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Los tubos neumáticos de Futurama

Philip J. Fry es un atontado repartidor de pizzas a domicilio que tiene problemas en su trabajo y ha sido abandonado por su novia el mismo día de nochevieja de 1999. Cuando se dispone a hacer su última entrega del año, una broma pesada le lleva hasta unos laboratorios de criogenia. Allí se introduce accidentalmente en una de las cámaras preservadoras, quedando atrapado nada menos que mil años. Cuando se despierta se encuentra en la nochevieja del año 2999, en una ciudad completamente desconocida: los viajes espaciales se han convertido en algo habitual, las cabezas parlantes de personajes célebres se conservan en frascos, los robots pululan por doquier y la gente se desplaza por toda la ciudad gracias a unos tubos neumáticos la mar de eficientes.

Aunque en la actualidad los tubos neumáticos son utilizados para transportar objetos pequeños, como dinero en algunos hipermercados, lo cierto es que podríamos plantearnos si tal posibilidad sería realizable a la hora de "mover" personas de un punto a otro de una ciudad atestada de tráfico. Veamos cuál es el fundamento de uno de estos tubos neumáticos, más sencillo que el mecanismo cerebral que controla el ansia cervecera de Bender.

Si alguna vez habéis bebido un refresco, batido o cualquier otro líquido con ayuda de una pajita, os habréis dado cuenta de que lo único que estáis haciendo es producir una diferencia de presiones entre los dos extremos de la misma. Así, al succionar el aire por uno de los lados, la presión aquí disminuye con respecto a la del opuesto, siendo la propia presión en el líquido, asistida por la inestimable ayuda de la presión atmosférica, la que empuja la bebida hacia nuestra boca, donde es recibida con entusiasmo. Pues bien, este mismo fundamento que os acabo de describir es el que explica la forma de operar de un tubo neumático como el que se emplea en la serie de animación Futurama, a la que se refiere, como ya habréis adivinado todos, el primer párrafo. Se trata, pues, de generar una diferencia de presiones entre la cabeza y los pies de una persona que sea capaz de contrarrestar el peso de ésta y la fuerza de fricción o rozamiento con el aire del interior del tubo. Veámoslo un poco más detenidamente y distingamos tres casos diferentes:


1.- Sube que te sube

Cuando Bender, por ejemplo, quiere viajar en sentido ascendente, actúan cuatro fuerzas sobre él. En primer lugar su propio peso, que tira hacia abajo de su brillante culo metálico; después la fricción con el aire, también hacia abajo; y, por último, la fuerza debida a la presión del aire, que actúa sobre los pies del robot (empujándole hacia arriba) así como sobre su cabeza (empujándole hacia abajo). Pues bien, llegados a este punto, la segunda ley de Newton nos dice que la suma total de esas cuatro fuerzas debe ser igual al producto de la masa de Bender por su aceleración en el sentido del movimiento. Y aquí conviene aclarar un punto.

En efecto, la fricción con el aire del interior del tubo es una fuerza que varía con la velocidad de la persona que se desplaza por él (además, también lo hace con el área del cuerpo enfrentada con el aire, la densidad de éste y la postura particular adoptada: no es igual estar de pie que en cuclillas, por ejemplo), hecho que dificulta el cálculo que pretendemos, que no es otro que el valor de la caída de presión necesaria para que se mueva nuestro pasajero. Pues bien, cuando un cuerpo se mueve en el interior de un fluido y está influenciado por una fuerza de rozamiento viscoso que depende de la velocidad, se puede demostrar que llega un momento en que dicho cuerpo alcanza una velocidad máxima, denominada velocidad límite o velocidad terminal, manteniéndola a partir de entonces. Gracias a este fenómeno se puede hacer nula la aceleración que aparece en la segunda ley de Newton aludida anteriormente, así como determinar el valor concreto de la velocidad terminal, que resulta ser de unos 310 km/h para una persona de 75 kg. No debe de resultar demasiado agradable pero, en fin, seguro que el profesor Farnsworth tiene alguna solución al respecto. En cuanto a la diferencia de presiones entre los pies y la cabeza del arriesgado pasajero, ésta alcanzaría nada menos que unos 10,9 kPa (la presión atmosférica normal es de 101,3 kPa). Esto significa que el extremo del tubo que nos succiona debe tener una bomba capaz de reducir la presión del aire hasta los 90,4 kPa.


