El futuro de nuestra mente (reseña)

Últimamente he leído y escuchado cada vez con mayor frecuencia opiniones en contra de algunas de las frecuentes intervenciones en los medios (radio, TV) del doctor Michio Kaku. En concreto, me refiero a aquellas intervenciones en las que el venerable profesor deja caer sus opiniones personales sobre temas espinosos o de dudosa reputación entre los científicos serios: percepción extrasensorial, extraterrestres, etc. Se le ha llegado a acusar de magufo y persona peligrosa para la ciencia y la divulgación.

Lo primero que tengo que decir es que todas esas opiniones me importan muy poco, pues yo nunca he visto esas intervenciones del profesor Kaku ni tengo interés alguno en verlas. El Youtube y revolver entre él todo el día para buscar chorradas no forma parte de mis pasatiempos, lo siento. Prefiero leer. Y los libros de Michio Kaku me parecen ACOJONANTES, como creo que ya sabéis de sobras. Esta es la divulgación que me interesa de Michio Kaku y no que desvaríe de vez en cuando en televisión o radio. Hasta el gran Stephen Hawking lo ha hecho y muchos científicos serios no dudarían un instante en chuparle la silla si le otorgasen el Premio Nobel de física un año de estos. Además, como divulgador, Hawking no le llega ni a la suela a Kaku. Por supuesto, esta es una opinión muy personal.

Dicho lo anterior, quiero dejar claro que aún no he leído un solo libro del profesor norteamericano de origen japonés en el que se afirmen cosas que no estén basadas en las leyes de la física conocida de forma rigurosa, lo cual no significa en absoluto que de vez en cuando se especule y en ocasiones puntuales incluso de forma un tanto "salvaje". Pero es que yo mantengo la opinión de que la divulgación de la ciencia debe tener ese punto de especulación atrevida, osada, rompedora, heterodoxa. He escuchado a personas que se rasgaban las vestiduras porque decían que el profesor Kaku ha afirmado que se han conseguido la telequinesia y la telepatía.

Si una de estas personas, que se llaman escépticos, no se molesta en comprobar de forma rigurosa lo que afirman puede parecer, en efecto, que el bueno de Michio Kaku es un loco, un magufo o un científico patético. Sin embargo, a poco que esas mismas personas se tomasen la pequeña "molestia" de leer el libro que hoy se reseña aquí, El futuro de nuestra mente, editado en España por Debate, se darían cuenta que Kaku tiene razón en lo que afirma. Lo malo es que casi todas las personas poco preparadas suelen entender términos como telequinesia o telepatía en el sentido que nos ha transmitido la ciencia ficción, tanto en el cine como en la literatura. Pero nada más lejos de la realidad. Estos fenómenos, aparentemente paranormales y, por tanto, fuera de la ciencia, cobran pleno sentido cuando se observan desde el punto de vista de las interfaces cerebro-ordenador. De esta manera, se puede, en cierto sentido, interpretar que alguien ha movido objetos con su mente o se ha comunicado con el cerebro de otra persona, "leyendo" su pensamiento (telequinesia y telepatía). Y es a esto a lo que se refiere Michio Kaku en el libro. Nuestro conocimiento actual de la neurociencia, aunque primitivo aún, más el desarrollo tecnológico, han hecho posible que personas impedidas física o mentalmente hayan podido llevar a cabo tareas que hace décadas podrían haber sido consideradas imposibles, increíbles o poco menos que paranormales.

Yo me considero una persona escéptica pero una cosa es ser escéptico y otra muy diferente es ser escéptico fundamentalista. Y este último es aquel a quien todo le huele a malaciencia, magufería. Estos escépticos de profesión sospechan de todo, pero es porque se quedan en lo superficial de las afirmaciones. Más aún, yo creo que muchos de ellos ya juzgan las declaraciones de quienes ellos consideran como magufos con prejuicios, influenciados por otros escépticos fundamentalistas y utilizando argumentos ad hominem. Me temo que al profesor Kaku ya mucha gente le juzga por cosas que ha dicho o sigue diciendo de vez en cuando. Y repito, lo que yo pretendo aquí es centrarme única y exclusivamente en lo que he leído en sus libros, donde él mismo advierte que todo cuanto afirma no viola en absoluto las leyes conocidas de la física. Que luego el autor extrapole lo que conocemos en la actualidad gracias a esas leyes a un futuro más o menos lejano no constituye ningún pecado ni ofensa científica. Intentar describir cómo podría ser el futuro no es lo mismo que echar las cartas o timarte con una bola de cristal. Futurólogo no es sinónimo de adivino.

