que decidió dejar de emplearlo.

El gran mérito de Blane consistió en lograr que administraran el zumo a diario, como medida preventiva; comprendió la necesidad de suplir las reservas de ácido ascórbico en el organismo a medida que se agotaban, en vez de esperar a que se manifestaran los síntomas de escorbuto antes de administrar un remedio. Su prescripción: 19 mililitros de zumo de limón mezclados con azúcar se añadían a la ración diaria de grog de cada marinero.

Aunque sus argumentos a favor de los alimentos frescos, los limones y limas y una mejora de la higiene a bordo deberían haber resultado convincentes, los almirantes del Ministerio hicieron caso omiso. En 1783, la mortandad en los buques bajo su supervisión médica se había reducido de uno entre siete a uno entre veinte, según sus propios cálculos.


En la última década del siglo XVIII muchos otros habían propuesto soluciones similares, pero ninguno de ellos gozaba de la posición social de Blane que le permitiese reunirse en persona con miembros importantes de la jerarquía naval. No cabe duda de que debió de haber no pocos médicos navales ofendidos cuando se atribuyó a Sir Gilbert Blane todo el mérito de una idea bastante extendida, aunque poco apreciada.

Sólo tras la renuncia y la muerte de Sir John Pringle se despejó el camino y pudo Blane defender el empleo de antiescorbúticos más efectivos. Con la desaparición de la perniciosa influencia de Pringle, se fue, asimismo, entre la comunidad científica el apoyo por el wort de malta.

A finales de la década de 1790 y principios del siglo XIX, el escorbuto ya no suponía una amenaza para la Armada Británica. Se había reducido a la categoría de espectro amenazador, que sólo había reaparecido en contadísimas ocasiones desde que Blane convenciera en 1795 al Almirantazgo de repartir una dosis diaria de limón exprimido como medida preventiva... (continuará)


El Tercer Precog y la carrera hacia los X Premios Bitácoras


En el año 2006 comencé a escribir un blog que se llamaba Física en la Ciencia Ficción, que algunos de los que aún me seguís leyendo seguramente recordéis. Nació como resultado del material que iba acumulando en la asignatura homónima que llegué a impartir durante 9 cursos consecutivos en mi universidad.

El blog estaba enfocado principalmente a la divulgación y enseñanza de la física pero haciendo algo hasta aquella fecha muy poco visto y escasamente conocido: el empleo como recurso didáctico de la literatura y el cine de ciencia ficción.

El blog fue evolucionando poco a poco hasta que en el año 2010 era lo suficientemente conocido y popular como para que su autor, un servidor, decidiese presentarse a los míticos Premios Bitácoras. Además, decidí que ya que el blog tenía una carga muy importante de docencia y que había surgido de mi particular forma de enseñar física en la universidad podía optar al galardón en dos categorías diferentes: la de Mejor Blog de Educación y Mejor Blog de Ciencia.

Ni corto ni perezoso me presenté en ambas categorías, llegando a ser finalista en ambas. Hasta que el día de la entrega vino la desilusión y la decepción: segundo puesto en Educación y tercer puesto en Ciencia, donde me vencieron dos gigantes como Naukas y Genciencia, ambos blogs colaborativos con numerosos colaboradores.

Tras muchos avatares, en el año 2013 decidí bajar la persiana de Física en la Ciencia Ficción Plus (nombre en el que evolucionó el blog original, para poder hablar de algo más que física y ciencia ficción). Unos meses después, decidí volver a la carga y di a luz El Tercer Precog, en el que sigo publicando artículos anteriores de FCF junto con otros inéditos y originales.

Este año me siento fuerte y aunque sé casi con seguridad absoluta que no tengo ninguna posibilidad, he decidido finalmente presentarme de nuevo a los Premios Bitácoras, ahora en su 10º aniversario. Por una sencilla razón: creo que los Premios me deben algo que me quitaron hace ahora cuatro años.


Si consideráis que soy merecedor de tal reconocimiento, a la derecha del blog, en la parte superior, tenéis un botón donde podéis votar a El Tercer Precog como Mejor Blog de Ciencia (he decidido no presentarme en la categoría de Educación, para no dispersar el voto de forma innecesaria).

En las tres primeras semanas de votaciones, El Tercer Precog ha pasado de no aparecer siquiera clasificado, al puesto 26º y, actualmente, se encuentra ocupando el lugar 12º. Y me he alegrado bastante, no os quiero engañar. Pero aún falta muchísimo para quedar entre los tres finalistas.

Si queréis contribuir a que se haga la mencionada justicia o consideráis que este blog merece un reconocimiento después de más de 8 años de trabajo de su autor, os ruego que le deis al botoncito y hagáis el mundo de la divulgación un poco más justo. Yo, por mi parte, seguiré insistiendo.

¡¡Muchas gracias a todos por estar ahí, leyendo!!