2.- Baja que te baja

Este caso particular no requiere de física demasiado avanzada, pues simplemente hay que dejarse llevar por la gravedad, es decir, que no haría falta mantener diferencia de presiones alguna entre los dos extremos del tubo neumático.


3.- Manteniendo la horizontal

Si se procede de forma análoga al primer caso (siempre que admitamos que el pasajero no caiga en el interior del tubo y se golpee con la pared inferior del mismo) las restricciones no son tan severas, ya que ahora la succión no debe contrarrestar el peso de la persona, al estar ésta en posición horizontal. Así, la nueva diferencia de presiones sería únicamente la mitad de la requerida en el movimiento de ascenso vertical, unos 5,45 kPa o, equivalentemente, un valor absoluto de la presión de succión de 95,85 kPa.

Esperemos que la tecnología de dentro de mil años haya sabido resolver la cuestión de las curvas y cambios de sentido, con bombas suficientemente inteligentes. Las de ahora sólo matan...



Fuente original:
Tubular Travel. S. Clapton, C. Meredith and D. Boulderstone. Journal of Physics Special Topics, Vol. 9, No. 1, 2010.


¿Podrías correr más rápido que la puesta de sol?


Episodio 2º de la primera temporada de la serie de TV Futurama. Nuestros intrépidos protagonistas Fry, Leela, Bender y Amy se encuentran cumpliendo una de sus misiones de transporte de mercancías en la Luna, donde se ha instalado un asombroso parque temático en un ambiente paraterraformado.

Mientras Amy trata de recuperar las llaves de la nave que han sido extraviadas, Leela y Fry deciden hacer una pequeña excursión por la superficie de la Luna. Tras precipitarse con su rover al fondo de una sima y después de darse cuenta de que sus tanques de oxígeno casi se han agotado, consiguen llegar desesperadamente a una granja donde un extraño individuo convive con sus tres hijas robot. Y, claro, como la curiosidad mató al gato, el siempre pendenciero Bender se acerca también por las inmediaciones de la granja y trata de seducir a una de sus congéneres, con el consiguiente enfado de su papá humano. Éste acusa a los tres de tamaña fechoría y comienza una enloquecida persecución por la superficie de nuestro satélite.

En un momento dado, nuestros amigos, que huyen a pie, se dan cuenta de que la noche lunar se acerca a toda velocidad. Aterrorizados por la posibilidad de morir congelados echan a correr a todo lo que dan sus piernas. ¿Tienen alguna posibilidad real de eludir una muerte cruel y heladora?


Veamos, todos hemos escuchado, en una u otra ocasión, que la Luna siempre muestra la misma cara a nuestro planeta. Esto sucede porque el tiempo que emplea nuestro único satélite natural en describir una órbita completa alrededor de la Tierra es prácticamente idéntico al tiempo invertido en dar una vuelta en torno a su propio eje. Dicho de otra manera, los períodos de rotación y traslación alrededor de la Tierra son iguales: aproximadamente, unos 27 días, 7 horas y 44 minutos.

Ahora bien, ¿cómo saber si la gélida noche lunar alcanzará sin remedio a nuestros amigos? Pues nada más fácil, ya que para que tal hecho suceda debe cumplirse que la velocidad de rotación de la Luna (que coincidirá con la velocidad a la que la sombra recorre la superficie lunar o, más rigurosamente, el terminador, la zona que delimita la región entre sol y sombra, entre noche y día) debe ser mayor que la velocidad a la que pueden correr Leela, Bender y Fry. ¿Cuál es entonces la velocidad de rotación de la Luna alrededor de su eje? Consultemos la voz sagrada de la Wikipedia.