Quiero finalizar haciendo una confesión. Si yo soy divulgador es gracias, en parte, al profesor Kaku. Su forma de contar las cosas, con un lenguaje claro, preciso, fácil de seguir y continuamente salpicado de referencias a la ciencia ficción siempre he intentado imitarlo, aunque con mi toque personal e intransferible. Sí, lo reconozco públicamente, yo lo hago mejor, no digo magufadas y encima conozco más referencias cinematográficas y literarias de ciencia ficción que él.


P.D. Con el cabreo y el entusiasmo mezclados a partes iguales se me ha olvidado reseñar el libro propiamente. Espero que me sepáis perdonar, pero si me leéis entre líneas creo que ya sabréis lo que opino del libro. Si me aceptáis tres solas palabras, os diré que es ACO-JO-NANTE. Y si os sabe a poco, podéis leer en este enlace una reseña muchísimo mejor de mi amigo escéptico no fundamentalista Dani Torregrosa. Estoy de acuerdo con ella cien por cien.


¿Cuánto tardarían los planetas en "caer" en línea recta hacia el Sol?

La probabilidad de que sucediese una hecatombe cósmica que tuviera como consecuencia la detención del movimiento de traslación alrededor del Sol de nuestro planeta, la Tierra, es increíblemente pequeña y podemos afirmar, sin temor a equivocarnos (aunque siempre con la humildad y precaución que caracterizan a toda afirmación científica que se precie) que resulta prácticamente imposible. Además de la dificultad que supondría colisionar con un objeto del tamaño apropiado, el impacto o la interacción gravitatoria correspondiente debería, asimismo, tener lugar de tal forma que la Tierra no se redujese a escombros directamente; debería conservar un tamaño lo suficientemente grande como para poder mantener la denominación de planeta.

Bien, acudiré una vez más a vuestra legendaria capacidad mental para suspender la incredulidad y supondré que ha tenido lugar, por las causas que fueren, la detención total de nuestro planeta en su órbita alrededor del Sol, algo parecido a lo que se refleja en la película El día en que la Tierra se incendió (The Day the Earth Caught Fire, 1961). ¿Qué sucedería a partir de este mismo momento?

Hasta hace unas décadas, resolver una cuestión como la anterior conllevaba no pocos quebraderos de cabeza a los físicos o los matemáticos que pretendían hallar una respuesta, ya que la resolución de la ecuación diferencial a la que se llegaba tras aplicar las ecuaciones del movimiento que surgían de las leyes de la mecánica newtoniana no era precisamente evidente. Hoy en día, con el desarrollo de los programas de cálculo simbólico y los métodos numéricos, junto con los potentes ordenadores personales, el problema resulta mucho más sencillo.

Pues bien, un planeta como la Tierra, que se ha detenido y ha dejado de dar vueltas alrededor de su estrella madre, abandonaría su trayectoria elíptica y comenzaría a precipitarse en un movimiento de caída en línea recta hacia el Sol, con una aceleración creciente (y, por tanto, con una velocidad cada vez mayor también), ya que al disminuir la distancia entre ambos cuerpos la fuerza de atracción gravitatoria mutua aumentaría según la ley de la gravitación universal de Newton. En realidad, y para ser rigurosos, la Tierra se acercaría al Sol y éste, a su vez, se aproximaría a la primera (en terminología física, los dos cuerpos se irían acercando paulatinamente hacia el centro de masas del sistema formado por ambos). Debido a la enorme diferencia de masas entre nuestro planeta y el Sol, el centro de masas del sistema se encuentra en el interior de la estrella y no supone un error apreciable suponer que es la Tierra la que se dirige hacia el Sol, despreciando el movimiento de este último.

Lo más curioso y llamativo del ejercicio académico propuesto más arriba es que la solución matemática que se alcanza es extremadamente simple y general. En efecto, cuando se expresa el tiempo que duraría la “caída” se obtiene que éste es el producto de un factor aproximadamente igual a 0,177 por el período de traslación del planeta alrededor del Sol (el resultado es equivalente para un planeta extrasolar cualquiera y la estrella alrededor de la que rotase). Así, nuestro planeta emplearía 0,177 x 365 = 64,5 días en precipitarse sobre el Sol. Durante la primera mitad del viaje consumiría 52 días, tardando únicamente 12 en la segunda mitad de su infortunado periplo.

El resto de planetas de nuestro sistema solar emplearían, respectivamente:

·                Mercurio: 15,5 días
·                Venus: 39,7 días
·                Marte: 121,4 días
·                Júpiter: 2,1 años
·                Saturno: 5,2 años
·                Urano: 14,9 años
·                Neptuno: 29,1 años
·                Plutón (sí, lo sé, ya no es un planeta): 43,9 años


¿Os atrevéis a resolver la ecuación vosotros mismos?



Fuente:

Falling and Orbiting Maurice Bruce Stewart. The Physics Teacher, Vol. 36, 1998.



¿Cuánto se aleja la Tierra del Sol cada año?

La catástrofe se avecina y no hay escapatoria posible. Nuestro Sol se está consumiendo poco a poco, día a día, hora tras hora, minuto a minuto. En su centro tienen lugar procesos violentos de fusión nuclear y los dicharacheros y revoltosos núcleos de hidrógeno se dan de tortas calientes unos contra otros, quedándose embarazados durante un suspiro, y pariendo velozmente núcleos de helio, mientras lanzan gritos de energía luminosa y calorífica en forma de brillantes fotones que viajan lentamente hasta la lejana fotosfera. Una vez allí, acompañados por chorros de otras partículas menos deslumbrantes pero más pesadas como electrones y protones las cuales, a su vez, constituyen el viento solar, disponen de algo más de ocho minutos para alcanzar nuestro planeta azul. De vez en cuando, nuestra estrella, quizá afectada de indigestión, se deshace de materia molesta en forma de eructos violentos llamados eyecciones de masa coronal. Y la respuesta de la Tierra consiste en alejarse paulatinamente, cada vez un poquito más, de semejantes actos groseros y maleducados.

La cantidad de energía que emite el Sol por unidad de tiempo recibe el nombre de luminosidad y es debida a los procesos de fusión nuclear que tienen lugar en lo más profundo de su corazón, como os he contado poéticamente en el párrafo anterior. Para nuestra estrella, esta luminosidad asciende nada menos que a 390 cuatrillones de joules cada segundo. Si hacemos uso de la célebre ecuación de Einstein que relaciona la masa y la energía, comprobamos fácilmente que una cantidad de energía como la que emite el Sol equivale a una pérdida de masa de 137 billones de toneladas por año, un porcentaje ridículo de su masa total, unos 1980 cuatrillones de toneladas.

Este no es el único procedimiento por el que nuestra estrella madre lanza materia al espacio. Otro proceso importante, aunque no tanto como la fusión nuclear, es el viento solar, que también aparece en el primer párrafo. Consiste en haces de partículas subatómicas, principalmente protones y electrones, además de otras muchísimo más ligeras, como neutrinos. A partir de datos empíricos, se puede estimar, de forma aproximada, la cantidad de masa estelar que es expulsada en forma de viento solar. Partiendo de que la velocidad de dicho viento ronda los 350 km/s y que la densidad de protones medida en la Tierra alcanza los 9 por centímetro cúbico y despreciando la contribución del resto de partículas, por ser todas mucho menos pesadas que los protones, se llega a que el viento solar se lleva consigo algo menos de 47 billones de toneladas cada año, aproximadamente la tercera parte de la que se pierde por procesos de fusión nuclear.