Nuestro vecino selenita es un cuerpo celeste de unos 3476 km de diámetro en el ecuador. Como tarda más o menos 27,3 días en completar una revolución, esto significa que si dividimos la longitud del ecuador (pi veces el valor del diámetro) por el tiempo empleado, tendremos la velocidad buscada. En nuestro caso: 16,7 km/h. Así pues, a esta velocidad deberán galopar, como mínimo, los intrépidos violadores de hijas robot. Difícil, pero no imposible. Más problemático, en cambio, podría resultar, la falta de oxígeno a la hora de respirar a un ritmo capaz de compensar el enorme gasto metabólico que requiere desplazarse con una velocidad comparable a la mitad del valor de la velocidad máxima a la que llega a correr un atleta de élite los 100 metros lisos.

Por otro lado, nuestros amigos podrían tener más fácil lograr su hazaña si se desplazasen por la superficie de otros cuerpos del sistema solar, como Mercurio, donde la velocidad de rotación ecuatorial ronda tan sólo los 10,9 km/h. De hecho, esta velocidad tan baja es aprovechada por Kim Stanley Robinson en su trilogía de Marte para situar en Mercurio un hábitat permanente situado a bordo de un tren cuyo recorrido siempre se encuentra a la sombra, lejos del alcance de los rayos solares que, sin duda, resultarían abrasadores y mortales para sus pasajeros.

Mucho más sencillo aún resultaría correr por la superficie del ecuador (la velocidad de rotación disminuye con el coseno de la latitud geográfica a medida que nos desplazamos hacia los polos del cuerpo celeste en cuestión) en el planeta Venus (suponiendo que obviamos sus condiciones de temperatura, presión, etc. absolutamente extremas) ya que allí la velocidad es de poco más de 6,5 km/h.

En cambio, cuando se determinan las velocidades ecuatoriales para otros cuerpos de nuestro sistema solar, la cosa se hace cada vez más difícil, casi siempre imposible. Así, para Titán, el mayor satélite de Saturno, es de 42,4 km/h; en Plutón 49 km/h; en Europa, uno de los cuatro satélites galileanos de Júpiter, asciende hasta los 115,4 km/h; en Marte se alcanzan los 867 km/h; nuestro propio planeta gira a más de 1670 km/h; Urano llega a los 9310 km/h; en Neptuno 9660 km/h; y en los dos gigantes gaseosos Júpiter y Saturno se llega a los 44920 km/h y 36064 km/h, respectivamente. Se necesitaría un transbordador espacial para escapar de la noche o del día, según se mire.



Podría ocurrírsenos recurrir a dar enormes saltos en lugar de correr. Sin embargo, para determinar si semejante táctica resultaría exitosa, habría que tener en cuenta la influencia del valor de la gravedad en cada cuerpo celeste considerado. Por ejemplo, en la superficie de la Luna, el valor del campo gravitatorio es casi seis veces inferior al terrestre. Los cálculos elementales que hace cualquier estudiante de bachillerato demuestran que, tanto la altura como la distancia horizontal alcanzadas en un salto, dependen inversamente del valor de la aceleración de la gravedad. En consecuencia, si fuésemos capaces de efectuar un salto de altura o uno de longitud con el mismo impulso y velocidad que en la Tierra (cosa que es absolutamente discutible), alcanzaríamos unas distancias seis veces mayores en comparación. Los records mundiales en la Luna rondarían los 14 metros para la altura y los 54 metros para la longitud. A pesar de ello, también se puede demostrar que el tiempo empleado en recorrer esas distancias, igualmente se multiplica por seis. No queda, entonces, nada claro, que los records de velocidad se modifiquen sustancialmente...