¿Cuál es la consecuencia inmediata de todo lo expuesto hasta ahora? Veamos, si repasáis vuestra física de bachillerato, quizá recordéis aquel mágico momento en que vuestros malvados y malintencionados profesores os explicaron las leyes de un tal Kepler. Haciendo un poco de memoria, puede que incluso venga a vuestras mentes inocentes aquello de que el momento angular de los planetas se conserva mientras describen sus respectivas y elípticas orbitas alrededor del Sol. Al fin y al cabo, no pocos quebraderos de cabeza le supuso todo esto al bueno de Johannes Kepler y sus tres leyes del movimiento planetario. Y ni aun así sois capaces de rendirle un mínimo homenaje y respeto al entenderlas y aprenderlas de una vez para siempre.

Pues bien, dicho de una forma extremadamente simple, la susodicha conservación del momento angular implica que a medida que la masa total del Sol disminuye (y, en consecuencia, su atracción gravitatoria sobre la Tierra y todos los demás cuerpos del sistema solar) la distancia a nuestro planeta debe aumentar. Esto significa que la Tierra se alejará del Sol constantemente, al menos mientras la luminosidad de éste se mantenga aproximadamente uniforme.

Cuando se introducen en la ecuación de la constancia del momento angular los valores estimados para la pérdida de masa solar, así como el valor promedio del radio de la órbita y la masa del Sol, obtenemos que el mundo que habitamos se encuentra cada año un poquito más allá, adentrándose en el tenebroso, frío y oscuro espacio interestelar, a la increíble velocidad de 1,4 centímetros anuales. ¡Vertiginoso!


Fuente original:
A Solar Diet Plan D. Staab, E. J. Watkinson, Z. Rogerson and M. Walach. Journal of Physics Special Topics, Vol. 11, No. 1, 2012.



La química del fin del mundo

La química no entiende de ética, ni de moral; no es buena ni tampoco mala. La química es química. Si se emplea adecuadamente puede contribuir a mejorar la calidad de las vidas de muchas personas; en cambio, cuando se hace un mal uso de ella, las consecuencias pueden ser desastrosas.

Las reacciones químicas gobiernan y controlan prácticamente la totalidad de los procesos biológicos que conocemos. Pero, en ocasiones, esas mismas reacciones se pueden tornar mortales para los seres vivos y terminar con ellos para siempre. Ha ocurrido varias veces en la historia de la Tierra y podría volver a suceder. La química podría provocar el fin del mundo.

Vivimos en un planeta poblado por más de siete mil millones de seres humanos y hay que alimentarlos a todos. La riqueza está desigualmente repartida y las diferencias llegan a ser sonrojantes en muchos casos. Las necesidades, cada vez mayores, del mundo "desarrollado", en cuanto a materia prima, alimentos y tecnología hacen que la sobreexplotación de los recursos llegue a extremos intolerables y peligrosos. En este sentido, por citar tan sólo un ejemplo, el empleo de fertilizantes para el crecimiento de los cultivos. Estos productos contienen cantidades importantes de nitrógeno y fósforo. Si no se tiene el cuidado adecuado, estos elementos pueden ir a parar al agua de los ríos o mares, provocando efectos indeseables.


Otro caso similar son los pesticidas empleados en la agricultura o la ganadería para acabar con plagas o parásitos molestos. Algunos de ellos, como los neonicotinoides, han sido relacionados con las desapariciones masivas de abejas y abejorros. Productos como el imidacloprid, prohibido en Francia en la década de 1990, o la clotianidina en Alemania en 2008, han sido relacionados con la muerte de ingentes cantidades de insectos polinizadores.

Desde la década de los años 50 del siglo pasado, cuando se detectó por vez primera la caída en las poblaciones de abejas y abejorros en Gran Bretaña, se han producido reducciones de hasta el 96 % en algunas especies y otras se han extinguido para siempre. Algunas sustancias químicas presentes en los pesticidas producen daños irreversibles en los cerebros de las abejas, bloqueando la transmisión de las señales eléctricas y químicas entre las neuronas.

La desaparición de los insectos encargados de la polinización constituye un problema muy serio, pues de ellos depende, en gran parte, un porcentaje no pequeño de la economía mundial de las frutas, verduras, el café, la soja o el algodón, por ejemplo.

Ante una situación tan alarmante, la solución adoptada por muchos granjeros ha consistido en comenzar a emplear a las abejas melíferas en la labor de polinización, lo cual ha provocado una sobreexplotación de estos animales, con la consiguiente aparición de parásitos y enfermedades. Recientemente, se está experimentando con la abeja azul del huerto, una especie de abeja que no vive en colmenas y cuyo rendimiento puede llegar a ser hasta 50 veces superior al de la abeja melífera.

Como os contaba un poco más arriba, el empleo incontrolado e irresponsable de fertilizantes puede conducir a la contaminación de las aguas. Se contribuye así a la proliferación de algas que, al morir, son metabolizadas por microbios que consumen oxígeno en el proceso, obligando a peces y mamíferos a abandonar las "zonas muertas" que se generan. Cuando las plantas que viven en estos lugares no son consumidas por los animales que han huido, mueren y van a parar al fondo, descomponiéndose y liberando cantidades importantes de sulfuro de hidrógeno, además de otros gases.

Precisamente, procesos como los descritos en el párrafo anterior tuvieron lugar, con consecuencias catastróficas, hace unos 90 millones de años, cuando una inusual actividad volcánica en nuestro planeta provocó que las temperaturas reinantes fuesen inusualmente elevadas debido a las ingentes emisiones de dióxido de carbono, gas que produce un importante efecto invernadero. Dicho aumento de la temperatura hace que menos oxígeno se disuelva en el agua del océano, contribuyendo aún más a la anoxia de las aguas.

Los volcanes habían sembrado el océano superior con grandes cantidades de metales, lo que condujo, a su vez, a un aumento desmesurado en la producción de fitoplancton. Al descomponerse la materia orgánica, el uso de oxígeno se elevó en consecuencia.

Normalmente, en los océanos, el nivel de oxígeno es similar en las aguas superficiales y en el fondo, ya que las corrientes lo arrastran hacia abajo. Los paleogeólogos han averiguado, gracias al registro fósil, que hacia finales del Pérmico tuvieron lugar extinciones masivas, tanto en el mar como en tierra firme. Por un lado, en los sedimentos marinos se han hallado evidentes pruebas de la existencia de bacterias que consumían sulfuro de hidrógeno. Por otro, se sabe que estos organismos solamente viven y proliferan en ambientes pobres en oxígeno, por lo que seguramente debió de existir una enorme carestía de este gas en la superficie del océano y la consecuente riqueza en sulfuro de hidrógeno.

Cuando el H2S producido en el fondo asciende y se encuentra con el oxígeno en una zona denominada quimioclina, se produce una situación muy favorable para las bacterias verdes y púrpuras del azufre, las cuales disfrutan, por una parte, del sulfuro de hidrógeno que llega de abajo y, por otra, de la luz solar que incide desde arriba. Si por las razones aducidas antes el oxígeno comienza a escasear entonces las bacterias pasan a tomar el control, empiezan a producir H2S en exceso y la quimioclina se desplaza cada vez más a aguas superficiales. El gas, tóxico tanto para las plantas como los animales, se libera a la atmósfera, envenenándolos a todos ellos y dañando, asimismo, la capa de ozono. En la actualidad, se han catalogado más de 400 "zonas muertas" anóxicas por todo el mundo, la mayor de ellas en el mar Báltico.

Sin embargo, el peligro potencial provocado por las erupciones volcánicas no termina aquí. En efecto, a lo largo de la historia de nuestro planeta han tenido lugar eventos de este tipo de una especial violencia conocidos como supervolcanes. Estos fenómenos son capaces de expulsar miles de millones de toneladas de material rocoso, lava y cenizas. El último tuvo lugar hace unos 75.000 años, cuando el lago Toba, en Sumatra, voló prácticamente por los aires. Un evento así probablemente cubriría extensas zonas continentales con una capa de escombros de varios centímetros de espesor, arruinando todas las cosechas, contaminando el agua potable. Los flujos piroclásticos, a más de 1000 ºC arrasarían cuanto encontrasen a su paso a casi 700 km/h. Los gases liberados a la atmósfera, principalmente dióxido de azufre, dióxido de carbono y cloro, bloquearían la luz solar. El primero de ellos, además, reaccionaría con el vapor de agua, dando lugar a ácido sulfúrico que permanecería en la estratosfera en forma de aerosol durante años, con el consiguiente descenso drástico de la temperatura global del planeta, pudiendo desencadenar una nueva glaciación.

A decir verdad, glaciaciones particularmente extremas, conocidas como eventos bola de nieve, han acaecido en varias ocasiones. Se cree que la primera tuvo lugar cuando la Tierra tenía tan sólo la mitad de su edad actual, hace unos 2.200 millones de años; en cambio, la última sucedió hace 700 millones de años, cuando nuestro planeta estaba ocupado por el supercontinente Rodinia y la luz que recibía del Sol era un 6 % menor que ahora.


Rodinia comenzó a fracturarse a causa del aumento inusual de la actividad volcánica provocada por el movimiento del magma. Al quedar en contacto con el agua del océano una mayor superficie de tierra, las regiones húmedas se multiplicaron considerablemente. Las precipitaciones aumentaron de forma desmesurada, haciendo que la lluvia absorbiera ingentes cantidades de CO2 transformándose en ácido carbónico. Cuando éste cayó al suelo, provocó reacciones químicas que terminaron con las rocas, creando suelo nuevo mediante un proceso denominado meteorización de los silicatos.

El dióxido de carbono es un gas con un papel esencial en el efecto invernadero de nuestro planeta. Mientras desaparecía a pasos agigantados engullido por el agua de las incesantes lluvias que caían sobre la superficie de la tierra, las temperaturas empezaron a descender de forma alarmante, hasta alcanzarse varias decenas de grados por debajo de cero, incluso en los trópicos. Comenzó a proliferar el hielo y la radiación procedente del Sol escapaba al espacio en un proceso de autoalimentación cada vez más acusado. Tuvieron que ser, una vez más, los volcanes, los que devolviesen a la Tierra a un estado más cálido al ir liberando continuamente más y más dióxido de carbono que ya no era eliminado por la lluvia, pues el planeta entero se hallaba cubierto de hielo. Al aumentar de nuevo la temperatura global, el hielo se fundió rápidamente y se evaporaron inmensas cantidades de agua que contribuyeron, más aún, al efecto invernadero desbocado. El agua muy caliente de los océanos tuvo que provocar, necesariamente, huracanes de proporciones épicas.


Normalmente, el aire que se encuentra sobre el agua del océano no está en equilibrio térmico con ella. De esta manera, se produce una evaporación que se lleva consigo el calor recibido del Sol. Es sobre estas aguas que se están formando continuamente tormentas. Cuando los vientos sobrepasan los 119 km/h reciben el nombre de huracanes (también tifones o ciclones, dependiendo de la región del mundo donde se trate).

El aire cálido y húmedo de la superficie del mar alimenta al huracán, ascendiendo en su parte central, lo que contribuye a reforzar el área de bajas presiones y que favorece la entrada de más cantidad de aire desde las regiones circundantes de altas presiones.

Las simulaciones por ordenador parecen demostrar que si un área con una extensión no superior a 50 kmexperimentase un inusual incremento de la temperatura (por ejemplo, después de un evento bola de nieve), por encima de 45-50 ºC, se podría generar una supertormenta, un hipercán, con vientos superiores a los 1.000 km/h. El ojo de este monstruo abarcaría cientos de kilómetros de diámetro y la tormenta se extendería a lo largo de miles, cubriendo incluso la superficie de un continente. Semejante fenómeno atmosférico, aunque altamente improbable en las condiciones actuales de nuestro mundo, podría desencadenarse a causa del impacto de un asteroide en el mar o la erupción de un volcán submarino gigante.

El hipercán arrastraría hasta la estratosfera varios kilogramos de agua por segundo. Al cabo de unas pocas semanas, el aire estaría tan saturado de agua que se formarían nubes extremadamente altas que reducirían considerablemente la cantidad de radiación solar incidente sobre la superficie de la Tierra. Las moléculas de H2O se descompondrían en enormes cantidades de radicales libres altamente reactivos. Las gotas de agua de las nubes harían de catalizadores en nuevas reacciones químicas que activarían, por ejemplo, el cloro presente en el agua salada del mar, y desactivarían los óxidos de nitrógeno. Todo ello haría la destrucción del ozono cada vez más eficaz.

El ozono es un gas formado por moléculas constituidas por tres átomos de oxígeno, en lugar de los dos habituales, que se encuentra mayormente en la estratosfera, a una altura por encima de la superficie de la Tierra de entre 10-15 km. Su papel es evitar la llegada al suelo de los nocivos rayos ultravioletas procedentes del Sol.

La radiación ultravioleta se suele clasificar en tres categorías: A, B y C, de menos a más nociva para la vida. La última de ellas es absorbida completamente por las moléculas de ozono; la segunda parcialmente, lo cual es deseable, ya que a pesar de sus efectos perniciosos, también resulta esencial para que el cuerpo humano produzca vitamina D, básica en el buen desarrollo y salud de los sistemas óseo y nervioso. Si la radiación ultravioleta rompe los enlaces que mantienen unidas las moléculas de ADN pueden llegar a aparecer errores en la replicación, dando lugar a tumores cancerígenos.

En la década de 1970 se detectó un agujero en la capa de ozono que rodea nuestro planeta. Las razones pronto quedaron claras: el empleo continuado durante años de gases conocidos como CFC (clorofluorocarbonos) presentes en los extintores, los aparatos frigoríficos o de aire acondicionado, esprays, etc. Estos compuestos presentan una considerable estabilidad química que les hace llegar prácticamente inalterados a la estratosfera. Una vez allí, los fotones ultravioletas del Sol liberan el cloro de las moléculas del CFC, que es el que ataca al ozono, rompiendo los enlaces de sus moléculas.

Aunque, finalmente, en el año 1987 la firma del Protocolo de Montreal, suscrito por casi 200 países, acordó eliminar de forma progresiva el uso de los clorofluorocarbonos e ir sustituyéndolos por otros gases menos nocivos como los HCFC (hidroclorofluorocarbonos) o los HFC (hidrofluorocarbonos), lo cierto es que el peligro recae ahora en otros compuestos como pueden ser los iones hidroxilo y, especialmente, el óxido nitroso o N2O, un subproducto de la agricultura y otros procesos industriales y muy utilizado en odontología (como anestésico, conocido como "gas de la risa").

Pero los problemas con los óxidos de nitrógeno no terminan aquí. Un día cualquiera podríamos levantarnos, asomarnos a la ventana, y observar un cielo inusualmente oscuro y respirar un aire terriblemente tóxico. En el improbable caso de que sobreviviésemos quizá nos enterásemos de que una estrella enormemente masiva y relativamente lejana, no más allá de unos 6.000 años-luz, había sido la responsable.

Cuando una de estas estrellas termina su vida de consumo de combustible nuclear desbocado, colapsa provocando una explosión de una violencia inimaginable conocida como hipernova, probablemente el fenómeno más energético conocido del universo. Durante el evento, lo que queda de la estrella emite dos gigantescos destellos de rayos gamma de altísima frecuencia en direcciones opuestas y que se pueden prolongar durante varios minutos, irradiando tanta energía como el Sol a lo largo de toda su existencia.


Si uno de estos haces, conocidos por los astrofísicos como GRB (gamma ray burst), apuntase de forma casual directamente hacia nuestro planeta, los fotones arrancarían literalmente los electrones de los átomos presentes en la atmósfera terrestre, ionizándolos. Las moléculas de oxígeno y nitrógeno se dividirían dando lugar a la formación de NO (óxido nítrico) y del temible dióxido de nitrógeno, NO2, el veneno con el que nos despedimos del mundo, tal y como una vez lo conocimos...



Fuente:
50 maneras de destruir el mundo. Alok Jha. Ariel. 2012.